Brasil: el gigante despertó



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Resulta llamativo que un país con un índice de desocupación de tan sólo del 5,8%, sin una crisis económica significativa como la que afecta a los países europeos y sin los conflictos políticos y religiosos de los Estados norafricanos, se presente como el nuevo indignado de la región. Inclusive después de haber tenido el más alto crecimiento económico que se haya conocido por estas latitudes. Pretender que el aumento de entre cinco y diez centavos de dólar en el costo del pasaje del transporte urbano es el motivo por el cual la población de un país de casi 200 millones de habitantes se ha levantado y salido a las calles resulta pueril y funcional a los que no quieren ver una realidad que se desborda a sí misma. También es cierto que ninguna de todas las teorías presentadas hasta el momento puede explicar acabadamente un fenómeno social de este tipo. Sin embargo, tal vez un poco de cada una de aquéllas puede ir develando diversos aspectos sobre un escenario social de marcada complejidad. En los últimos 10 años, el Brasil, al menos en los aspectos formales, ha conseguido eliminar la miseria. Hoy se encuentra en una guerra declarada contra la pobreza, logrando que 40 millones de personas ingresen al mercado de consumo formando la llamada clase emergente “C”. Una suerte de clase media-baja. Fue en esta última década que millones de personas descubrieron el encanto de manejar un automóvil 0 kilómetro y de cambiar la bicicleta o la carroza tirada por un caballo por una moto. De tener computadora e internet en casa como elementos de primera necesidad, al igual que la heladera, la televisión de pantalla plana, el celular y el freezer. Simultáneamente se crearon sistemas de tributación simplificada para sacar de la economía informal a millones de brasileros que ejercían el “cuenta-propismo”. Se los dotó de personería jurídica, acceso al crédito público, auxilio ante la enfermedad, asistencia para el embarazo, jubilación por edad y tiempo de aportes. Esto permitió que un alto porcentaje de emergentes pudiera beneficiarse con los planes de viviendas como “Minha Casa, Minha Vida”, cambiando sus precarias viviendas en las favelas por casas titularizadas y con todos los servicios básicos. Pese a la inmensidad y complejidad de su territorio, el Brasil de hoy no sólo consigue llegar con educación elemental y vacunas hasta a las más alejadas aldeas amazónicas, sino que diseñó y puso en práctica el “Sistema Único de Salud (SUS)”, considerado uno de los mayores sistemas públicos de salud del mundo. Se trata de un ejemplo para los países vecinos que detenta guarismos sorprendentes: 190 millones de beneficiarios (el 80% depende exclusivamente de él), 11 millones de internaciones anuales, casi 10 millones de procedimientos de quimio y radioterapia anuales, más de 6.000 hospitales acreditados, 45.000 unidades de atención primaria, 19.000 trasplantes anuales. Asimismo, dentro de esta década se han hecho cambios muy importantes en el área educativa para alcanzar una suerte de igualdad social y de oportunidades, en beneficio de los más desfavorecidos históricamente. Después de amplios y controvertidos debates legislativos, llegando a instancias de un pronunciamiento favorable por unanimidad del Supremo Tribunal Federal, la presidenta Dilma Rousseff sancionó la llamada “Ley de Cuotas”, que reserva el 50% de las vacantes en las 59 Universidades Federales para estudiantes de enseñanza media, egresados de escuelas públicas. La mitad de esta reserva, es decir el 25%, se completa por la cuota racial, a partir del criterio de “auto-atribución étnica”. Es decir, que es el propio candidato el que se dice pertenecer a tal o cual etnia y por la cuota de los menores ingresos familiares per cápita. Dicho de otro modo, la mitad del estudiantado de las Universidades Federales está compuesta por egresados del sistema de enseñanza pública; negros, pardos e indios y por alumnos provenientes de familias de bajos recursos. Todos ellos aprobados por el rigurosísimo y altamente competitivo examen de ingreso –vestibular–. Con todo esto se ha generado una inmensa movilidad social que resulta palpable no sólo cuando las empresas precisan de mano de obra no calificada, sino también cuando las amas de casa quieren contratar personal doméstico. Y ello, por cuanto hay muchos que no desean ocupar esas vacantes por mejores salarios y beneficios adicionales que se ofrezcan. Frente a este panorama no sorprende que de la encuesta recientemente realizada por Datafolha, realizada entre los manifestantes de São Paulo, exhiba que un 77% de los indignados tenga título universitario. Que en su mayoría sean menores de 25 años y que no se sientan representados por partido político alguno. Constituyen, en cambio, una generación que quiere “más y mejor” en materia de salud, de seguridad, de educación e infraestructura. Ellos saben que tienen una de las cargas fiscales más pesadas del mundo y están dispuestos a exigir en la misma proporción, al tiempo que han aprendido que para una prolija y eficiente aplicación de los recursos fiscales existe un requisito ineludible: acabar con la corrupción y los gastos desmedidos del gobierno. Esos males endémicos que históricamente han debilitado a toda América Latina. Acaso ni Lula ni Dilma, más allá de la clásica retórica de los líderes políticos y del buen trabajo de transformación realizado en la última década, hayan imaginado que algo de esto iba algún día a suceder. Efectuar una adecuada interpretación de los reclamos de la población indignada y darle una respuesta contundente es el desafío que tendrá que enfrentar Dilma para obtener su reelección en dos años más. Mientras tanto, los indignados hacen el batuque para comprobar si la clase dirigente sabe sambar. Ojalá que el gigante realmente haya despertado y enseñe el ritmo a seguir. (*) Abogado. Brasil

GUILLERMO LOZADA (*)


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