Cobos se borra

Redacción

Por Redacción

Si bien no es nada común que un dirigente que ha disfrutado de tanta popularidad como la que tuvo hasta hace relativamente poco el vicepresidente Julio Cobos se deje convencer por quienes le reclaman un “gesto de grandeza”, o sea, que se borre de una lista de candidatos a un puesto importante, su decisión de bajarse de la carrera presidencial no resultó demasiado sorprendente, ya que en diversas ocasiones se había manifestado tan harto del siempre conflictivo mundillo político que le gustaría regresar al ámbito académico. Aunque la actitud prescindente así supuesta le habrá ayudado a encabezar las encuestas de opinión durante un par de años, le jugó en contra al entrar la interna radical en lo que se suponía sería su fase decisiva. No lo benefició su negativa a participar en la elección interna que organizó la UCR. Antes bien, descubrió que la popularidad realmente extraordinaria que había alcanzado merced al voto “no positivo” en el Senado que tanto indignó a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido no sería suficiente como para garantizarle la candidatura radical. De haber sido Cobos un luchador nato, se las hubiera arreglado para impedir que Eduardo Sanz lo madrugara erigiéndose en jefe del Comité Nacional de su partido y para frenar el ascenso de Ricardo Alfonsín, pero parecería que confiaba tanto en el valor del capital político que, por motivos no muy claros, la ciudadanía le entregó a fines de julio del 2008, que no se le ocurrió hacer mucho más que esperar a que la UCR se resignara a aceptarlo como el único candidato presidencial con posibilidades genuinas. De haber conservado Cobos la popularidad que consiguió en aquella sesión memorable del Senado en la que se constituyó en vocero de la voluntad mayoritaria, la táctica de hacerse rogar pudo haberle brindado lo que buscaba, pero al difundirse la conciencia de que no le sería fácil reconciliarse con sus correligionarios, el grueso de la ciudadanía llegó a la conclusión de que su ciclo ya había terminado y que, para más señas, un político que era incapaz de salir airoso de la interna radical y que no había logrado aprovechar una oportunidad inmejorable para dotarse de “estructuras” propias no estaría en condiciones de liderar un gobierno coherente. El cobismo, pues, ha resultado ser una ilusión colectiva más, el producto del deseo de sectores amplios de la clase media urbana de contar con una alternativa a la agresividad típica del ex presidente Kirchner y de su esposa. Se trataba de un fenómeno contradictorio porque las cualidades que la gente encontraba atractivas en el vicepresidente, como su ecuanimidad y la voluntad de quedar bien con integrantes de agrupaciones opositoras, entre ellos Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Eduardo Duhalde, no son las más apropiadas para un aspirante a la presidencia de la Nación a menos que las acompañen un grado excepcional de fortaleza anímica y autoridad personal. Por lo demás, Cobos nunca pareció representar más que la moderación; aunque es de suponer que se ubica en la mitad derecha del universo radical, no se ve identificado con ningún programa de gobierno explícito. Cobos atribuye el apagamiento de su estrella al sectarismo que es tan característico de la UCR. Dice creer que de consolidarse la candidatura del hijo de Raúl Alfonsín, el partido “se cerrará hacia adentro”, lo que reduciría mucho sus posibilidades electorales. Parecería que, como su comprovinciano Sanz, lo que tiene en mente es una coalición amplia que abarcaría a casi todos los comprometidos con los valores democráticos, propuesta que rechazan con indignación quienes manejan el aparato radical porque a su juicio equivaldría a reeditar “la Alianza” o “la Unión Democrática”, como si estuvieran convencidos de que en la Argentina sería inevitable que cualquier acercamiento entre agrupaciones diferentes tuviera consecuencias negativas. Tal postura dista de ser sensata: mal que les pese a los líderes radicales, en la Argentina tal como es, la alternativa a las coaliciones, alianzas o uniones democráticas amplias que son habituales en la mayoría de los países no consiste en un gobierno de un solo partido en que todos compartan las mismas ideas sino en uno improvisado a base del poder de convocatoria del caudillo de turno.


Si bien no es nada común que un dirigente que ha disfrutado de tanta popularidad como la que tuvo hasta hace relativamente poco el vicepresidente Julio Cobos se deje convencer por quienes le reclaman un “gesto de grandeza”, o sea, que se borre de una lista de candidatos a un puesto importante, su decisión de bajarse de la carrera presidencial no resultó demasiado sorprendente, ya que en diversas ocasiones se había manifestado tan harto del siempre conflictivo mundillo político que le gustaría regresar al ámbito académico. Aunque la actitud prescindente así supuesta le habrá ayudado a encabezar las encuestas de opinión durante un par de años, le jugó en contra al entrar la interna radical en lo que se suponía sería su fase decisiva. No lo benefició su negativa a participar en la elección interna que organizó la UCR. Antes bien, descubrió que la popularidad realmente extraordinaria que había alcanzado merced al voto “no positivo” en el Senado que tanto indignó a la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su marido no sería suficiente como para garantizarle la candidatura radical. De haber sido Cobos un luchador nato, se las hubiera arreglado para impedir que Eduardo Sanz lo madrugara erigiéndose en jefe del Comité Nacional de su partido y para frenar el ascenso de Ricardo Alfonsín, pero parecería que confiaba tanto en el valor del capital político que, por motivos no muy claros, la ciudadanía le entregó a fines de julio del 2008, que no se le ocurrió hacer mucho más que esperar a que la UCR se resignara a aceptarlo como el único candidato presidencial con posibilidades genuinas. De haber conservado Cobos la popularidad que consiguió en aquella sesión memorable del Senado en la que se constituyó en vocero de la voluntad mayoritaria, la táctica de hacerse rogar pudo haberle brindado lo que buscaba, pero al difundirse la conciencia de que no le sería fácil reconciliarse con sus correligionarios, el grueso de la ciudadanía llegó a la conclusión de que su ciclo ya había terminado y que, para más señas, un político que era incapaz de salir airoso de la interna radical y que no había logrado aprovechar una oportunidad inmejorable para dotarse de “estructuras” propias no estaría en condiciones de liderar un gobierno coherente. El cobismo, pues, ha resultado ser una ilusión colectiva más, el producto del deseo de sectores amplios de la clase media urbana de contar con una alternativa a la agresividad típica del ex presidente Kirchner y de su esposa. Se trataba de un fenómeno contradictorio porque las cualidades que la gente encontraba atractivas en el vicepresidente, como su ecuanimidad y la voluntad de quedar bien con integrantes de agrupaciones opositoras, entre ellos Mauricio Macri, Francisco de Narváez y Eduardo Duhalde, no son las más apropiadas para un aspirante a la presidencia de la Nación a menos que las acompañen un grado excepcional de fortaleza anímica y autoridad personal. Por lo demás, Cobos nunca pareció representar más que la moderación; aunque es de suponer que se ubica en la mitad derecha del universo radical, no se ve identificado con ningún programa de gobierno explícito. Cobos atribuye el apagamiento de su estrella al sectarismo que es tan característico de la UCR. Dice creer que de consolidarse la candidatura del hijo de Raúl Alfonsín, el partido “se cerrará hacia adentro”, lo que reduciría mucho sus posibilidades electorales. Parecería que, como su comprovinciano Sanz, lo que tiene en mente es una coalición amplia que abarcaría a casi todos los comprometidos con los valores democráticos, propuesta que rechazan con indignación quienes manejan el aparato radical porque a su juicio equivaldría a reeditar “la Alianza” o “la Unión Democrática”, como si estuvieran convencidos de que en la Argentina sería inevitable que cualquier acercamiento entre agrupaciones diferentes tuviera consecuencias negativas. Tal postura dista de ser sensata: mal que les pese a los líderes radicales, en la Argentina tal como es, la alternativa a las coaliciones, alianzas o uniones democráticas amplias que son habituales en la mayoría de los países no consiste en un gobierno de un solo partido en que todos compartan las mismas ideas sino en uno improvisado a base del poder de convocatoria del caudillo de turno.

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