Un asunto doloroso del que hay que hablar

Bajo la denominación de ‘Septiembre Amarillo’, la OMS promueve conmemorar el Mes y el Día Mundial para la Prevención del Suicidio, una situación límite, rodeada de estigmas y prejuicios, que puede prevenirse.

El suicidio es considerado un problema de salud pública grave y creciente a nivel mundial, pero su prevención aún sigue siendo un gran desafío.


Según un Informe de la Asociación Internacional para la Prevención del Suicidio (IASP), el suicidio es responsable de más de 800.000 muertes a nivel global, lo que equivale a una muerte cada 40 segundos. En los últimos 20 años la tasa de suicidios disminuyó en un 36% a nivel global, a excepción de la región de las Américas, donde aumentaron un 17% en ese mismo periodo.

Aunque algunos países han situado la prevención del suicidio en un lugar destacado en sus programas de salud pública, la realidad es que se comprobó que más del 77% de los suicidios ocurridos en 2019 tuvieron lugar en países de ingresos bajos y medianos, como es el caso de la Argentina.

Para adentrarnos un poco más y comprender la relevancia del tema, es necesario entender cuáles son los factores que influyen en las conductas suicidas. Los primeros y los más relevantes son los psicológicos, que implican situaciones de soledad impuestas, el estrés y la depresión, los “duelos” por pérdidas familiares o divorcios y enfermedades mentales.

También, pueden presentarse factores de carácter biológico, como una enfermedad terminal, socioeconómicos (el estado y condición laboral, pérdida de rol social, el consumo abusivo de alcohol y otras sustancias) y hereditarios que, si bien no están absolutamente determinados, sí se sabe que existen algunos genes con mayor vinculación a conductas suicidas.


Actualmente se estima que más del 80% de los suicidios se asocia a enfermedades mentales. A su vez, la OMS ubica al suicidio como la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años, siendo fundamental la prevención de la conducta suicida y los cuidados conexos que la familia y la sociedad debería tener, con el objeto de favorecer la sensibilización respecto al tema y posicionar la problemática en un lugar de importancia dentro de las políticas de salud pública.

Precisamente se percibe una falta de concientización en la comunidad sobre la gravedad del problema, además del tabú existente en muchas sociedades que minimizan los riesgos o incluso evitan tratarlo abiertamente.

Frecuentemente el alto grado de estigmatización disuade de buscar ayuda a muchas personas que tienen ideación suicida o tratan de hacerlo y que, por lo tanto, no reciben la ayuda que necesitarían. Hasta hoy, solo unos pocos países han incluido la prevención del suicidio entre las prioridades de sus políticas de salud pública, y sólo 38 han notificado que cuentan con una estrategia nacional de prevención específica.

En un momento como el que está atravesando el mundo entero, es de máxima prioridad que cada Nación cuente con un Programa de Prevención de Suicidio en Salud Pública y de hecho la OMS ha planteado como uno de sus objetivos de desarrollo para el 2030: reducir la tasa de mortalidad por suicidio.


Por este motivo, en el marco del Día Mundial de la Prevención del Suicidio, el 10 de septiembre queremos recordar a la sociedad y a las organizaciones de la salud, que lo mencionado no será posible si cada país no establece políticas es pos de promover la salud y el bienestar mental de las personas, utilizando como herramientas la información veraz y acciones concretas, tanto para la prevención como el abordaje de un trastorno que provoca tanto dolor en los pacientes, su entorno y la comunidad general.

Por Dr. Juan José Vilapriño, Médico especialista en Psiquiatría, Miembro de International Society of Bipolar Disorder.-


Estar atento a los síntomas es esencial para prevenir



Estar triste de forma constante, sentir un vacío, tener sentimientos de desesperanza, tener dificultad para concentrarse o dormir, sentir irritabilidad, problemas con la alimentación o haber perdido el interés por los pasatiempos o las salidas con amigos, son algunos de los signos de la depresión, una enfermedad mental que a nivel mundial afecta al 4,4% de la población, lo que representa algo más de 300 millones de personas.

Un estudio argentino demuestra que el 8,7% de los mayores de 18 presentarán trastorno depresivo mayor en algún momento de su vida, cuadros que se han incrementando por las características inéditas de esta pandemia.

El Dr. Marcelo Cetkovich, médico psiquiatra , vicepresidente de la Asociación Argentina de Psiquiatras (AAP), afirmó que “si bien hay estados de angustia y depresión que se encuadran dentro de las reacciones esperables frente a un escenario inesperado, como esta pandemia, sin lugar a dudas todo este contexto va a ser un gran disparador de trastornos mentales”. “La imposibilidad de despedirse del ser querido y los duelos complicados que trajo la pandemia son algunas de las situaciones que están generando una gran afluencia de consultas y seguramente produzcan un alza en la incidencia de trastornos mentales. Además, algo que hemos visto es la complicación de los casos de las personas que ya estaban diagnosticadas con trastornos mentales, por no realizar los controles adecuados o haber interrumpido sus tratamientos. Por otro lado, si hay un efecto beneficioso que trajo esta pandemia fue la posibilidad de instalar el tema de la salud mental en los medios de comunicación, algo que antes era menos frecuente”, sostuvo el Dr. Cetkovich.

No obstante, Cetkovich advirtió que hay que estar atentos a la persistencia de los síntomas. “La depresión no es tristeza, ni estar cansado; implica la pérdida de interés en las cosas que interfiere con la capacidad de funcionamiento cotidiano. Cuando estos sentimientos no permiten que la persona pueda cumplir con sus obligaciones, con sus deseos o planes, es momento de consultar”, aseguró.


Para la Dra. Clara Rodríguez, médica psiquiatra del Departamento de Psiquiatría de la Fundación INECO, “es clave darse cuenta de la persistencia de los síntomas: los podemos ver angustiados, irritables, tienen poca energía, padecen alteraciones del sueño, entre otras cosas, persistentemente en el tiempo”, afirmó.

En la Argentina, en 2019, unas 3.297 personas fallecieron por muerte autoprovocada. La mayoría de decesos por esta causa se concentra en la franja que va de los 20 a los 24 años y tiene como principal patología de base el trastorno depresivo mayor. Más del 80% de esas muertes (2.714) correspondieron a varones.

En opinión del Dr. Roberto Amon, médico especialista en Psiquiatría de Adultos y Profesor Asociado de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de los Andes (Chile), la evidencia científica describe, entre las señales de peligro para la conducta suicida, “que el individuo lleve a cabo actos de despedida o de reparación de faltas antiguas en las que habría incurrido”.

“Algo a tener muy en cuenta es cuando un paciente se provoca una autolesión, eso es una señal muy clara de que se sobrepasó un cierto límite. Allí el riesgo de suicidio aumenta exponencialmente: se estima que tras la autoagresión el riesgo aumenta entre 50 y 100 veces en comparación con la población que no traspasó ese límite. Hay que estar muy atentos a esta cuestión”, subrayó el Dr. Amon.


“Es importante no minimizar ningún síntoma, llamado, pedido de ayuda o comentario”, expresó por su parte el Lic. en Psicología Amado Pauletti, presidente de la Fundación Clínica de la Familia.

“Los pacientes tienen que saber que la depresión es episódica. Generalmente se presenta con recurrencia, en periodos que tienen un inicio y un final. El objetivo del tratamiento es lograr la remisión total de esos síntomas, lo cual puede requerir del abordaje psicológico y terapéutico, concluyó el Dr. Marcelo Cetkovich.


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