Bariloche, ciudad de nadie

Fatigada, la ciudad espera a ser gobernada con más responsabilidad.



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ALICIA MILLER amiller@rionegro.com.ar

Durante todo el año, el gobierno provincial atrajo la atención pública en Río Negro por las dificultades que tuvo el gobernador Alberto Weretilneck para maniobrar en la administración que tuvo que asumir y por su condición de socio minoritario de una alianza electoral liderada desde lo político por el Partido Justicialista. Los municipios, mayoritariamente bajo gobiernos del Frente para la Victoria, se acomodaron –en términos generales– de mejor manera que el Ejecutivo provincial. Hoy, después de una nueva reorganización de su gabinete, el gobernador advierte que su contacto con varias de esas administraciones municipales le exigirá más que las visitas para aniversarios e inauguraciones que ha realizado hasta el momento. Si bien la mayoría no enfrenta dificultades severas, varias son, por causas diversas, motivo de inquietud. En Río Colorado, Mario Pilotti enfrenta dificultades por su manejo del gasto público y por la existencia de una oposición relativamente más organizada. En Cipolletti, Mario Baratti no logra darle a su gestión la agilidad que reclaman los problemas de la ciudad, y el propio gobernador suma fastidio por ello. Cinco Saltos y Allen manejan niveles comparables de conflictividad, mientras que Sierra Grande ha dado muestras de tener una problemática política particular, a la cual se atribuyen varios atentados no esclarecidos. No obstante, es Bariloche la que más preocupa. Es la ciudad con mayor cantidad de habitantes de la provincia. También la que registra un índice más notorio de desigualdades sociales, con amplios sectores con necesidades básicas insatisfechas, lo que se acentúa en invierno. Ha sido castigada por varias crisis, tales como varios años con escasa nieve seguidos por la dramática acumulación de cenizas del volcán Puyehue. Esos aspectos determinaron que, ya para la anterior gestión, fuera identificada como un área de máxima preocupación, junto con la pauperizada Región Sur. En ese caldo, los desaciertos y contramarchas del controversial intendente Omar Goye aportan una temperatura social que amenaza convertirse en tormenta. En lo político, Bariloche ha resultado singular y difícil para las fuerzas políticas provinciales. Con frecuencia, su comportamiento electoral no ha seguido las tendencias mayoritarias en la provincia. Y hoy, varias circunstancias dan muestra de la ausencia de liderazgo. Una situación que suma problemas y carencia de herramientas para resolverlos. Goye llegó a la intendencia después de ganarle en elección interna del justicialismo al candidato que respaldaban Miguel Pichetto y Carlos Soria. En gran medida, su personalidad impidió allí la conformación local del Frente para la Victoria. Y el partido del gobernador, el Frente Grande, es allí su principal oposición, liderado en el Concejo Deliberante por Carlos Valeri. A pesar de sus diferencias, el principal soporte político del expresidente de la Cooperativa Eléctrica fue en los últimos meses el senador Miguel Pichetto, sobre todo por su propia necesidad de conservar el predicamento que construyó durante años entre el empresariado y los sectores medios de la principal ciudad de la provincia. Hoy el municipio vive una división interna feroz, aun entre los dirigentes que llegaron allí de la mano del actual intendente. Desarrollo Social se ve desbordado por los pedidos de soluciones habitacionales, de empleo y alimenticias. La relación con el gremio Soyem es mala, por asuntos laborales y por una deuda importante que la comuna no está en condiciones de saldar. Esta semana renunció el segundo secretario de Gobierno desde que asumió Goye, quien registra un seguro récord en el cómputo de anuncios, designaciones y proyectos en los cuales dio marcha atrás. Así, el intendente barilochense no les da respiro ni al senador ni al gobernador. Weretilneck parece haber comprendido que, le guste o no, si a Goye le va mal, el resultado para su propia gestión no podrá ser otra cosa que perdidoso. Y se ha dispuesto a incursionar en la zona, con una postura llamativamente sin confrontación con Pichetto. En esa ciudad fue que anunció que daba por cerrada la etapa de diferencias con el senador, para quien ya corre el tiempo de descuento con vistas a aspirar a ser reelecto en su banca nacional. Sea por la preocupación por lo que podría suceder si nadie atiende los conflictos abiertos o por afán de fortalecer allí la fuerza política de su partido –limitada a algunas áreas institucionales pero lejos de tener un peso territorial determinante–, Weretilneck acudió la pasada semana a formular fuertes anuncios de obras y respaldo a los proyectos más sentidos por la ciudad. Aun así, varias son las iniciativas que se han visto postergadas, como la segunda etapa del hospital y la construcción del “hospitalito” del barrio Alto. Sólo dos buenas noticias depara Bariloche en estos días para la dirigencia del Frente para la Victoria. Una es la recuperación paulatina de la economía, sustentada por el motor del turismo. La otra, que el radicalismo local está tan herido y dividido que no puede capitalizar el desorden en el Deliberante ni en la sociedad. En lo demás, Bariloche es hoy un dolor de cabeza para el gobierno municipal y un desafío sensible para el provincial. Una ciudad con inmensos recursos humanos, intelectuales, paisajísticos y de capital, poseedora de una personalidad política singular. Una ciudad que está dando muestras de tener su paciencia fatigada y aspira a que quienes fueron elegidos para gobernarla lo hagan con una mayor cuota de responsabilidad.

DE DOMINGO A domingo


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