¿Barbarie o estulticia?

Por Redacción

LORENZO WALDEMAR GARCÍA (*)

He sentido la necesidad de controvertir los razonamientos sobre la base de los cuales los historiadores que suscriben el artículo publicado el 17 de octubre –“Roca y su monumento”– justifican e impulsan la destrucción de una obra de arte incorporada al patrimonio cultural de Bariloche, siguiendo un revisionismo histórico liderado –entre otros– por quien hizo un panegírico de la vida de Severino Di Giovanni, Osvaldo Bayer, y denostando la actuación de quien fue dos veces presidente de la República y obtuvo logros importantes en la modernización del país (ley 1420 de educación pública obligatoria, más de 6.000 kilómetros de ferrocarriles, telégrafos, acuerdos fronterizos con Chile y Brasil que consolidaron nuestra soberanía territorial, Banco Hipotecario Nacional, etcétera, etcétera). Sin duda, las conductas deben evaluarse en el contexto histórico y, en el caso concreto del general Roca, hay que remontarse al descubrimiento de América por Cristóbal Colón y la posterior ocupación de su territorio por europeos que luego debieron convivir o confrontar con las culturas originarias, generando la extinción de algunas tan avanzadas como la aztecas, la mayas, la incaica, etcétera, de las que quedan vestigios que asombran, como Chichén Itzá, Cuzco y Machu Picchu. Tratar de revertir esa secuencia histórica equivaldría a justificar la reivindicación de Al-Andalus por los árabes que lo habitaron durante ocho siglos hasta ser expulsados –junto con los judíos– por los Reyes Católicos. La situación convivencial entre europeos de origen y las poblaciones indígenas marca un paralelismo entre Estados Unidos y nuestro país, ya que en ambos casos solían confrontar con tribus hostiles con las cuales la convivencia devenía insostenible (apaches, pieles rojas, sioux) y también con presidentes como el general Roca y Andrew Jackson. Este último afrontó la expulsión de los indios al este del río Mississippi, con consecuencias letales como las infligidas por el general Custer. No tengo noticia de que nadie haya destruido los monumentos ecuestres de Jackson erigidos en varios lugares del país del Norte. Durante el siglo XIX las tribus originarias ocuparon una gran proporción del territorio nacional, desde Salta hasta Tierra del Fuego, y los que no se integraron a la civilización originariamente europea obstaculizaban la expansión productiva y el asentamiento campesino a través de malones, la captación de cautivos, “cristianas”, y el robo de hacienda vacuna y equina. Ya en la época de Rosas la situación era insostenible y a instancia de Cuyo se llevaron a cabo tres expediciones al desierto. Dirigida la del sur por el propio Rosas (ríos Negro y Colorado hasta llegar a Neuquén) con la colaboración de varios caciques (Catriel, Cachul, Llanquellén, etcétera) y a través del general Pacheco, arrasó las tolderías del cacique Payllarén, matando a todos los indios de pelea, capturando a sus familias, ejecutando “como escarmiento” a los indios sublevados en Tapalqué y arrasando las tolderías del cacique Chocory en las márgenes del río Negro. Pero todo eso no fue suficiente y en 1875 Namuncurá, Catriel, Pincen y Baigorrita –totalizando casi 4.000 lanceros– asolaron Tres Arroyos, Tandil, Azul y Tapalqué; asesinaron a los soldados de los fortines y a alrededor de 400 vecinos, capturaron mujeres y niños, incendiaron viviendas y arrearon 300.000 animales. El ministro de guerra Adolfo Alsina pergeñó la zanja que lleva su nombre a un costo faraónico, complementada con una línea de fortines que no bastó para contener a los indios, por lo que Roca ejecutó una ofensiva contundente –la Campaña del Desierto–, con muchas bajas en ambos lados, que culminó con el cese de la resistencia indígena y la incorporación a la producción de 550.000 kilómetros cuadrados de territorio devenido nacional. (Diego Abad de Santillán, “Historia argentina”, tomo 3, página 249 y siguientes) No desconozco los derechos de los pueblos originarios ni la defensa de su cultura y la reivindicación por los bienes y las vidas de que fueron despojados en la confrontación de civilizaciones que abarcó todo el continente a partir de la hazaña de Cristóbal Colón. No justifico las masacres ni apruebo genocidio alguno, pero me conforta el resultado final: una nación consolidada en la que todos somos iguales ante la ley aunque contemos con dos generaciones desde la inmigración de nuestros abuelos, sin perjuicio de reconocer el derecho a que los “pobladores originarios” –provengan o no de la Araucanía– sean justamente recompensados por las penurias que sufrieron sus antepasados, sin dejar de ser argentinos. En ese contexto, ¿tiene sentido seguir alentando rencores, atizar el odio, demonizar a quienes –en su momento– llevaron a cabo lo que demandaba la enorme mayoría de sus gobernados? Propiciemos la unidad, la fraternidad, la compasión y la justicia, pero tales objetivos superiores no se lograrán destruyendo monumentos. (*) Exjuez de cámara. Neuquén