Choque de culturas
La convertibilidad fracasó porque, cuando de las finanzas nacionales se trataba, nuestra clase política estuvo aún menos disciplinada que la norteamericana. En opinión de muchos, tarde o temprano la misma diferencia cultural hará inviable el euro. Mientras que los alemanes y holandeses toman muy en serio sus responsabilidades fiscales, los griegos, portugueses, españoles e italianos están habituados a subordinarlas a factores a su juicio más importantes. Fiel a sus tradiciones, el gobierno alemán ha privilegiado la estabilidad monetaria, controlando el gasto público y presionando a los sindicatos para que se resignaran a aumentos salariales moderados. Como resultado, Alemania se ha hecho tan “competitiva” que, a pesar de ser un país de dimensiones demográficas relativamente pequeñas en un mundo supuestamente dominado por gigantes, aún exporta tanto como China. Por su parte, los países del “Club Mediterráneo” que usan el euro aprovecharon la oportunidad brindada por una moneda común respaldada por Alemania para conseguir créditos a tasas de interés bajas y permitieron que aumentaran los salarios para que se aproximaran a los de países más ricos, sin por eso mejorar su competitividad. Las consecuencias del desfase así supuesto están a la vista. Aunque Alemania fue duramente afectada por la crisis financiera que estalló en la segunda mitad del 2008, sus cuentas están bien ordenadas, a diferencia de las de muchos socios de la zona del euro que han deteriorado hasta tal punto que corren peligro de caer en default. Por ahora Italia, cuya tasa de ahorro interno es elevada, no se ve incluida entre los blancos de los especuladores financieros que esperan ganar mucho dinero apostando contra los integrantes más débiles de la Eurozona, pero se prevé que, de agravarse los problemas de Grecia, Portugal y España, sus gobernantes se sientan tentados a intentar liberarse de una moneda común que a su entender ha traído más dificultades que beneficios. Hace apenas una semana todos los países de la Eurozona, más el Fondo Monetario Internacional, acordaron ayudar a Grecia con un plan de rescate que, al permitirle acceder a préstamos más baratos que los ofrecidos por los mercados, le serviría de blindaje mientras se concretara un ajuste extremadamente draconiano. La idea era que los griegos no tendrían que hacer uso de los créditos blandos porque los mercados, debidamente impresionados, aceptarían proveerlos del dinero que tanto necesitan a tasas de interés similares. Por un par de días, la maniobra pareció funcionar, pero el optimismo duró poco. Desgraciadamente para los griegos, todo hace pensar que tendrán que depender de “la generosidad” de sus socios europeos y del FMI que, a cambio de su ayuda, insisten en que tomen medidas que tendrán un impacto social terriblemente doloroso. Para recuperarse con rapidez, Grecia, Portugal, España y otros países en apuros tendrían que experimentar años de crecimiento vigoroso, pero al verse obligados a reducir drásticamente el gasto público y dedicar una proporción cada vez mayor de sus recursos para satisfacer a sus acreedores, parece más que probable que lo que les espera sea un período muy largo de austeridad que sólo terminará cuando sus ingresos respectivos correspondan al grado de competitividad alcanzado. En otros tiempos, hubieran podido hacerse más competitivos con facilidad relativa devaluando la moneda local frente a la alemana, tal y como han hecho los norteamericanos y británicos, pero no pueden hacerlo porque no les es dado fijar el valor del euro. Como la Argentina antes del estallido de la convertibilidad, los países del sur de Europa tienen que manejar la economía según pautas que les son ajenas. Por motivos de orgullo –la mayoría cree que formar parte de la Eurozona es una especie de garantía de madurez–, ningún miembro del “Club Mediterráneo” quisiera salir de ella o, peor todavía, ser expulsado por no estar en condiciones de respetar las duras reglas fiscales, pero en vista de la alternativa no sorprendería del todo que andando el tiempo algunos, tal vez todos, decidieran que sería intolerable, e insensato, someterse a la severa disciplina teutona si como consecuencia sectores amplios se vieran condenados a un futuro signado por la pobreza.