Científicos en la hoguera
En buena parte del mundo occidental, científicos prestigiosos ya se han acostumbrado a desempeñar un papel que en otros tiempos correspondía a las autoridades religiosas, el de ser los máximos responsables de difundir la verdad revelada, aunque ellos mismos suelen saber muy bien que algunas teorías actualmente de moda podrían compartir el destino de otras que, luego de ser consideradas irrefutables durante siglos, resultaron ser erróneas. Así y todo, algunos legos, entre ellos un juez italiano, confían tanto en los científicos que los creen infalibles, de suerte que si algunos se equivocan será por motivos inconfesables, razón por la que hace una semana se condenó a seis años de cárcel a siete sismólogos de la Comisión de Grandes Riesgos de su país por no haber previsto la magnitud del terremoto que, el 6 de abril de 2009, devastó la ciudad de L’Aquila, provocando la muerte de tres centenares de personas y enormes daños materiales. Como es natural, el fallo del juez ha provocado revuelo no sólo en Italia sino también en el resto del mundo, sobre todo en Europa. La sentencia dictada por el magistrado tendría sentido si fuera posible pronosticar con precisión “científica” los terremotos sobre la base de los datos disponibles, los que, en este caso, consistían en una serie prolongada de tremores, pero todos los integrantes de la comunidad científica internacional coinciden en que no hay forma de hacerlo. Pueden señalar que a menudo se producen tremores aún más violentos que los que se registraron en la región de los Abruzos en que se encuentra L’Aquila sin que ocurra nada; asimismo, a veces hay terremotos catastróficos en lugares que son presuntamente ajenos a fenómenos de dicha clase debido a un movimiento tectónico que nadie pudo detectar. Es fácil entender, pues, la alarma que sienten no sólo los científicos italianos sino también sus colegas de otras latitudes ante el insólito fallo del juez. Puede que a los hombres y las mujeres de ciencia les encante que su actividad disfrute de tanto prestigio, pero no quieren que los demás los traten como si fueran profetas o magos. Al fin y al cabo, se preguntan: ¿qué sucedería si en adelante los científicos, impresionados por el espectáculo brindado por la Justicia italiana, pidieran a los políticos locales ordenar la evacuación inmediata de cualquier ciudad, como Roma o Nápoles, que en teoría podría verse afectada por un terremoto o una erupción volcánica? ¿O si –lo que sería más probable– optaran por negarse a colaborar con las autoridades civiles por miedo a lo que pudiera sucederles si ocurriera algo imprevisible? Según se informa, los habitantes de L’Aquila están muy conformes con la decisión del juez, puesto que en su opinión es obligación de la Justicia responsabilizar a alguien de las consecuencias del desastre. Aunque el deseo de culpar a chivos expiatorios de los acontecimientos infaustos es universal desde que el mundo es mundo, en las sociedades avanzadas los juristas suelen ser conscientes del peligro planteado por el populismo judicial. Así y todo, en vista de que muchas personas aún se aferran a formas de pensar que podrían calificarse de premodernas, abundan los científicos que se han habituado a formular pronósticos escalofriantes acerca de las eventuales repercusiones de fenómenos como el mal de las vacas locas, el calentamiento de la temperatura mundial supuestamente provocado por la industria o los horrores que nos aguardarían si se propagara una nueva variante de la gripe aviar o la porcina. Los más proclives a exagerar son, huelga decirlo, los voceros de la Organización Mundial de Salud, que virtualmente todos los años lanzan advertencias alarmantes que en ocasiones desatan el pánico en distintas partes del planeta. En vista de lo que acaba de suceder en Italia, es comprensible que científicos vinculados con la OMS y otros organismos parecidos hayan adquirido la costumbre de cargar las tintas, por tratarse de la única forma de asegurarse de que a ningún magistrado se le ocurriera acusarlos de homicidio en escala masiva por minimizar los peligros planteados por un virus hasta entonces desconocido, la polución ambiental o, de hacer escuela el fallo del juez italiano, por terremotos, tsunamis, huracanes, erupciones volcánicas o cualquier otro desastre natural.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.031.695 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 28 de octubre de 2012