Chele Díaz canta esta noche en Roca

El músico, compositor y estudioso de Chubut llega al Valle.

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El músico cordillerano Celedonio “Chele” Díaz actuará esta noche a las 21:30 en La Esquina, en Córdoba y Tucumán. Noveno hijo de una familia de Trevelin, su vinculación con la música empezó en la niñez a través de “las radioemisoras chilenas, que se escuchaban fuerte y claro”. Después aprendió la guitarra de las vidalas en los fogones y de las milongas académicas de escenario. El pedido de un hermano poeta que quería cantar sus coplas a su amada lo llevó de un día para otro a componer música. Estudioso de la Patagonia, se construyó él mismo, a pie y a caballo, “exponiendo mis canciones a los paisanos de los puestos”. Y, más tarde, se enamoró de la magia de la literatura americana. “Esa magia –dice– que luego advertí, al lado mío, cuando escuché relatos que no estaban escritos en ningún lugar y yo sabía que si no los escribía, todo eso se perdería para siempre”. Así es que Chele Díaz se hizo como persona y como artista, y ayudó a construir la cultura del norte cordillerano de Chubut. Una región de frontera que trenzó su identidad “entre el paisano que aprendió a hablar el español, un poco de tonada chilena porque tenemos ‘parientes’ del otro lado, y los galeses que también aportaron lo suyo”. La música del sur la conoció “de escuchar a mi viejo, antes de que se le llamara folclore, cuando se les decía: canciones tradicionalistas. Eran gatos, vidalitas, que él tocaba en la guitarra”. Ese capital se enriqueció “vinculándome con músicos que tenían que ver con la música popular, pero también con la música clásica, y diez años en el coro con músicos académicos”. Cuesta pensar que, recién cuando el conflicto con Chile llevó a fundar Radio Nacional Esquel, se comenzara a escuchar en esa ciudad, en Trevelin y Corcovado algo más que radios chilenas. Recién entonces empezamos a escuchar música del noroeste argentino y del litoral: Cosas maravillosas, como tonadas, cuecas, bailecitos, zambas. Y nos apropiamos, a nuestro modo y aprendiendo por la radio, de las canciones”. Con una modestia reñida con el reconocimiento del que goza hoy en toda la Patagonia, Chele Díaz ubica su primera canción casi como obra del azar. “Ocurrió que me salió mi primer canción. Yo digo que no la hice, sino que me vino. Íbamos mucho a ese lugar, al basurero municipal, donde se quemaba basura, y así escribí “Huellita de humo”. Cuenta que “compuse muchas canciones entre los veinte y los treinta años, pero no las mostraba por el respeto que teníamos, por ejemplo, hacia Abelardo Epuyén. Abelardo era un artista, el mejor para nosotros. Aparecía la música de Berbel y para nosotros era mejor lo de Abelardo. Y lo mío me parecía peor que los dos. Recién en el 85, empecé a cantar mis canciones, como solista”. Después, hizo una gira a caballo, que duró un mes y medio, “para ‘exponer’ mis canciones en los puestos de campo a los que llegaba. Y digo ‘exponer’ porque es difícil que uno pueda convencer a alguien con una milonga si no es conociendo el trabajo campesino. Y mis canciones tuvieron suerte, fueron aceptadas”. Desde entonces, la aprobación también le llegó de artistas como “Cuchi” Leguizamón, Manuel J. Castilla, Hamlet Lima Quintana, “que creaban lo que nosotros consumíamos como público”. “Fue después de eso cuando me di cuenta de que yo no hacía ni lo de Abelardo ni lo de Berbel sino algo diferente, que tenía que ver un poco con el campo y con lo urbano, pero que tenía mi sello”. Esa personalidad que combina lo urbano y lo rural y que deviene de su vivencia pero también de su pasión por la lectura. “Leo mucho y he procurado que mis textos convenzan, así como me gusta que los libros me atraigan. Conté historias, relaciones humanas, escribí libros, historias. He publicado cinco libros. Escribo una revista de historia de una tirada de apenas 300 ejemplares. He creado otras revistas que han durado algún tiempo, en algunos casos cuatro o cinco números. Me han convocado para participar en revistas del INTA, he creado un personaje de historieta para esa revista, que ha tenido llegada por el conocimiento que tengo de la forma paisana de hablar, el conocimiento de nuestro campo. El idioma identitario patagónico es lo que quedó del paisano que aprendió el español, con alguna veta de los galeses y también modismos chilenos, porque tenemos parientes del otro lado”. Todo lo que aprendí “me alimentó para leer, para exponer y para escribir, sobre todo la literatura de los escritores sudamericanos. Esa magia, que luego advertí al lado mío, cuando escuché relatos que no estaban escritos en ningún lugar y supe que, si no los escribía, se perderían para siempre. Por eso he presentado un proyecto de rescate de la cultura patagónica, que es lo que se mueve debajo del manto con el que a veces se pretende ocultar. Eso tiene una energía propia. Es lo que está vivo”.

“Advertí la magia cuando escuché relatos que no estaban escritos y supe que, si yo no los escribía, se perderían para siempre”.

CECILIA BENÍTEZ ALICIA MILLER


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