Códigos, ángeles y demonios
Por Osvaldo Alvarez Guerrero
Un una tarde, durante el Cónclave para seleccionar al nuevo papa, cuatro cardenales (los favoritos para ser elegidos) han sido sucesivamente asesinados -quemados, ahogados, colgados o enterrados vivos y expuestos en lugares públicos de Roma-. Aunque la responsabilidad de ese fantástico atentado para destruir el Vaticano es atribuida a una secta anticlerical de científicos pseudo-masónicos, finalmente el verdadero conspirador y criminal resulta ser el secretario privado del recientemente difunto papa, a quien además envenenó. El camarlengo, título oficial que registra quien habiendo sido el más cercano servidor del papa ejerce los poderes administrativos del Santo Padre hasta la nueva elección, es un fundamentalista delirante. Odia la ciencia y la razón y encarna una figura fanática de la Iglesia en su lucha contra los progresistas liberales que ponen en peligro la fe. Su objetivo es fraguar un acto heroico y milagroso para salvar a la Iglesia y ser él mismo aclamado nuevo papa. He ahí el sugestivo nudo argumental de «Angeles y Demonios», la última novela del Dan Brown, el autor del ya muy famoso «Código Da Vinci».
Este fenómeno editorial sin antecedentes merece una mirada desprejuiciada que debería superar las prevenciones de la crítica académica y de la «cultura» literaria: ambas se resisten a considerarlo un serio objeto de estudio. En los tiempos que corren el prestigio y la fama de los grandes números y el poder de lo cuantitativo prevalecen sobre lo minoritario, selecto y cualitativo. En ese contexto de la cultura de masas debería admitirse la importancia de «El Código Da Vinci»: lleva vendidos más de 25 millones de ejemplares. Y «Angeles y Demonios», a menos de dos meses de su aparición, va por un camino de éxitos similares.
Es cierto que esos libros están acompañados por una gran campaña publicitaria. Improvisando nuevas investigaciones históricas, provocando censuras, desmentidas y denuncias de falsedad histórica y renovando viejas herejías, el éxito de ventas y subproductos se multiplica. La manipulación ingeniosa de datos históricamente dudosos y las revelaciones respecto de sectas y actividades esotéricas que están hoy de moda han originado otras muchas publicaciones oportunistas, debates y críticas de historiadores y teólogos de ocasión que realimentan el éxito de Dan Brown. Pero estas circunstancias respaldan aún más el llamado de atención para examinar los efectos queridos o no queridos de este verdadero acontecimiento. Porque tras las fórmulas del best seller, con esa estructura narrativa de folletín y guión cinematográfico, en los thrillers de Dan Brown hay elementos muy peculiares que deberían ser abordados con un enfoque político en su más riguroso sentido. Sería ingenuo ignorar las consecuencias de la difusión exitosa de su interpretación del poder político de la Iglesia y del relato de las prácticas inquisitoriales y represoras que ejecutó coherentemente durante buena parte de la historia.
Ambos libros la emprenden contra estrategias y acciones centrales de la Iglesia Católica como institución histórico política, más allá de la divinización de su autoridad espiritual. Pero también inscriben una artera y eficaz impugnación de los dogmas. No hay nada demasiado novedoso en ello. Desde su mismo nacimiento las interpretaciones de los hechos extraordinarios (míticos o sobrenaturales) narrados en los textos bíblicos han generado las llamadas herejías desde adentro mismo del pensamiento religioso. Fuera de él, las concepciones cuestionadoras se han desarrollado desde el escepticismo agnóstico, el anticlericalismo y las ciencias modernas. Pero ocurre que la saña de Dan Brown se extiende además a la denuncia, tras la ficción novelesca, de operativos delictivos y de corrupción, imaginarios quizá pero fácilmente sospechados de la Prelatura del Opus Dei. Esta poderosa organización, no mu amada por la grey más popular, ha salido a contraatacar al novelista norteamericano con argumentos teológicos y políticos de insólita contundencia.
En el Código Da Vinci se formula una refutación de la divinidad de Jesucristo. Al imaginar que María Magdalena no sólo fue la esposa sino también la madre de su hijo y la auténtica heredera del mensaje revolucionario de Cristo, está condenando el papel secundario adjudicado por la Iglesia a la mujer. El libro es una interesante exploración de los vacíos y lagunas de la historia sagrada al descubrir las contradicciones e imaginar muy creíbles episodios que omite el Nuevo Testamento. No se trata, desde luego, de un cuestionamiento filosóficamente profundo, pero sí muy hábilmente expuesto respecto de la verdad histórica de los evangelios.
Lo notable es que ese ataque se basa muchas veces en la propia argumentación tradicional de la teología oficial. Esta última siempre sostuvo que los evangelios no son meras crónicas biográficas de Cristo. No se ajustan a una mera fidelidad de los hechos: son textos dictados por la Divinidad, que tiene sus misterios. Y ello habilita cualquier intento de poner en orden nuevas dudas sobre la sustentabilidad de la historia evangélica. Y se respalda, por otra parte, no sólo en las causas políticas, bien terrenales, que provocaron la fijación del canon bíblico y las reglas de organización jerárquica de la Iglesia, sostenidas desde el año 325 en el Concilio de Nicea y reafirmadas y nuevamente corregidas en el Concilio de Trento (1545-63). Este último respondía estrictamente a las necesidades políticas del Imperio de Carlos Quinto, para combatir cultural y militarmente las insurrecciones populares y campesinas de la Reforma Religiosa en Alemania.
Los propios teólogos católicos oficializados por la Iglesia admiten hoy que los cuatro evangelios no son obras escritas en un mismo tiempo y por una sola mano. La moderna filología afirma que estos libros son recopilaciones de textos parciales redactados en distintas lenguas y más o menos armonizadas. Los análisis exegéticos de la historia de éstos y otros textos considerados sagrados están plagados de expresiones lingüísticas que permiten sospechar de una endeble consistencia, tales como «casi seguramente», «tal vez», «altamente probable», etc., que en un salto silogístico transforman una mera probabilidad apenas asomada en las premisas en una conclusión categórica e indubitable.
Los rollos del Mar Muerto y sobre todo los evangelios llamados apócrifos descubiertos en 1947 en Nag Hammadi, en el desierto egipcio, son documentos que han permitido un conocimiento bastante detallado de los complejos orígenes del cristianismo, de sus cruces e influencias con otras creencias y otras filosofías. Y es admisible considerar que hubo una paulatina construcción, no demasiado rigurosa, de una «historia oficial de la religión». Algunos de sus relatos y discursos han sido puestos en duda por las nuevas investigaciones arqueológicas y filológicas. Buena parte de la teología católica, en especial la desarrollada en torno de hechos que requieren una mínima acreditación histórica, se vuelve altamente discutible. Esa fragilidad documental socava los propios fundamentos de la fe, al explicar de modo poco creíble los detalles de la generación y evolución de creencias y conocimientos mucho más humanos que divinos.
En las novelas de Brown se reviven también los viejos conflictos entre ciencia y religión, una batalla secular que han ido perdiendo las corrientes más retardatarias aún hoy dominantes en las más altas jerarquías vaticanas. La reivindicación feminista, las críticas al celibato y la fácil denuncia -no por ello menos efectiva- de la inconducente y muchas veces hipócrita oposición a los placeres de la sexualidad, aunque no son novedosos y responden a antiguas cuestiones no resueltas, adquieren un vigoroso impulso con estas novelas aparentemente comprometidas con el «progresismo políticamente correcto». La muerte de Juan Pablo II trae aparejada una ya evidente crisis del conservadurismo religioso. Cuando la vocación sacerdotal flaquea peligrosamente en los países más desarrollados y cada vez más se reclutan curas en el Africa hambrienta y azotada por el sida, cuando las iglesias se siguen vaciando y las supersticiones se acumulan, estas novelas de Dan Brown parecen mazazos aplicados a las murallas de las oficinas y despachos del Vaticano. ¿Podrá persistirse en una visión absolutista y monárquica de su organización y en el disciplinamiento intolerante de sus reglas internas, cuando un par de novelas, mezclando ángeles y demonios en fórmulas de narración codificada justifican tanto escándalo?