Centristas en carrera
A esta altura, los oficialistas más vehementes, personajes como los integrantes del colectivo Carta Abierta y el jefe de Gabinete Jorge Capitanich, deberían entender que atacar a Daniel Scioli sólo sirve para fortalecerlo. Será por este motivo que el gobernador bonaerense se limita a sonreír toda vez que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner o un vocero circunstancial lo critican por hablar amablemente con dirigentes opositores o, para indignación de los militantes más furibundos, intercambiar saludos “afectuosos” con el satanizado CEO del Grupo Clarín, Héctor Magnetto. Para el principal rival peronista de Scioli, el diputado Sergio Massa, el que los kirchneristas lo ayuden así es tan preocupante que no sorprendería que algunos lo atribuyeran a una estrategia maquiavélica urdida en la Casa Rosada. Al fin y al cabo, aunque no cabe duda de que la hostilidad que sienten tanto Cristina como los ultras del oficialismo es genuina, sería de suponer que se han dado cuenta de que los intentos por desprestigiar a Scioli han sido tan contraproducentes como sus esfuerzos por hundir a Julio Cobos cuando ocupaba la vicepresidencia. Fue en buena medida merced a los insultos dirigidos contra su persona que el radical se convirtió en un presidenciable más. Parecería que, según las encuestas más recientes, Scioli encabeza nuevamente la carrera presidencial, aventajando, si bien por muy poco, a Massa, con Mauricio Macri comenzando a pisarles los talones. El jefe porteño se ha visto beneficiado por la resistencia de una proporción creciente de la ciudadanía a resignarse a la hegemonía peronista permanente. El Frente Amplio UNEN también quiere aprovechar el hartazgo que sienten tantos por un movimiento cuya notable capacidad para ganar elecciones y aferrarse al poder le ha permitido protagonizar una serie de fracasos calamitosos, pero cuando por fin decida encolumnarse detrás de un candidato determinado muchos partidarios de los derrotados en la interna centroizquierdista podrían abandonarlo a su suerte por ser tan grandes las diferencias entre Hermes Binner, Elisa Carrió, Cobos, Ernesto Sanz y Fernando “Pino” Solanas. Es lo que espera Macri que, gracias al debate en torno a la conveniencia de vincularlo con el frente progresista que se celebró hace un par de meses, dejó de verse tratado como un derechista tan extremo que respaldarlo equivaldría a entregarse al conservadurismo “neoliberal” más retardatario. De todos modos, con la excepción de Solanas y, hasta cierto punto, Binner, los políticos que figuran en la lista de precandidatos presidenciales no deben su lugar a su presunto compromiso con un esquema ideológico evidente. Sería inútil procurar analizar en tales términos los pensamientos de Scioli, Massa, Macri, Carrió y los radicales. En el fondo, son pragmáticos de ideas centristas parecidas que entienden que sería necesario hacer de la Argentina un país atractivo a ojos de los inversores, lo que les exigiría asegurar el respeto por reglas claras, es decir, por la seguridad jurídica, además de hacer frente al problema gigantesco planteado por la pandemia de corrupción que se ha institucionalizado, tomar muy en serio la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, combatir la inflación e impedir que la pobreza estructural siga atrapando a sectores cada vez más amplios de la población. Así, pues, el resultado de la carrera presidencial que pronto entrará en una nueva fase dependerá mucho menos de las propuestas programáticas de los aspirantes a suceder a Cristina que de su atractivo personal y, si bien en grado menor, el de los equipos que logren formar. Todos cuentan con economistas con cierto prestigio que han desempeñado papeles en la gestión ya del gobierno nacional, ya de administraciones provinciales o de la Ciudad de Buenos Aires. Aunque andando el tiempo tendrán que decirnos lo que quisieran hacer con la herencia alarmante que el próximo gobierno recibirá, por ahora parecen estar más interesados en no asustar al electorado hablándole de ajustes, cortes y otras medidas dolorosas que, mal que nos pese, les será necesario tomar, pero puede que, de agravarse la crisis, no tengan más opción que subrayar su propio realismo, como hacen políticos en campaña en países en que la mayoría entiende muy bien que el populismo sólo sirve para sembrar miseria.
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