Cuando la organización deportiva olvida al ser humano

Por Redacción

Marcelo Antonio Angriman (*)

Acaba de finalizar el rally Dakar 2014, carrera a la que muchos ya han calificado como la más dura de la última década. Para arribar a tal conclusión han considerado que sólo llegó a destino un 48% de los competidores y 229 participantes debieron abandonar por las condiciones, manifiestamente adversas, que tuvieron que enfrentar. Orgulloso de ello el francés Etienne Lavigne, cerebro de la organización, manifestó que el Dakar recupera así “su espíritu”, aquel que ostentaba cuando se realizaba en tierras africanas antes del 2009. La prueba, que actualmente cuenta con trece etapas, tuvo en su quinto tramo –entre Chilecito y Tucumán– una temperatura de 47 grados y fue precisamente allí donde perdieron la vida el motociclista Eric Palante y dos trabajadores de prensa cordobeses que cubrían el evento. Sobre tales pérdidas humanas no hubo una sola autocrítica de la organización, la que por otra parte no escatima verbo a la hora de emplear palabras tales como “desafío, infierno u odisea”. Es más, al día de la fecha se desconocen los reales motivos del fallecimiento del belga y los nombres de los malogrados Agustín Mina y Daniel Dambrosio apenas merecieron un breve comentario en los medios de comunicación. Pareciera que el riesgo sin límites, el calor extremo y los periplos cada vez más infranqueables aportan, y mucho, al gran negocio que supone el Dakar. Mientras más inasequible sea todo mejor, así en lugar de un descomunal competidor se podrá hablar de un superhéroe, que venció todos los escollos, incluso la muerte. Muerte que se repite edición tras edición y que alimenta el morbo de quienes consumen este tipo de productos, cada vez más emparentados con el comercio que con el deporte mismo. Así ya se pergeña un nuevo recorrido que supone más distancias, días de esfuerzo y paso por nuevos países (en el 2014 Argentina y Chile debieron aportar seis millones de dólares para que el trazado de la prueba los incluyese y el incorporado Bolivia, cuatro millones de la misma moneda). Las marcas ganadoras se posicionan en el mercado y utilizan el éxito como moneda de promoción. Todo suma para que el circo sacuda el tedio veraniego y, si el ganador es un excéntrico, un millonario o un hombre del jet set, el cartón dirá bingo. Difícil será determinar a ciencia cierta si son los mejores en lo suyo, ya que esta contienda, tratada como épica, sólo esta reservada a quienes pueden solventarla o consigan mecenas que se zambullan en sus aguas. Las cunas de oro abundan y, para un don nadie, participar del convite resulta tan inalcanzable como llegar a pie a la verdadera Dakar. El aumento del estrés de los competidores es otro atractivo que los organizadores no dejan librado al azar. A mayor tensión, más consumo de quienes por estos días, paradójicamente, buscan desestresarse en lugares de veraneo. El deporte desnaturalizado y corrido de su centro es así vendido a como dé lugar. Si es necesario para ello recurrir a las páginas policiales o a las de chimento, lo mismo da. Pocos son los que se alzan contra tan evidente realidad. En una solitaria declaración, el motociclista Javier Pizzolito sostuvo: “La organización, para vender su producto, habla de un Dakar del infierno y todas esas cosas no me parecen bien si en el medio está en juego la vida de los pilotos”. Si bien es cierto que estamos frente a una actividad peligrosa, donde el competidor asume riesgos, poco es lo que se hace para evitar más muertes y hasta en algún punto se infiere que tales sacrificios son necesarios para que el Dakar cobre cada vez mayor emoción. El silencio espectral de los organizadores al respecto así lo hace presumir. Simultáneamente, y también en el hemisferio sur, por estos días se disputa el Abierto de Australia de Tenis. Uno de los cincos torneos de Grand Slam. El calor soporífero de Melbourne (Hellbourne para muchos, que significa infierno) ha llevado a que los tenistas sufrieran abandonos, desmayos, vómitos y hasta alucinaciones. El canadiense Frank Dancevic creyó ver a Snoopy dentro de su estado de ensoñación y hasta el francés Jo Wilfried Tsonga ingresó al court con dos huevos en una sartén para ver cómo se freían ante el inclemente sol. Por su parte Rafael Nadal sostuvo que “es peligroso para la salud” y nuestro Juan Martín Del Potro dijo que dentro del rectángulo de juego había que buscar “la forma de sobrevivir”. Si bien existe la posibilidad de aplicar el reglamento de calor extremo y cerrar el techo del estadio, sólo dos canchas cuentan con tales instalaciones, razón por la cual ni la televisación ni los costos que implica demorar el certamen justifican prorrogar encuentros. Es así como se ve a los jugadores boqueando, como pescados recién extraídos del agua. ¿Es razonable que un partido que puede durar cinco sets se desarrolle a 40 grados o más de temperatura cuando a toda hora se brindan recomendaciones sobre los efectos nocivos del golpe de calor? ¿Habrá que esperar que exista una víctima para tomar conciencia de ello? Cuando el ser humano sea cuidado por encima de los intereses comerciales y la conveniencia de quienes no juegan, tal vez podamos recuperar parte de lo que alguna vez el deporte fue. Lejanas han quedado las enseñanzas de Carl Diem, cuando interpelado por el recordado Dante Panzeri alguna vez reflexionó: “El deporte es siempre un juego y, si deja de ser un juego, también deja de ser un deporte. El deporte deja de ser tal cuando empieza a ser una cosa seria…”. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física. marceloangriman@ciudad.com.ar