Confluencia no logra encontrar la paz

Dos adolescentes fueron alcanzados por un tiroteo. Dicen que están acostumbrados al silbido de las balas.

Redacción

Por Redacción

Neuquén

NEUQUÉN (AN).- El 23 se cumplieron ocho meses del asesinato de Javier Rubilar en la plaza de Paimún y Lamarque del barrio Confluencia. Desde ese momento, los días se han vuelto un infierno de amenazas, enfrentamientos y tiroteos contra toda su familia. El domingo, el menor de sus hijos recibió un balazo en la rodilla, pero pese a la violencia a la que se enfrentan la familia insiste en quedarse en el barrio.

Miguel Suárez

miguelsuarez@rionegro.com.ar

Joaquín y Rodrigo Rubilar, tienen 16 y 14 años, su primo, Lucas Ríos, 15. Son tres chicos que parecen inseparables, lo único quieren es jugar a la pelota con sus amigos “por la coca cola”, salir a recorrer las calles de su barrio como siempre e ir a la escuela en bicicleta. Pero la alarmante la situación que atraviesan no les permite llevar una vida “normal”.

Joaquín es un joven silencioso, habla lo justo y necesario. Con pocas palabras enumera las veces que ha escuchado los silbidos de los plomos pasar cerca de su cabeza. Afirma que no tiene miedo y que “si me tengo que morir, me voy a morir”. Hace tres semanas que no puede ir a la escuela, el Centro de Formación Profesional Nº 1, porque la última vez lo persiguieron en un auto y tuvo que escapar.

El domingo pasado estaba con su hermano y su primo, en la casa de unos amigos de la calle Chocón, cuando pasaron en un auto y les dispararon varias veces con “un revólver calibre 22”, aclaró. “Yo me escondí atrás de la bici y me tiré al piso, me hice el muerto para que no me molestaran más. Sentí cuando el balazo rebotó en el cuadro de la bicicleta”, contó con naturalidad.

Rodrigo está sentado en la otra punta de la mesa y lo escucha, se ríe y acota algunas anécdotas similares. Por el borde de su malla se asoma una venda que protege la herida que tiene en la rodilla izquierda. Fue una lesión leve, la bala ingresó y salió, realizando un surco por debajo de la piel, pero que no llegó a dañar el hueso.

Para él la herida que sufrió no es nada grave y su madre, Vanesa Hidalgo, explica que el mismo lunes “ya estaba con sus amigos jugando en la pelota” en la cancha que está frente a su casa. La cancha “que hicimos con papá (Javier Rubilar). Esto antes era un yuyerío, nosotros lo arreglamos todo”.

Lucas también fue alcanzado por una bala el domingo pasado, pero afortunadamente solo le rozó un glúteo, aunque no se atreve a exhibir la lesión por pudor. Es el más verborrágico de los tres. En varias ocasiones manifestó su bronca por la situación, por la ausencia de la policía. Explicó que en algunas ocasiones fue demorado y hasta golpeado por efectivos, pero reclama que “a ellos (sus agresores) no los paran nunca”. Que andan armados “todo el tiempo, se la pasan amenazando y tirando desde lejos, pero nunca los paran”. Pese a todo lo que viven, los chicos no se quieren ir de su barrio. Los motivos no son variados: “mirá la cancha de fútbol que tenemos”, repitieron.


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