Costumbre latinoamericana

Por Redacción

En América Latina es habitual que los flamantes presidentes disfruten por algunos meses de un índice de aprobación sumamente elevado, pero parecería que el peruano Ollanta Humala resultará ser una excepción a esta regla simpática que, desde luego, debe más a la esperanza que a la experiencia. Si bien luego de ganar Humala un balotaje reñido frente a Keiko Fujimori con el 51,5% de los votos, el 70% de los peruanos aseguró a los encuestadores que confiaba en él, a menos de una semana del inicio de su gestión se informa que apenas el 41% dice apoyarlo. El responsable de la caída abrupta es su hermano menor, Alexis, que viajó a Rusia con la presunta finalidad de hacer negocios pingües. A juicio de una mayoría abrumadora de los peruanos, se trataba de una señal de que el clan familiar del presidente electo está resuelto a aprovechar las oportunidades brindadas por el poder político para enriquecerse. Las sospechas en tal sentido son lógicas. Nadie ignora que el nepotismo es uno de los flagelos más notorios tanto de Perú como de los demás países de la región. No sólo muchos mandatarios latinoamericanos sino también los ministros, los gobernadores provinciales, los intendentes y un sinfín de otros dan por descontado que el electorado les ha conferido el derecho a repartir puestos importantes entre sus familiares, justificándolo con el argumento de que necesitan contar con colaboradores leales y que, de todos modos, sería terriblemente injusto discriminar a personas talentosas por ser cuestión de parientes suyos. También es normal en América Latina, y en otras partes del mundo en que rigen pautas parecidas, que familiares, amigos y empleados de quienes ocupan lugares privilegiados en el esquema del poder se transformen con rapidez asombrosa en multimillonarios. La corrupción sistemática así supuesta constituye una de las causas fundamentales del atraso económico y la desigualdad social que son tan típicos de todos los países latinoamericanos. Parecería que los peruanos son conscientes de dicha realidad, de ahí el cambio repentino de la opinión mayoritaria en cuanto a las perspectivas abiertas por la inminente llegada de Humala a la presidencia. Como tantos otros prohombres, Humala hizo campaña afirmándose resuelto a luchar con el vigor exigido contra la corrupción, pero una proporción sustancial de sus compatriotas ya ha llegado a la conclusión de que sólo se trataba de palabras huecas. Que ello ocurriera antes de que haya asumido el poder es positivo. Significa que desde el vamos Humala entenderá que le convendría mantener a raya a la multitud de personajes que con toda seguridad se creen destinados a conformar una nueva “burguesía nacional”, el equivalente peruano de la “boliburguesía” que tanto ha prosperado en Venezuela gracias a su proximidad al presidente Hugo Chávez. La reacción de los peruanos frente al viaje a Rusia –un país en que los vínculos personales importan tanto a la hora de hacer negocios como en América Latina– del hermano de Humala sugiere que, a diferencia de nuestra opinión pública que no se ha dejado conmover demasiado por los muchos escándalos protagonizados por los beneficiados por el “proyecto” kirchnerista , no es su intención permitir que sus dirigentes políticos actúen como saqueadores. Le han advertido a Humala que, a menos que respete ciertas normas, perderá el apoyo de muchos votantes que lo habían apoyado por suponer que un gobierno encabezado por la hija de Alberto Fujimori sería tan venal como el de su progenitor, lo que le supondría muchas dificultades. A partir de triunfar en el balotaje del 19 de junio Humala se ha esforzado por convencer a sus compatriotas de que en verdad es un moderado, con mucho más en común con el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva que con el venezolano Chávez y otros caudillos “revolucionarios”, pero aún no ha logrado eliminar las dudas acerca de su honestidad personal y la de los miembros de su familia. Tendrá que hacerlo. En caso contrario, correrá peligro de compartir la suerte de aquellos presidentes latinoamericanos cuyos parientes, convencidos de que el poder político formaba parte del patrimonio familiar, se las arreglaron para erigirse en símbolos vivientes de la corrupción, con consecuencias nada felices para el jefe del clan.


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