Batalla no concluida

Convendría que los funcionarios pesaran el pro y el contra de un enfrentamiento con EE.UU. por las patentes.

Redacción

Por Redacción

De todos los lobbies del país, el de los laboratorios piratas es con toda seguridad el más eficaz. Luego de haber logrado postergar durante décadas la aprobación de una ley que les prohibiría continuar copiando fórmulas extranjeras sin pagar las regalías correspondientes, está luchando por «modificar» la legislación que debería regir a partir del próximo noviembre para que se fijen cupos mínimos de producción en el país y los dueños de las patentes sean obligados a permitir que cualquier laboratorio local que esté en condiciones de fabricar un producto determinado lo haga. Como siempre ha ocurrido, este lobby se las ha arreglado para movilizar en su favor a políticos de distintos partidos con el argumento de que a menos que los laboratorios disfruten de ciertos privilegios, no serán capaces de sobrevivir a la competencia foránea. Insiste en que si ello ocurriera, los precios de los medicamentos subirían de manera espectacular, pasando por alto el hecho de que a pesar de todas las medidas proteccionistas ya existentes, los enfermos argentinos se hallan acostumbrados a pagar mucho más que los de otras latitudes.

Acaso la carta más fuerte de que disponen los propietarios de los laboratorios consiste en que los más interesados en ver totalmente eliminados todos los vestigios del régimen proteccionista tradicional son los estadounidenses. Hace algunos días nos visitó el secretario de Comercio de los Estados Unidos, William Daley, quien no titubeó en declarar que de introducir el Congreso «modificaciones» a la ley que se prevé entrará en vigencia hacia fines de año, su país tomará medidas «muy severas». De más está decir que sus advertencias sólo sirvieron para enojar a los «nacionalistas», que prestan más atención a la relación nada simétrica con los Estados Unidos que a los principios que están en juego o a las connotaciones económicas de lo propuesto por los laboratorios locales.

Daley no exageraba al afirmar que de elegir el Congreso privilegiar a los laboratorios, la reacción distaría de ser amistosa. Para los Estados Unidos, el tema del respeto por la propiedad intelectual es de importancia estratégica y sus gobernantes no tienen ninguna intención de hacer concesiones significantes. ¿Por qué deberían hacerlo? Las patentes son fruto de grandes inversiones y de muchísimo trabajo, de suerte que es lógico que sus dueños estén tan resueltos a defenderlas como estarían los dirigentes de países atrasados si fuera cuestión de recursos naturales. Asimismo, la supremacía estadounidense depende en buena medida del ingenio de sus investigadores, ventaja que obviamente no soñarían con abandonar a fin de complacer a empresarios que durante años han medrado apropiándose de los resultados de la labor ajena.

En otras palabras, lo que para muchos legisladores es un problema relacionado ya con el precio hipotético de los medicamentos después de noviembre, ya con la defensa de «lo nuestro», es para las autoridades actuales y futuras de los Estados Unidos un asunto de extrema gravedad. Por eso, aunque fuera posible formular una defensa razonable de las pretensiones del lobby farmacéutico, convendría que los dirigentes políticos pesaran muy cuidadosamente el pro y el contra de provocar un enfrentamiento con Washington. De todos modos, no es cuestión de una mera divergencia de intereses. A esta altura, tenemos abundantes motivos para suponer que los regímenes proteccionistas, entre los cuales estaría una ley de patentes «modificada» para ayudar a los laboratorios locales, son de por sí contraproducentes. En vez de estimular el surgimiento de sectores económicos competitivos, sirven para dar protección a los mediocres que tanto están contribuyendo a mantener bajo el nivel de vida del grueso de la población del país. Muchos legisladores aún se sienten consustanciados con los esquemas proteccionistas y dirigistas porque se formaron en una sociedad articulada en torno de principios muy distintos de los que están en vías de imponerse y muy pocos se han dado el trabajo de actualizarse, pero es de esperar que una proporción suficiente se resista a recaer en la tentación de creer que al defender a un grupo de empresarios están defendiendo a todo el pueblo.


De todos los lobbies del país, el de los laboratorios piratas es con toda seguridad el más eficaz. Luego de haber logrado postergar durante décadas la aprobación de una ley que les prohibiría continuar copiando fórmulas extranjeras sin pagar las regalías correspondientes, está luchando por "modificar" la legislación que debería regir a partir del próximo noviembre para que se fijen cupos mínimos de producción en el país y los dueños de las patentes sean obligados a permitir que cualquier laboratorio local que esté en condiciones de fabricar un producto determinado lo haga. Como siempre ha ocurrido, este lobby se las ha arreglado para movilizar en su favor a políticos de distintos partidos con el argumento de que a menos que los laboratorios disfruten de ciertos privilegios, no serán capaces de sobrevivir a la competencia foránea. Insiste en que si ello ocurriera, los precios de los medicamentos subirían de manera espectacular, pasando por alto el hecho de que a pesar de todas las medidas proteccionistas ya existentes, los enfermos argentinos se hallan acostumbrados a pagar mucho más que los de otras latitudes.

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