Aventuras en pañales

Por Redacción

Tommy todavía gatea. Tiene esa imaginación prodigiosa que exhiben los seres humanos antes de salir del limbo de la niñez.

Por eso los espejos pueden ser puertas mágicas a través de las cuales pasar a mundos gelatinosos o la comida en lata de su perro la fórmula precisa para transformarse en un peludo de cuatro patas y pulgas en el lomo.

Cada momento de Tommy es una aventura excepcional. Sus amigos generalmente no se quedan atrás, pero el que más sueña de todos es Tommy. Inspiración no le falta. Su padre hace mucho que está sin empleo fijo y sin obra social. No queda claro cómo es que mantiene a su familia.

Algún día podría transformarse en millonario, pero por ahora es un oscuro inventor de juguetes que casi siempre funcionan mal (hay uno muy simpático con forma de dragón que sirve como cochecito de paseo). Sólo usa corbata cuando debe entrevistarse con alguien para intentar convencerlo de reproducir en serie aquello que ha nacido en su laboratorio. ¡Una idea genial!

«Aventuras en pañales» es, además de una serie para chicos, un reflejo de las conductas adultas. Un análisis serio, aunque en colores y sin solemnidad, de las ilusiones que nos impulsan a vivir. Tal vez el día a día no sea tan amable como en la serie de Nickelodeon, pero su representación es válida.

Soñar como el principio de la aventura. Cualquier aventura. Sin imaginación el mun-do se queda corto. No todos cometen esta falta de respeto al destino y a la normalidad. En la mayoría de los casos es Tommy quien va al frente, y no posee las características que acostumbramos a ver en un héroe. Pero cuan-do no queda más remedio, hace hasta lo imposible para no perder la dignidad.

Carlitos, su mejor amigo -lentes, de andar frágil y temeroso- preferiría quedarse entre los límites del corral del cual periódicamente terminan escapándose. «¡Aléjate Tommy! ¡Aléjate!», grita como única medicina para sus dudas. Sin quererlo, es Carlitos quien tira las ideas sobre la mesa antes de reprimirse la boca con las manos. Hasta ahí llega.

Tommy, como su padre, también conoce los sinsabores de tomar el toro por las astas. A veces él y su alma terminan preguntándose dónde estaba el orden del principio del capítulo.

Así es la vida, así son las personas. Carlitos y el terror que lo inmoviliza, Angélica, la prima de Tommy, egoísta hasta el paroxismo, dispuesta a todo por controlar a los demás, Dylan, el hermano de Tommy, temerario pero imprudente, listo para apretar el botón rojo. Y Tommy, el chico que debe gatear ajustándose los pañales.

Hasta donde sabemos, de estas pequeñas odiseas el crío ha aprendido bastante. Mientras, su padre continúa encerrado en el cuarto de los sueños, sin poder armar puentes entre sus ideas y la realidad del mercado.

Casi adivinamos quién será qué cuando llegue la adultez. Tal vez Tommy se reserve el papel del más sabio, y entre el dolor y la picazón que le dejen sus heridas de guerra aún tenga ganas de reírse.

O él también estará muy ocupado tratando de cambiar el mundo como su padre.

Claudio Andrade


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