Amistades peligrosas

Redacción

Por Redacción

Pensándolo bien, al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, no le cabe más alternativa que la de tomar las denuncias sobre la relación mutuamente provechosa de los Kirchner con el caudillo venezolano Hugo Chávez por “un gran bluff, una gran mentira orquestada por intenciones politiqueras”. Caso contrario, tendría que elegir entre reivindicar la corrupción en base al conocido apotegma de Néstor Kirchner, según el cual “para hacer política es necesario contar con mucho dinero”, y renunciar en seguida a fin de alejarse cuanto antes de gente involucrada en un negocio llamativamente sucio. Como Fernández no puede sino entender, no le convendría a ninguna persona que se preocupara por su propia reputación continuar desempeñando un papel protagónico en un gobierno que, de estar en lo cierto los autores del “gran bluff”, creó una “embajada paralela” en Caracas con el propósito de mantener en manos de los Kirchner, del ministro de Planificación, Julio De Vido, y de otros funcionarios presuntamente confiables las decenas de millones de dólares procedentes del “peaje” pagado por empresarios deseosos de aprovechar las oportunidades planteadas por el mercado venezolano. Aunque desde hacía varios años circulaban versiones sobre los negocios corruptos de kirchneristas y chavistas, para que el asunto saliera del ámbito de lo anecdótico fue preciso que un funcionario autorizado, el que resultó ser el ex embajador en Caracas, Eduardo Sadous, lo denunciara formalmente ante la Justicia. En un intento malogrado por desacreditarlo, De Vido lo acusó de participar en el frustrado golpe de Estado de abril del 2002, pero sucede que Sadous llegó a Venezuela medio año más tarde y, mientras duró su gestión, ningún chavista llegó a acusarlo de confabular con la oposición. Así, pues, en esta ocasión la táctica típicamente kirchnerista de procurar politizar el tema, atribuyendo la denuncia formulada por Sadous a su supuesta hostilidad hacia gobiernos “progresistas” como los de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y Chávez, ha resultado contraproducente, ya que merced a la torpeza apenas creíble del poderoso ministro de Planificación lo dicho por Sadous parece aún más verosímil que antes. De todos modos, aunque fuera cierto que quien fue embajador en Caracas es un opositor virulento de Chávez y de sus amigos rioplatenses, sólo se trataría de un detalle menor. Lo que importa no son sus eventuales preferencias ideológicas sino la veracidad, o no, de lo que dice. Tal y como están las cosas, Sadous es un testigo mucho más convincente que De Vido y otros funcionarios, tanto los argentinos como los venezolanos, cuyo porvenir personal está en juego. Por ser cuestión de un asunto con ramificaciones internacionales que alcanzan incluso a Estados Unidos, a los involucrados les será sumamente difícil frenar las investigaciones que ya están en marcha y que, con toda seguridad, cobrarán más fuerza en los meses próximos porque serán cada vez más los empresarios, funcionarios y operadores políticos de distintas nacionalidades que, conscientes de que no sería de su interés quedarse vinculados con un escándalo de proporciones, opten por decir “su verdad”. Frente al panorama alarmante así supuesto, puede entenderse la negativa del matrimonio gobernante a procurar conciliarse con el resto de la clase política nacional. Hay límites a las concesiones que podrían conseguir a cambio de una actitud menos intransigente. Aun cuando algunos opositores se las arreglaran para convencerse de que, dadas las circunstancias, sería mejor comprometerse a amnistiar o indultar a los Kirchner y sus allegados, ninguno estaría dispuesto a enfrentarse frontalmente con la Justicia no sólo argentina sino también la venezolana poschavista y la estadounidense, además, claro está, de la ira de los muchos ciudadanos que ya se sienten asqueados por la conducta de gobernantes que no han vacilado en enriquecerse personalmente en complicidad con un dictador en ciernes como Chávez. Puesto que para los Kirchner perder el poder desmedido que han construido sería un desastre no meramente político, es sin duda lógico que se hayan mostrado resueltos a aferrarse a él con un grado de tenacidad que es incompatible con el respeto por las reglas escritas y no escritas propias del orden democrático.


Pensándolo bien, al jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, no le cabe más alternativa que la de tomar las denuncias sobre la relación mutuamente provechosa de los Kirchner con el caudillo venezolano Hugo Chávez por “un gran bluff, una gran mentira orquestada por intenciones politiqueras”. Caso contrario, tendría que elegir entre reivindicar la corrupción en base al conocido apotegma de Néstor Kirchner, según el cual “para hacer política es necesario contar con mucho dinero”, y renunciar en seguida a fin de alejarse cuanto antes de gente involucrada en un negocio llamativamente sucio. Como Fernández no puede sino entender, no le convendría a ninguna persona que se preocupara por su propia reputación continuar desempeñando un papel protagónico en un gobierno que, de estar en lo cierto los autores del “gran bluff”, creó una “embajada paralela” en Caracas con el propósito de mantener en manos de los Kirchner, del ministro de Planificación, Julio De Vido, y de otros funcionarios presuntamente confiables las decenas de millones de dólares procedentes del “peaje” pagado por empresarios deseosos de aprovechar las oportunidades planteadas por el mercado venezolano. Aunque desde hacía varios años circulaban versiones sobre los negocios corruptos de kirchneristas y chavistas, para que el asunto saliera del ámbito de lo anecdótico fue preciso que un funcionario autorizado, el que resultó ser el ex embajador en Caracas, Eduardo Sadous, lo denunciara formalmente ante la Justicia. En un intento malogrado por desacreditarlo, De Vido lo acusó de participar en el frustrado golpe de Estado de abril del 2002, pero sucede que Sadous llegó a Venezuela medio año más tarde y, mientras duró su gestión, ningún chavista llegó a acusarlo de confabular con la oposición. Así, pues, en esta ocasión la táctica típicamente kirchnerista de procurar politizar el tema, atribuyendo la denuncia formulada por Sadous a su supuesta hostilidad hacia gobiernos “progresistas” como los de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y Chávez, ha resultado contraproducente, ya que merced a la torpeza apenas creíble del poderoso ministro de Planificación lo dicho por Sadous parece aún más verosímil que antes. De todos modos, aunque fuera cierto que quien fue embajador en Caracas es un opositor virulento de Chávez y de sus amigos rioplatenses, sólo se trataría de un detalle menor. Lo que importa no son sus eventuales preferencias ideológicas sino la veracidad, o no, de lo que dice. Tal y como están las cosas, Sadous es un testigo mucho más convincente que De Vido y otros funcionarios, tanto los argentinos como los venezolanos, cuyo porvenir personal está en juego. Por ser cuestión de un asunto con ramificaciones internacionales que alcanzan incluso a Estados Unidos, a los involucrados les será sumamente difícil frenar las investigaciones que ya están en marcha y que, con toda seguridad, cobrarán más fuerza en los meses próximos porque serán cada vez más los empresarios, funcionarios y operadores políticos de distintas nacionalidades que, conscientes de que no sería de su interés quedarse vinculados con un escándalo de proporciones, opten por decir “su verdad”. Frente al panorama alarmante así supuesto, puede entenderse la negativa del matrimonio gobernante a procurar conciliarse con el resto de la clase política nacional. Hay límites a las concesiones que podrían conseguir a cambio de una actitud menos intransigente. Aun cuando algunos opositores se las arreglaran para convencerse de que, dadas las circunstancias, sería mejor comprometerse a amnistiar o indultar a los Kirchner y sus allegados, ninguno estaría dispuesto a enfrentarse frontalmente con la Justicia no sólo argentina sino también la venezolana poschavista y la estadounidense, además, claro está, de la ira de los muchos ciudadanos que ya se sienten asqueados por la conducta de gobernantes que no han vacilado en enriquecerse personalmente en complicidad con un dictador en ciernes como Chávez. Puesto que para los Kirchner perder el poder desmedido que han construido sería un desastre no meramente político, es sin duda lógico que se hayan mostrado resueltos a aferrarse a él con un grado de tenacidad que es incompatible con el respeto por las reglas escritas y no escritas propias del orden democrático.

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