Azul un ala

Por Redacción

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MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

El Ángel del Anochecer recuesta un ala sobre el bosquecito. Usted ya sabe, el bosquecito a donde voy a caminar y airear el espíritu y dejar las neuronas libres. Una suerte de terapia natural. Este lugar, como seguramente lo habrá donde usted vive, es una mamuschka autóctona, un espectáculo dentro de otro espectáculo dentro de otro espectáculo… Y aprovecho este otoño amable, donde la noche cae sin que con ella la temperatura se derrumbe. Más adelante, la hora, mi hora, será otra, cuando el Ángel del Mediodía bata sus alas al máximo. Sí que le contaré de los arbolitos pintados con tinta china y la luna de Sabina y la danza sensual de la bandera. Adentrándome en los caminitos laterales, en curvas y suaves lomadas, los pinos semejan a lo lejos, con ese cielo de tonalidades cambiantes y pasteles lánguidos, dibujos de pincel y tinta china. Palitos más palitos más palitos y cuando te vas acercando, los palitos cobran forma y volumen, se esferan y oblongan, y emiten ese olor de los pinos al caer la noche. Dependiendo del lugar, emerge la luna y el lucero, esa luna que Joaquín Sabina dice, en una preciosa metáfora, que “es una daga manchada de alquitrán”. Tal cual; no hace falta saber si es menguante o creciente, es una daga y puntos. Y desde cualquier sitio, apenas abajo del Ángel del Atardecer, puedo ver la bandera. Altísima en el cielo, una suave brisa la invita a bailar. Una danza lánguida y sensual, sólo posible con esta suave brisa. Cuando nuestro viento patagónico se enseñorea del bosque, ondea como la pintábamos en la escuela. Ahora se enrosca y desenrosca del mástil, apenas un toque gentil: el mástil es eso, sostén, absolutamente discreto para permitir la danza, y cualquier semejanza con el caño del señor Tinelli es un insulto. Perezosa, esquiva, envuelta en sí misma, el blanco asoma sobre el azul y el azul se esconde alrededor de sí mismo… es lindo. *** Mientras escribo, están sonando los compases del vals de Dmitri Shostakovich… una maravilla que me hizo conocer mi hermano Beby. Porque eso permite la imaginación, traigo al presente mi bandera danzarina y sus movimientos siguen el vals, que tiene el dejo de marcial suficiente para enmarcarla y sostener la liviandad de la música. Y ya tengo que volver. Significa retomar las sendas principales, las calles aledañas pavimentadas, donde están los autos y las luces. Las luces son un factor importante para destruir la magia. Al tope de soldados de cemento, los neones blancos y los sodios amarillos deslumbran, licúan toda sombra, toda contraluz. Alentados por una dosis de miedo humano considerable -y entendible, claro- ponen en fuga al Ángel del Atardecer. Reinan sobre gentes y metales, y de gentes y metales convertidos, muchos de ellos, en boliches a todo volumen. Así que susurros de ramas y piar de habitantes de los árboles y tonos del anochecer, desaparecen. Si. Es un espectáculo dentro de otro dentro de otro… y así será hasta que el frío diga basta, y el Ángel del Atardecer descienda sus alas azules en ráfagas heladas. Entonces, pasearé en los senderos del Ángel del Mediodía. Otra mamuschka.