Tradición familiar entre autos icónicos
Con las rutas patagónicas como escenario, los clásicos siguen marcando identidad en el sur argentino. La palabra de sus protagonistas.
Viven el fanatismo por los autos clásicos con modelos únicos en la región. Desde Cipolletti, una historia de herencia, mecánica y recuerdos que se transmiten generación tras generación.
En distintos puntos de la Patagonia, los autos clásicos no solo sobreviven al paso del tiempo, sino que se transforman en verdaderos símbolos de identidad. Desde encuentros en rutas cordilleranas hasta exhibiciones urbanas, estos vehículos mantienen viva una cultura que combina historia, mecánica y pasión. En ciudades como Cipolletti, este fenómeno también se hace visible a través de historias familiares donde los fierros pasan de generación en generación, como ocurre con Manuel y su padre.
Oriundo de la ciudad rionegrina, Manuel comparte con su familia una fuerte conexión con los autos clásicos, una pasión que no nació de un día para otro, sino que se fue construyendo con los años. “La pasión por los autos la tengo desde que tengo uso de razón, principalmente transmitida por mi padre”, cuenta. Esa influencia marcó su infancia, rodeada de juguetes, revistas, paseos y experiencias vinculadas al mundo automotor.

Uno de los modelos más representativos de esta historia es una coupé Toyota Celica modelo 1982, un vehículo que tiene un fuerte valor emocional además de su atractivo mecánico. Su llegada no fue casual. “El auto siempre estuvo en Cipolletti y mi papá lo recordaba de los años 80 y 90. Era un auto distinto, llamativo”, explica Manuel. Durante décadas permaneció en la zona hasta que, en febrero de 2024, apareció publicado en venta.
La reacción fue inmediata: “Lo vi a las pocas horas, se lo mostré a mi papá y lo reconoció enseguida. A los pocos días ya estaba en casa”. El vehículo, con 140.000 kilómetros, se encontraba en buen estado general y conservaba su originalidad, un aspecto clave para cualquier entusiasta. Tras una restauración estética y mejoras puntuales, hoy luce prácticamente como en sus mejores años.

Una herencia que se transmite
El vínculo con el Celica tiene raíces aún más profundas. El abuelo de Manuel había tenido uno similar, luego su padre también fue propietario de otro modelo, y esa cadena generacional terminó consolidando el deseo de continuar con la tradición. “Mi abuelo tuvo uno, mi papá también y yo siempre quise uno. Es un auto que cumple todo lo que soñé”, resume.
Pero el Celica no está solo. Actualmente, la familia también cuenta con un Mercedes-Benz 230 CE de 1982, completamente original, que llegó como otra oportunidad concreta dentro del mercado de clásicos. A lo largo del tiempo también pasaron por el garaje otros modelos emblemáticos, como una coupé Torino ZX, otro Celica y un Rover 216 coupé, todos adquiridos en condiciones más exigentes y restaurados con esfuerzo.

Restaurar, mantener y disfrutar
El mundo de los autos clásicos implica dedicación, paciencia y recursos. En este caso, tanto Manuel como su padre combinan sus actividades laborales con el cuidado de los vehículos. Él es estudiante de ingeniería mecánica y trabaja en el sector petrolero, mientras que su padre se desempeña como cuentapropista en obras de gas y agua.
Camiones eléctricos sin barreras
“Todo tiene un costo asociado. Si comprás un auto en mal estado, el trabajo es mucho mayor”, explica. Por eso, valoran especialmente tener actualmente unidades en buen estado, que demandan principalmente mantenimiento preventivo.

Más allá del garaje, la experiencia se completa en la ruta. Manuel destaca su participación en eventos de regularidad junto a clubes de la región, donde los autos clásicos recorren caminos patagónicos en competencias que priorizan la precisión más que la velocidad. Allí, además del desafío, se construyen vínculos y recuerdos.
“Se disfruta todo: la ruta, los paisajes, los autos y la compañía. Es un ambiente lleno de compañerismo”, asegura. Entre anécdotas, menciona desde problemas mecánicos en plena ruta hasta la búsqueda incansable de repuestos, situaciones que lejos de ser un obstáculo, forman parte del espíritu del coleccionismo.

En un contexto donde la tecnología avanza y redefine la movilidad, historias como la de Manuel y su padre reflejan que los autos clásicos siguen teniendo un lugar especial. No solo como objetos, sino como vehículos de memoria, identidad y pasión compartida.
En distintos puntos de la Patagonia, los autos clásicos no solo sobreviven al paso del tiempo, sino que se transforman en verdaderos símbolos de identidad. Desde encuentros en rutas cordilleranas hasta exhibiciones urbanas, estos vehículos mantienen viva una cultura que combina historia, mecánica y pasión. En ciudades como Cipolletti, este fenómeno también se hace visible a través de historias familiares donde los fierros pasan de generación en generación, como ocurre con Manuel y su padre.
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