China y el mundo

Redacción

Por Redacción

Para el régimen comunista chino, fue motivo de alivio el triunfo cómodo en las elecciones presidenciales taiwanesas del nacionalista Ma Ying-jeou, ya que a diferencia de su adversario del gobernante Partido Democrático Progresista es partidario de relaciones mucho más estrechas con Beijing. Sin embargo, a pesar de sus sentimientos pro chinos, Ma no dudó en criticar la intervención «brutal y estúpida» del régimen en Tíbet y afirmarse a favor de un boicot contra los Juegos Olímpicos a menos que abandone la política represiva violenta que según voceros tibetanos ya ha causado la muerte de más de cien personas. Se trata de una alternativa que claramente no atrae a las autoridades chinas que hace un par de días se afirmaron resueltas a «aplastar» la rebelión independentista, aunque a esta altura entenderán que como resultado se intensificará el riesgo de que el boicot tan temido se haga realidad.

Merced al crecimiento económico espectacular de las décadas últimas, son muchos los que prevén que China pronto se erija en una superpotencia equiparable con Estados Unidos. Conscientes de que esta posibilidad preocupa a los países vecinos, los líderes chinos se han esforzado por brindar la impresión de ser gente pacífica respetuosa de los derechos ajenos que nunca soñarían con emplear su poder para intimidar a nadie y esperaban que los Juegos Olímpicos que se celebrarán en Beijing en agosto sirvieran para difundir el mensaje de que la nueva China ya es un país casi moderno con algunas particularidades -entre ellas, un sistema político basado en un solo partido- pero que así y todo es un integrante digno de la comunidad internacional. Desgraciadamente para el régimen, la proximidad de los Juegos ha supuesto que el resto del mundo se haya interesado más no sólo en los logros indiscutibles de su país sino también en sus muchas lacras, empezando con la falta de libertad y la ferocidad con la que las autoridades están acostumbradas a «aplastar» cualquier síntoma de disenso.

Por lo pronto, la mayoría de los dirigentes internacionales es contraria a un boicot, pero al cobrar más ímpetu el movimiento en tal sentido algunos políticos cambiarán de opinión al darse cuenta de que podrá significarles más votos. De visita a la India, la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, la demócrata Nancy Pelosi, aprovechó la oportunidad para reunirse con el Dalai Lama y reclamar una investigación internacional de la situación en Tíbet calificándola de «un desafío para la conciencia del mundo». Por su parte, el candidato republicano a la presidencia estadounidense, John McCain, opinó que el maltrato que está sufriendo el pueblo tibetano «no es aceptable para una potencia mundial como es China». También en Europa están multiplicando las protestas contra la represión, sobre todo entre grupos progresistas que naturalmente sienten más simpatía por el muy pacífico Dalai Lama que por los nada atractivos líderes chinos.

Puede que el poder político de tales sectores sea reducido, pero el régimen comunista cometería un grave error si subestimara su capacidad para galvanizar la opinión pública mundial.

Hasta hace relativamente poco, las autoridades chinas no tenían razones para inquietarse por lo que pensaran de ellas los demás, pero el período de aislamiento así supuesto ya ha terminado. Lo mismo que otros gobiernos, incluyendo desde luego al estadounidense, el chino tendrá que habituarse a la idea de que realmente importa la imagen nacional y que por lo tanto no puede pisotear con impunidad los derechos de los tibetanos, de los miembros de diversas comunidades religiosas, de movimientos como el Falun Gong o de los disidentes democráticos. A pesar del apoyo que brinda Beijing a dictaduras como la sudanesa -que es responsable de una campaña de genocidio en la región de Darfur- y la birmana, hasta ahora el resurgimiento de China ha merecido más elogios que críticas. Pero de resultas de la reacción violenta frente a los disturbios en Tíbet el clima ya ha cambiado de manera radical, lo que debería alarmar a un régimen que, como lo ha confirmado su voluntad de gastar sumas colosales de dinero organizando los Juegos Olímpicos con el propósito de impresionar positivamente al resto del mundo, entiende muy bien la importancia de una imagen buena.


Para el régimen comunista chino, fue motivo de alivio el triunfo cómodo en las elecciones presidenciales taiwanesas del nacionalista Ma Ying-jeou, ya que a diferencia de su adversario del gobernante Partido Democrático Progresista es partidario de relaciones mucho más estrechas con Beijing. Sin embargo, a pesar de sus sentimientos pro chinos, Ma no dudó en criticar la intervención "brutal y estúpida" del régimen en Tíbet y afirmarse a favor de un boicot contra los Juegos Olímpicos a menos que abandone la política represiva violenta que según voceros tibetanos ya ha causado la muerte de más de cien personas. Se trata de una alternativa que claramente no atrae a las autoridades chinas que hace un par de días se afirmaron resueltas a "aplastar" la rebelión independentista, aunque a esta altura entenderán que como resultado se intensificará el riesgo de que el boicot tan temido se haga realidad.

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