Con el mundo en contra

Redacción

Por Redacción

Al agravarse hace un par de años los problemas económicos del país, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos explicó que, si bien sus adversarios “ortodoxos” siempre habían pronosticado que “nos caeríamos del mundo”, el problema es “que el mundo se nos cae encima nuestro”. Pues bien, parecería que el mundo lo ha hecho nuevamente. No se trata sólo de la pérdida de fuerza del viento de cola que tanto contribuyó a la recuperación que se inició en la segunda mitad del 2002 sino también de la reacción previsible de países perjudicados por medidas tomadas por el gobierno kirchnerista. Además del problema nada sencillo planteado por los holdouts que nos han puesto al borde de un default técnico, corremos el riesgo de enfrentar un boicot comercial que podría tener un impacto muy fuerte en las exportaciones, ya que la Organización Mundial del Comercio (OMC) ha llegado a la conclusión de que la Argentina sí violó los acuerdos internacionales al restringir las importaciones. Por lo tanto, los 43 países, entre ellos Estados Unidos, el Japón y los miembros de la Unión Europea, que se habían quejado ante el organismo por la forma en que el entonces secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, cerraba el paso a bienes de origen extranjero tendrán derecho a tomar represalias. Asimismo, el precio de la soja cayó abruptamente en la Bolsa de Chicago al difundirse la noticia de que ha aumentado mucho el área sembrada en Estados Unidos; a menos que se revierta la tendencia así supuesta, el “yuyo” no proporcionará tanto dinero como se había previsto a las ya casi vacías arcas oficiales, lo que haría aún más sombrías las perspectivas económicas del país. Tanto los kirchneristas como muchos otros que están convencidos de que la Argentina es víctima de una gran conspiración internacional atribuyen la ofensiva de “los buitres”, la actitud asumida por la Corte Suprema norteamericana y la postura de la OMC, además de las esporádicas críticas formuladas por el FMI, a la voluntad del “mundo” de castigar al gobierno de Cristina por oponerse al “neoliberalismo” supuestamente hegemónico. Tal actitud se justificaría si en el exterior los empresarios y los funcionarios económicos de los países desarrollados se sintieran impresionados por la prédica de nuestros gobernantes en contra del liberalismo, pero sucede que a muy pocos les interesan las preferencias ideológicas de los distintos gobiernos. Siempre y cuando un país respete sus compromisos, sus dirigentes pueden afirmarse contrarios al sistema capitalista o cualquier otro sin que a nadie se le ocurriera inquietarse demasiado, aunque los voceros de entidades como el FMI podrían advertirles que, a su juicio, el esquema que han elegido no resultará viable, lo que es perfectamente legítimo ya que, de estallar una crisis inmanejable en un país determinado, no tardará en afectar a otros. De todos modos, a los kirchneristas les convendría preguntarse qué sucedería si todos los países del mundo se comportaran como la Argentina en los años últimos, desestimando los fallos de tribunales internacionales, negándose a reconocer deudas pendientes y obstaculizando las importaciones con medidas tan arbitrarias como las ideadas por Moreno que no se han visto levantadas. Con toda seguridad, el caos resultante sería más que suficiente como para tener consecuencias sumamente negativas para la economía internacional. Asimismo, era de prever que las autoridades de los países víctimas del maltrato reaccionaran de manera poco amistosa por motivos que no tendrían nada que ver con las eventuales discrepancias ideológicas, ya que están obligadas a defender los intereses de sus empresarios, pero parecería que los funcionarios del Ministerio de Economía y de la Cancillería suponían que les sería dado mofarse con impunidad de las reglas ajenas. Puede que hayan cambiado de actitud últimamente al multiplicarse los problemas en el frente externo, de ahí la decisión tardía de Cristina de intentar congraciarse con quienes llevan la voz cantante en los mercados de capitales, pero así y todo es lamentable que el cambio de rumbo ensayado por el gobierno no se haya producido mucho antes de que la Justicia norteamericana, la OMC y otros decidieran que, dadas las circunstancias, no les quedaba más alternativa que la de comenzar a aplicar sanciones.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Viernes 4 de julio de 2014


Al agravarse hace un par de años los problemas económicos del país, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner nos explicó que, si bien sus adversarios “ortodoxos” siempre habían pronosticado que “nos caeríamos del mundo”, el problema es “que el mundo se nos cae encima nuestro”. Pues bien, parecería que el mundo lo ha hecho nuevamente. No se trata sólo de la pérdida de fuerza del viento de cola que tanto contribuyó a la recuperación que se inició en la segunda mitad del 2002 sino también de la reacción previsible de países perjudicados por medidas tomadas por el gobierno kirchnerista. Además del problema nada sencillo planteado por los holdouts que nos han puesto al borde de un default técnico, corremos el riesgo de enfrentar un boicot comercial que podría tener un impacto muy fuerte en las exportaciones, ya que la Organización Mundial del Comercio (OMC) ha llegado a la conclusión de que la Argentina sí violó los acuerdos internacionales al restringir las importaciones. Por lo tanto, los 43 países, entre ellos Estados Unidos, el Japón y los miembros de la Unión Europea, que se habían quejado ante el organismo por la forma en que el entonces secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, cerraba el paso a bienes de origen extranjero tendrán derecho a tomar represalias. Asimismo, el precio de la soja cayó abruptamente en la Bolsa de Chicago al difundirse la noticia de que ha aumentado mucho el área sembrada en Estados Unidos; a menos que se revierta la tendencia así supuesta, el “yuyo” no proporcionará tanto dinero como se había previsto a las ya casi vacías arcas oficiales, lo que haría aún más sombrías las perspectivas económicas del país. Tanto los kirchneristas como muchos otros que están convencidos de que la Argentina es víctima de una gran conspiración internacional atribuyen la ofensiva de “los buitres”, la actitud asumida por la Corte Suprema norteamericana y la postura de la OMC, además de las esporádicas críticas formuladas por el FMI, a la voluntad del “mundo” de castigar al gobierno de Cristina por oponerse al “neoliberalismo” supuestamente hegemónico. Tal actitud se justificaría si en el exterior los empresarios y los funcionarios económicos de los países desarrollados se sintieran impresionados por la prédica de nuestros gobernantes en contra del liberalismo, pero sucede que a muy pocos les interesan las preferencias ideológicas de los distintos gobiernos. Siempre y cuando un país respete sus compromisos, sus dirigentes pueden afirmarse contrarios al sistema capitalista o cualquier otro sin que a nadie se le ocurriera inquietarse demasiado, aunque los voceros de entidades como el FMI podrían advertirles que, a su juicio, el esquema que han elegido no resultará viable, lo que es perfectamente legítimo ya que, de estallar una crisis inmanejable en un país determinado, no tardará en afectar a otros. De todos modos, a los kirchneristas les convendría preguntarse qué sucedería si todos los países del mundo se comportaran como la Argentina en los años últimos, desestimando los fallos de tribunales internacionales, negándose a reconocer deudas pendientes y obstaculizando las importaciones con medidas tan arbitrarias como las ideadas por Moreno que no se han visto levantadas. Con toda seguridad, el caos resultante sería más que suficiente como para tener consecuencias sumamente negativas para la economía internacional. Asimismo, era de prever que las autoridades de los países víctimas del maltrato reaccionaran de manera poco amistosa por motivos que no tendrían nada que ver con las eventuales discrepancias ideológicas, ya que están obligadas a defender los intereses de sus empresarios, pero parecería que los funcionarios del Ministerio de Economía y de la Cancillería suponían que les sería dado mofarse con impunidad de las reglas ajenas. Puede que hayan cambiado de actitud últimamente al multiplicarse los problemas en el frente externo, de ahí la decisión tardía de Cristina de intentar congraciarse con quienes llevan la voz cantante en los mercados de capitales, pero así y todo es lamentable que el cambio de rumbo ensayado por el gobierno no se haya producido mucho antes de que la Justicia norteamericana, la OMC y otros decidieran que, dadas las circunstancias, no les quedaba más alternativa que la de comenzar a aplicar sanciones.

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