Campo de batalla
La edición actual de la ya tradicional Feria del Libro porteña será recordada menos por la cantidad de asistentes y la participación de algunos escritores y pensadores destacados que por los “escraches” protagonizados por bandas de matones. La semana pasada, sujetos de mentalidad totalitaria se ensañaron con la disidente cubana Hilda Molina cuando, para indignación de los comprometidos con la feroz dictadura de los hermanos Castro, presentaba su libro “Mi verdad”. Según la víctima del ataque, detrás del episodio estaba gente de la embajada cubana en nuestro país, lo que es posible, aunque la neuróloga debería entender que los enemigos locales de la libertad de expresión son perfectamente capaces de movilizarse sin la ayuda de un gobierno extranjero. Mal que nos pese, en nuestro país, como en muchos otros, abundan los tentados a aprovechar cualquier oportunidad para provocar disturbios en nombre de alguna que otra causa política represiva. De todos modos, aquella irrupción de intolerancia violenta pronto se vio seguida por otra que resultó ser aún más preocupante cuando una patota afín al kirchnerismo procuró impedir la presentación de “Indec. Historia íntima de una estafa”, del periodista Gustavo Noriega. Aseverándose militantes “del gobierno nacional y popular”, los revoltosos desataron una gresca descomunal en que varias personas, entre ellas tres agentes de seguridad privados, sufrieron heridas. El incidente no sorprendió demasiado al autor del libro sobre la forma en que funcionarios del gobierno, encabezados por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, destruyeron una institución que, antes de su intervención atropellada, disfrutaba del respeto internacional. Al actuar así, el entonces presidente Néstor Kirchner, Moreno y sus laderos atentaron contra la credibilidad de nuestro país en el exterior, privándonos así de inversiones cuantiosas y agravando nuestro aislamiento de los mercados de capitales, creando un problema tan grande que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner finalmente entendió que sería necesario tratar de solucionarlo reabriendo el canje. Dijo Noriega que “para mí esto es una anécdota, pero para la gente del Indec es cosa de todos los días, puertas adentro y sin la protección de los medios”. Por desgracia, se trata de algo más grave que “una anécdota”, ya que hay motivos para temer que, con el aval tácito o explícito del ex presidente Néstor Kirchner, personajes que se sienten identificados con el gobierno han decidido intentar intimidar al país en su conjunto haciendo uso de la metodología empleada para transformar el Indec en una usina propagandística. Persuadidos como están los Kirchner de que en última instancia todo depende del “relato”, integrantes del gobierno y grupos periféricos que, por motivos que podrían calificarse de ideológicos o a cambio de subsidios, han emprendido una campaña furiosa contra algunos de los medios más prestigiosos, y más creíbles, del país, en un esfuerzo desesperado por convencer a la ciudadanía de que todos están en manos de enemigos del pueblo argentino y que no debería permitirse ser manipulada por ellos. Apuestan a que andando el tiempo una parte acaso sustancial de la población llegue a la conclusión de que los medios, en especial los vinculados con el Grupo Clarín, son poco confiables y que por lo tanto hay que dar al gobierno el beneficio de la duda. Asimismo, al fomentar un clima cada vez más conflictivo, los Kirchner esperarán instalar la idea de que el país tenga que elegir entre aferrarse al statu quo y “el caos” porque a su juicio son los únicos que están en condiciones de garantizar “la gobernabilidad”. Dicho de otro modo, desde el punto de vista de los Kirchner, convendría que siguiera intensificándose el clima de crispación imperante y que se multiplicaran episodios como los que acaban de darse en la Feria del Libro, que sirven para advertir a la gente de que en cualquier momento el país podría precipitarse en un abismo. Para que la estrategia así supuesta no prosperara, el resto del país tendría que conservar la ecuanimidad frente a las provocaciones constantes de agitadores que se afirman resueltos a defender al “gobierno nacional y popular” contra cualquiera que se anime a criticarlo.
La edición actual de la ya tradicional Feria del Libro porteña será recordada menos por la cantidad de asistentes y la participación de algunos escritores y pensadores destacados que por los “escraches” protagonizados por bandas de matones. La semana pasada, sujetos de mentalidad totalitaria se ensañaron con la disidente cubana Hilda Molina cuando, para indignación de los comprometidos con la feroz dictadura de los hermanos Castro, presentaba su libro “Mi verdad”. Según la víctima del ataque, detrás del episodio estaba gente de la embajada cubana en nuestro país, lo que es posible, aunque la neuróloga debería entender que los enemigos locales de la libertad de expresión son perfectamente capaces de movilizarse sin la ayuda de un gobierno extranjero. Mal que nos pese, en nuestro país, como en muchos otros, abundan los tentados a aprovechar cualquier oportunidad para provocar disturbios en nombre de alguna que otra causa política represiva. De todos modos, aquella irrupción de intolerancia violenta pronto se vio seguida por otra que resultó ser aún más preocupante cuando una patota afín al kirchnerismo procuró impedir la presentación de “Indec. Historia íntima de una estafa”, del periodista Gustavo Noriega. Aseverándose militantes “del gobierno nacional y popular”, los revoltosos desataron una gresca descomunal en que varias personas, entre ellas tres agentes de seguridad privados, sufrieron heridas. El incidente no sorprendió demasiado al autor del libro sobre la forma en que funcionarios del gobierno, encabezados por el secretario de Comercio, Guillermo Moreno, destruyeron una institución que, antes de su intervención atropellada, disfrutaba del respeto internacional. Al actuar así, el entonces presidente Néstor Kirchner, Moreno y sus laderos atentaron contra la credibilidad de nuestro país en el exterior, privándonos así de inversiones cuantiosas y agravando nuestro aislamiento de los mercados de capitales, creando un problema tan grande que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner finalmente entendió que sería necesario tratar de solucionarlo reabriendo el canje. Dijo Noriega que “para mí esto es una anécdota, pero para la gente del Indec es cosa de todos los días, puertas adentro y sin la protección de los medios”. Por desgracia, se trata de algo más grave que “una anécdota”, ya que hay motivos para temer que, con el aval tácito o explícito del ex presidente Néstor Kirchner, personajes que se sienten identificados con el gobierno han decidido intentar intimidar al país en su conjunto haciendo uso de la metodología empleada para transformar el Indec en una usina propagandística. Persuadidos como están los Kirchner de que en última instancia todo depende del “relato”, integrantes del gobierno y grupos periféricos que, por motivos que podrían calificarse de ideológicos o a cambio de subsidios, han emprendido una campaña furiosa contra algunos de los medios más prestigiosos, y más creíbles, del país, en un esfuerzo desesperado por convencer a la ciudadanía de que todos están en manos de enemigos del pueblo argentino y que no debería permitirse ser manipulada por ellos. Apuestan a que andando el tiempo una parte acaso sustancial de la población llegue a la conclusión de que los medios, en especial los vinculados con el Grupo Clarín, son poco confiables y que por lo tanto hay que dar al gobierno el beneficio de la duda. Asimismo, al fomentar un clima cada vez más conflictivo, los Kirchner esperarán instalar la idea de que el país tenga que elegir entre aferrarse al statu quo y “el caos” porque a su juicio son los únicos que están en condiciones de garantizar “la gobernabilidad”. Dicho de otro modo, desde el punto de vista de los Kirchner, convendría que siguiera intensificándose el clima de crispación imperante y que se multiplicaran episodios como los que acaban de darse en la Feria del Libro, que sirven para advertir a la gente de que en cualquier momento el país podría precipitarse en un abismo. Para que la estrategia así supuesta no prosperara, el resto del país tendría que conservar la ecuanimidad frente a las provocaciones constantes de agitadores que se afirman resueltos a defender al “gobierno nacional y popular” contra cualquiera que se anime a criticarlo.
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