El horror de ayer y la indiferencia de hoy

Por Carta de Lectores

Javier Genoud DNI 17506130

GENERAL ROCA

«SI EXISTE DIOS, ÉL TENDRÁ QUE ROGARME A MÍ PARA QUE LO PERDONE»Hay frases que no se leen. Se soportan. Esta es una de ellas. Escrita, dicen, en una pared de Auschwitz. No en un libro. No en una universidad. En una pared fría, con la mano temblando, por alguien que ya había visto lo que ningún ser humano debería ver. Alguien que había perdido todo y, sin embargo, todavía le quedaba la dignidad de no perdonar. No es soberbia. Es dolor en su estado más puro.

¿Qué le decís a Dios después de Auschwitz? ¿Qué rezo le queda a una madre que vio partir a su hijo hacia el humo? ¿Qué fe le queda a un hombre que contó los cuerpos de sus hermanos como quien cuenta ovejas para no volverse loco? Esa frase no es contra Dios. Es contra nosotros. Contra la humanidad. Auschwitz no fue un accidente.

No fue una tormenta. Fue una fábrica. Pensada, diseñada, administrada con planillas, horarios, turnos y trenes que llegaban a horario. El horror más grande de la historia no lo hicieron monstruos con cuernos. Lo hicieron funcionarios, médicos, ingenieros, vecinos. Gente normal que aprendió a mirar para otro lado.Y ahí está nuestra miseria más profunda, la que todavía hoy nos persigue. Hemos perdido valores, no porque no los conozcamos, sino porque los negociamos.

Cambiamos la compasión por la conveniencia. La verdad por el relato que más likes tiene. La memoria por el olvido cómodo. El prójimo por el enemigo de turno. Hoy matamos distinto. No siempre con cámaras de gas. A veces matamos con indiferencia. Con un «no es mi problema». Con un celular que filma en vez de ayudar. Con una guerra que miramos como si fuera una serie. Con un pobre al que pisamos en la calle porque nos molesta su olor. Con un odio que se hereda en la mesa familiar. Nos acostumbramos a lo inaceptable.

Y esa costumbre es la hija menor de Auschwitz. El hombre que escribió en esa pared no le estaba pidiendo perdón a Dios. Le estaba reclamando. Le estaba diciendo: «Si vos existís, vos también tenés que rendir cuentas. Porque nos dejaste solos». Y en ese reclamo hay una fe al revés, rota, pero fe al fin. Porque solo quien creyó profundamente puede sentirse así de traicionado.

Hoy nosotros, que vivimos en casas con calefacción, con comida en la heladera, con libertad para opinar, ¿Qué hacemos con esa herencia? ¿La usamos para ser mejores o para seguir discutiendo quién tiene razón en las redes?

La reflexión final, si hay alguna, es humilde y dolorosa. No somos mejores que ellos. Somos los mismos, solo que con más tecnología y con menos excusas. Tenemos la historia escrita, tenemos los testimonios, tenemos las fotos. Ya no podemos decir «no sabíamos». Sabemos. Y sin embargo seguimos eligiendo el odio chiquito de todos los días.

El desprecio. La puta grieta. El «que se joda el otro». Quizás el perdón que pide esa pared no es el de Dios hacia nosotros. Es el nuestro hacia nosotros mismos. Y no lo vamos a conseguir con discursos. Lo vamos a conseguir con actos pequeños, casi invisibles, que son todo lo contrario a Auschwitz.

Mirar a los ojos. Escuchar. Abrazar. Compartir el pan. No deshumanizar al que piensa distinto. No dejar solo al que sufre. Cuidar al viejo, al niño, al loco, al que nadie quiere cuidar.

Si alguna vez Dios tiene que pedirnos perdón, que sea porque nosotros ya aprendimos a no necesitar que nos perdone. Que sea porque, por fin, dejamos de construir Auschwitz en cada esquina de nuestra indiferencia y empezamos a construir, aunque sea con las manos temblando, un lugar donde valga la pena volver a creer.


Javier Genoud DNI 17506130

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