Cuando la política mira el fútbol
ALEARDO F. LARÍA (*)
Desde tiempos lejanos la pasión futbolística convive con otras pasiones: religiosas, políticas o estéticas. Cada una ha venido ocupando un espacio en los corazones, pero sin llegar a interferirse. Lo novedoso es que el espectáculo del fútbol, lentamente, va invadiendo otros territorios. En ocasiones, el buen fútbol le ofrece también algunas lecciones a la política. En la reciente Eurocopa de Ucrania-Polonia 2012, la selección española ha ofrecido un espectáculo soberbio. El partido de la final ante Italia, en el que el equipo español venció con contundencia a su rival con un histórico 4 a 0, quedará en los anales del fútbol por la belleza del juego español y la inteligente factura de los goles realizados. Cuando al placer estético de una representación artística se une el impacto emocional del buen juego, los espectadores quedan extasiados. Los comentaristas deportivos se han encargado de desmenuzar las causas del inobjetable éxito deportivo español. Se inició cuando España ganó la Eurocopa Austria-Suiza 2008, se ha visto prolongado en la obtención del máximo título del Mundial de Fútbol del 2010 y ha culminado con el triplete de la Eurocopa 2012. Si hay un rasgo que caracteriza al estilo de la selección española es la elaboración artesanal de un juego colectivo. No hay ninguna individualidad excesivamente destacada y todos los jugadores brillan en los roles asignados por el entrenador. Vicente del Bosque, el DT de la selección española, es otro ejemplo notable de comportamiento deportivo. El primer entrenador que ha logrado la Champions League, el Mundial y la Eurocopa, es una persona humilde, que está siempre detrás de los jugadores, concediéndoles todo el protagonismo. Nunca ha tenido un gesto descortés ni ha efectuado una declaración fuera de lugar y evitó siempre toda polémica innecesaria con colegas o periodistas. Otra característica del juego español es que los resultados son consecuencia de un dominio claro en el campo, donde imponen su buen hacer, sin que la búsqueda desesperada de un resultado altere el ritmo del juego. La tranquilidad con la que desarrollan una labor, en la que cuando es necesario todos atacan o todos defienden, da lugar a un espectáculo colorido, ágil, de bellos y rápidos desplazamientos, que no se ve interrumpido por ninguna acción ilegal. Los aficionados al fútbol pueden extraer de este estilo algunas lecciones que se pueden trasladar sin esfuerzo al terreno de la política. En primer lugar, cuando las cosas se hacen bien los resultados acompañan y son visibles a los ojos de todo el mundo. El éxito bien logrado es incontrastable y nadie tiene necesidad de acudir a imponer ningún relato ni forzar la lectura de una realidad cuando ésta se muestra con la contundencia de los hechos irrebatibles. En segundo lugar, se demuestra que en las sociedades modernas, donde reina la complejidad, no hay atajos ni actores milagrosos que puedan librarnos del trabajo arduo y persistente en equipo. La labor política es esencialmente un trabajo fino y artesanal de hilvanar voluntades, donde cada actor social, como si de un jugador de fútbol se tratara, tiene un rol en el cual no puede ser sustituido por la voluntad omnisciente de ningún ingeniero iluminado. Por consiguiente, al igual que los buenos entrenadores, los líderes políticos deben saber reconocer las capacidades de los distintos operadores sociales y adoptar una actitud de humildad alejada de todo protagonismo innecesario y excesivo. Nuestros sistemas presidencialistas otorgan un protagonismo exagerado al titular del Poder Ejecutivo, lo que contribuye a un progresivo ensimismamiento y a una pérdida paulatina del sentido de la realidad. Es como un equipo de fútbol que gira alrededor de la figura del centro delantero y donde el resto se limita a brindar asistencias confiando en el virtuosismo del protagonista principal de la obra. En las sociedades modernas no existen ya casi ejemplos de organizaciones sociales que se basen en los liderazgos personalistas ni confíen el éxito a la capacidad de intuición de un único intérprete. El concepto central de la nueva gobernanza es la idea de la descentralización de la dirección social. La sociedad ya no puede ser dirigida o controlada por un centro de inteligencia superior. Frente a la complejidad, no es posible ya establecer un sistema de mando y subordinación. Es necesario tomar en consideración los fines de los demás e interactuar respetando los derechos básicos de los ciudadanos. Los gobiernos, como los buenos entrenadores de fútbol, deben contribuir a organizar el juego colectivo, pero respetando las capacidades y singularidades de cada jugador. (*) Abogado y periodista