Aturde el ruido de los cuerpos silenciados

La psicopedagoga Laura Collavini nos trae una reflexión sobre el impacto de la cuarentena en el movimiento de los cuerpos; con un especial énfasis en la necesidad de volver a ejercitarnos, de socializar y de alejarnos de las pantallas.

Cuerpos rígidos que perdieron el contacto con la vida. La alimentación que ofrecen los deportes, las actividades diarias, recrearse. Miradas perdidas y casi con vergüenza, por no tener el hábito de observar. Meses extensos encerrados en una pantalla y con cuerpos silenciados. Angustias calladas, absorbiendo el temor, la soledad, el fastidio, la impotencia.


Síntomas en cuerpos sanos. En mentes que intentaban salvaguardarse de las tormentas de la vida, de lo diario, de las frustraciones, de las alegrías, de los cambios cotidianos. Retomar el movimiento no es para todos natural. Estamos atravesando en muchos sentidos la bajante de los ríos y es ahí donde vemos qué pasa en el fondo.

Cuerpos torpes, atención dispersa. Obesidad y trastornos del sueño. Ansiedad. Padres que hicieron lo que pudieron para sostener a sus hijos en momentos de crisis y ahora, cuando la tensión baja, sienten que se desploman.

Lágrimas y angustia en adultos mayores por todo lo que perdieron. Cada día es muy importante y quedarse quietos les trajo más dolores, más medicamentos difíciles de comprar y se suma el dolor de la pérdida de algún familiar o amigo que no despidieron. Nos comunicamos a través del cuerpo con sus sentidos, hablamos con movimientos, gestos, miradas que sabemos tenemos para decir diferentes palabras.

Descubrimos que pudimos hacer mil cosas a través de la tecnología, pero también valoramos mucho más la función corporal. El valor del abrazo, sentir la mano extendida y estrechada, un beso y la cercanía espontánea. Recuperar la juntada con amigos es como volver a respirar. Sentir que hay que mirarse de nuevo para reconocerse. Porque, aunque las videollamadas hayan existido por demás y hayamos agotado el wifi, nada recupera mirarse a los ojos sin interferencias, solo el aire mediando.

Las reuniones con amigos, un aspecto fundamental para nuestro estado de ánimo.


Todos atravesamos lo mismo. Todos quienes debimos primero porque nos obligaron y decidimos después, cuidar y cuidarnos. No es lo mismo encontrarnos con alguien desconocido en algún comercio y cruzar palabras que reencontrarnos con afectos y reconocernos; volver a conocernos después de mucho tiempo y con tantas situaciones que nos atravesaron -y atraviesan-.

Mediados de septiembre y en el Valle los niños se encuentran recién ahora mirándose a los ojos y viendo cómo era aprender juntos. Mucho ruido en las aulas, pero todos contentos de verse. Tienen cicatrices de los barbijos. Eso duele. A ellos y a los adultos que estamos cerca y sabemos que les silenciaron el alma y están anestesiados. Esa es la palabra que encuentro “Anestesiados”. Miradas al aire. Casi sin expresión. Recordando en cada sacudida cómo era eso de no conectarse a nada que se enchufe. Recordando el código corporal.

¿Qué ser humano calla la vida? ¿Qué ser que se considere humano puede silenciar en cuerpo y alma a un humano que comienza a dar sus pasos? El justificativo del “lo hago por tu bien” anulando toda posibilidad de crecimiento suena macabro ya que en paralelo observamos otra realidad con gente amontonada, festejando. Bares abiertos y escuelas cerradas.

Desarmados y en carne viva. Así son las heridas que tenemos. Pido disculpas, no puedo llenar la nota de mariposas de colores. Hace tiempo que no las veo. Observo niños y adolescentes que si no tienen dinero no pueden acceder a tratamientos ni a maestros particulares.


Claro que hay horizonte. El de mirada clara. El de retomar rutinas que ordenan, buscar amigos para jugar sin enchufes. Para que el sol llene el cuerpo de energía y saltar, correr y bailar.

Tiempo de que la sangre circule por cada músculo, cada célula e inunde de posibilidad y cambio. Que la posibilidad de recuperar la autoestima sea eso, posible y alcanzable. Como la sensación de sentirse incluido en una sociedad que piense y haga en favor a los más vulnerables.

También es tiempo de agudizar el oído y escuchar atentamente. Analizar profundamente lo que se escucha y a dónde cada uno quiere ir. Ojalá podamos ir diciendo que los cuerpos sanan y vibran en salud. Honremos a quienes perdimos. Miremos donde estamos para poder proyectarnos.


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