Cuando los chicos de la calle vuelven a sus casas
Ejemplificadora experiencia de
BUENOS AIRES (Telam).- Niños y adolescentes que vivían, pedían monedas y cuidaban coches en las calles del barrio porteño de Palermo regresaron a sus hogares a través de un programa de inclusión social que promueve el fortalecimiento de las familias como alternativa a la judicialización de la pobreza e internación en institutos de menores.
En sintonía con los organismos de derechos humanos que denuncian que la internación por cuestiones asistenciales es una privación ilegítima de la libertad, quienes trabajan en la asociación civil «El Armadero» apuestan a que los pibes que están en la calle regresen a sus casas.
Sujetos de derecho, siempre
La primera opción siempre es la familia más cercana y si este lazo no es pasible de recomponerse, los operadores de calle y trabajadores sociales que acompañan el proceso de reinserción buscan parientes más lejanos, abuelos, tíos, primos que tengan algún vínculo afectivo con los niños.
En última instancia quedan los hogares, en aquellos casos en que el núcleo familiar está atravesado por situaciones de violencia o muy desmembrados.
No obstante, y pese a ciertos prejuicios, la gente de «El Armadero» afirmó que la mayoría de los niños con los que ellos trabajan están en contacto con sus familias, extrañan y con el tiempo, regresan. Pruebas al canto, muestran una primera experiencia exitosa: en un año de trabajo, unos 25 jóvenes, en su mayoría de Florencio Varela, desarmaron una «ranchada» que paraba en Plaza Julio Cortázar y de a poco volvieron a sus casas o a casa de familiares para retomar la escuela o buscar «changas» en el barrio.
«Los chicos dejan sus casas porque viven en contextos de pobreza extrema y veces en la calle, hasta comen mejor», afirmó la coordinadora general de la asociación, Florencia Castro.
Explicó que la mayoría tiene entre 11 y 17 años, alguna vez estuvo escolarizada, vive en el segundo cordón del conurbano bonaerense y viene a la capital con sus padres, a juntar cartones, telas o a pedir comida. En general, paran en plazas céntricas o con mucho movimiento de gente, donde se encuentran con otros niños del barrio o de edades parecidas que están en la misma situación que ellos.
«Para los chicos que recién llegan, la calle es todo un evento -continúa Castro-. Se hacen amigos, se cuidan entre ellos y se quedan: primero un día, después dos, después una semana y después ya no vuelven».
Nota asociada: «No hay recetas mágicas»
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