A 30 años de una cumbre pionera en el Aconcagua

La historiaPatagónica nos insta a revivir hechos que por contemporáneos y sincrónicos forman parte de la historia regional. Nuestra tarea es, precisamente, volver a encontrar a los protagonistas que han vivido los hechos, o sus descendientes, para reconstruirlos. Hace 30 años un grupo de jóvenes y no tan jóvenes andinistas llegó a la cumbre del pico más alto de América: el Cerro Aconcagua, en lo que fue la primera gran expedición del grupo de actividades de montaña que ahora se llama Agreste Sur. Estos estudiantes y profesionales ascendieron durante 13 días. Llegaron a la cumbre, de 6.962 metros de altura, el 26 de enero de 1996, donde los esperaba una temperatura de 35 grados bajo cero. Eran de Plottier, Roca, Cipolletti y Neuquén: Iris Sepúlveda, Mariela Montero, Lorenzo Novak, Aníbal Muller, Pablo Martellota, Guillermo Maldonado, Diego Rodil, Miguel Knop y Federico Watkins bajo la conducción de José Antonio Rodríguez, Toni, el fundador del grupo, que subía por undécima vez (Toni es un avezado montañista y gran maestro de montañistas, que fue nuestro alumno en la ex ENET 1 de Neuquén).

“Ese enero de 1996 realizamos la primera expedición al Aconcagua el grupo que luego llamaríamos Agreste Sur, creado el 4 de abril de 1994”, recuerda Toni. Los tramos de la expedición, que demandó 13 días de subida y 5 de bajada, se repartieron en 5 etapas que los llevaron primero al Campo 2, a unos 6.000 metros de altura, y luego “al esfuerzo supremo hasta la cumbre, que comenzó bordeando el glaciar de los Polacos y recorrió los casi 1000 metros del final: un madrugón a las 5 AM para hacer cumbre trece horas más tarde”.

El marco de la cima fue un viento poderoso y persistente que los dejó permanecer solo el tiempo justo para tomarse las fotografías con las máquinas o los dedos que no se habían congelado. Pero todo había empezado un par de años antes: “El equipo de esa expedición se fue conformando en las bardas de Neuquén, más exactamente en el gimnasio de la UNCo. Habían pasado solo dos años desde la creación de un espacio que organizaba actividades de montañismo para estudiantes y publico extrauniversitario. Durante el año orientamos los entrenamientos y por supuesto las ilusiones hacia el coloso de América. Por mi propia experiencia preferí la ruta que ingresa por el río Vacas, dado que representaba un objetivo más desafiante y poseía una estética más ajustada a la aventura. Instalamos nuestros campamentos y aclimatamos muy bien, incluso colaborando en un rescate, hecho que nos dejó para siempre el apodo grupal de Patrulla Domuyo, gentilmente puesto por los guardaparques”.

“El día que salimos a la cumbre las condiciones climáticas empezaron a ser cada vez más amenazantes, no había pronósticos digitales del tiempo, el viento aumentaba y las nubes cubrieron lo alto de la montaña. Estábamos a unos 6000 metros de altura en un campamento que llamábamos Cólera, poco antes de los restos del refugio Independencia. Nos detuvimos, traté de ser muy claro y dije: esta es la última oportunidad que tenemos de subir y va a ser muy duro, el clima va a empeorar con seguridad, podemos volver, no es imprescindible seguir, las miradas se arremolinaron como las nubes y la pregunta quedó flotando mientras el viento empezaba a empujar, uno decidió bajar, los demás subimos. Cuando alcanzamos la cumbre las nubes parecían estallar contra la roca y el sonido formidable del viento se había convertido en la música de fondo de un día lleno de emociones y sufrimientos que todavía prometía más. El descenso fue duro, con preocupación para no opacar la alegría de haber conquistado la cumbre. Cuando pasamos el peñón Martínez, yo respiré y me relajé un poco, ya no importaba mucho que fuéramos despacio, no quedaban muchos obstáculos más que el agotamiento, hasta las carpas que estaban en el Campo 2, ese páramo reseco y helado. Abrimos los cierres de las carpas a las diez de la noche. Una vez instalados, dos miembros del equipo descubrieron congelamientos en sus dedos. A pesar de la hora los acomodamos para evitar algún mal mayor”.

“Así concluyó esa expedición, ese suceso inolvidable que fue el primer paso del desarrollo futuro de Agreste Sur, de la propuesta que sigue vigente de dar vida al montañismo clásico no guiado, de aprovechar en todos sus departamentos el poder transformador edificante del montañismo cuando se practica de cierta manera”, cierra Toni el recuerdo del ascenso. Hoy los homenajeamos por tener el coraje, el valor y la visión pionera de afrontar tamaña aventura y resaltar la constante labor de Toni que con perseverancia continúa dándole vida a esta odisea. Beatriz Carolina Chávez.


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