“Cuando lo de abajo está arriba y lo de arriba abajo”
En 1853, después de años de desencuentros y luchas fratricidas, fue aprobada la Constitución que ordenaría jurídicamente la Nación Argentina. Luego de la Batalla de Pavón, Buenos Aires se suma a las provincias y le da jerarquía nacional. Juan Bautista Alberdi, con su libro “Bases para la reorganización nacional” fue su mentor. Si bien la excelencia de su articulado cívico-jurídico amerita ser prolijamente analizado para su mejor aplicación, por su relevancia, se hace referencia al artículo Nº 22 que dice: “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”. La contundencia del texto no deja lugar a dudas de que esa tarea no es para cualquier persona. Mucho menos para un aventurero amigo de la fortuna fácil. Sólo el mejor ciudadano debe ser representante del pueblo. Si la Argentina, por su privilegiada geografía, agraciado crisol de razas, riqueza humana, cultural, natural y económica, es reconocida como una potencia, entonces ¿por qué está tan mal? ¿Son bien elegidos los representantes? ¿O mediante la mentira, el engaño y el fraude se hacen elegir?
En el poco tiempo que lleva la democracia recuperada, los principios y valores, en vez de ser reivindicados como la sociedad anhelaba, fueron drásticamente sustituidos pro lo profano degradándose la palabra, la confianza, la labor institucional, el vínculo familiar y la armonía social a extremos inconcebibles. La representación política –salvo la excepción de rigor–, exteriorizando un profundo desprecio por la ley y los más elementales principios humanos, lejos de honrar el sueño de nuestros mayores de una patria grande, libre y soberana, la arruinaron y endeudaron de tal manera que, en el caso de ser posible, demandará largo tiempo y enormes sacrificios su restauración. ¡Ni las siete plagas de Egipto llegaron a tanto!
Esto ha sucedido porque se cumplió lo que una vieja profecía advertía: “Cuando lo de abajo esté arriba y lo de arriba abajo”. Lo de “abajo arriba” es lo deleznable gobernando, lo de “arriba abajo” es lo mejor obedeciendo.
En 1980 había un 8% de pobreza, lo que era inadmisible para una nación tan rica como la Argentina. En la actualidad, en vez de habérsele dado de baja, trepó a un humillante 32,2%, con 6,8% de indigencia, generando una brutal deuda social que no para de crecer. Pero ¿por qué? Muy sencillo. Sucede que el clientelismo político por el universo de pobres que tiene de rehén define una elección. En elecciones, Neuquén parece Navidad. La masa carenciada feliz recibe un regalito. Sin pobres no hay clientelismo. Sin clientelismo es muy difícil el triunfo electoral, por lo cual los gobernantes en vez de crear riqueza y repartirla con equidad no lo hacen ocupándose por entero de consolidar y aumentar la pobreza que les perpetúa en el poder. Esta aberración reasegura el flagelo del feudalismo que tiene en sus garras varias provincias que jamás podrán crecer. Menos dignificarse. Las religiones, garantía de la moral y la Justicia, de la ley, ¿qué hicieron para erradicar tanta maldad que desgració a millones y va por más?
Estamos en un año electoral. Es la mejor oportunidad que la sociedad tiene para empezar a erradicar los negociados y la corrupción serial propia de la representación política, promoviendo un nuevo orden social profundamente cristiano, respetuoso de la soberanía popular, de la ley y de las virtudes republicanas. Es el advenimiento del poder social. ¡El pueblo en el poder! Sólo la democracia participativa tiene la potestad de construirlo. En Neuquén capital el Caesyp (Consejo Asesor Económico Social y Planeamiento) es un autorizado referente. Informes: los jueves a las 20, en el salón verde del Concejo Deliberante.
Hugo César Navarro
DNI 7.946.311
“El clientelismo político por el universo de pobres que tiene de rehén define una elección. En elecciones, Neuquén parece Navidad”.
Hugo César Navarro
DNI 7.946.311
Datos
- “El clientelismo político por el universo de pobres que tiene de rehén define una elección. En elecciones, Neuquén parece Navidad”.
En 1853, después de años de desencuentros y luchas fratricidas, fue aprobada la Constitución que ordenaría jurídicamente la Nación Argentina. Luego de la Batalla de Pavón, Buenos Aires se suma a las provincias y le da jerarquía nacional. Juan Bautista Alberdi, con su libro “Bases para la reorganización nacional” fue su mentor. Si bien la excelencia de su articulado cívico-jurídico amerita ser prolijamente analizado para su mejor aplicación, por su relevancia, se hace referencia al artículo Nº 22 que dice: “El pueblo no delibera ni gobierna sino por medio de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”. La contundencia del texto no deja lugar a dudas de que esa tarea no es para cualquier persona. Mucho menos para un aventurero amigo de la fortuna fácil. Sólo el mejor ciudadano debe ser representante del pueblo. Si la Argentina, por su privilegiada geografía, agraciado crisol de razas, riqueza humana, cultural, natural y económica, es reconocida como una potencia, entonces ¿por qué está tan mal? ¿Son bien elegidos los representantes? ¿O mediante la mentira, el engaño y el fraude se hacen elegir?
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