Ampollas
Columna semanal
El disparador
Soy una mina que no funciona bien sin un cronograma. Me di cuenta hace poco, aunque ya tengo 34 años. Mi mamá, que siempre está en el medio, dice que soy desorganizada y que sólo me importa leer. En este momento tiene razón en todo. Estamos a viernes, la semana fue un desastre porque no la planifiqué y lo que más me interesa es seguir con el libro que llevo en la cartera. Quiero llorar.
Siempre hay un montón de gente en las calles de Buenos Aires. Casi corro para cruzar la maldita avenida Independencia pero no lo hago. Las vendedoras tenemos que estar divinas. Más si pretendo conseguir trabajo en una compañía de seguros, y por algo voy a la entrevista. No puedo llegar con los ojos hinchados y cuando me pregunten qué me pasó, responder que me salieron ampollas y mostrar mis pies.
Estoy decidida a cambiar de empresa porque con el sueldo que tengo apenas puedo pagar el alquiler de mi monoambiente. Respiro profundo para calmar la agitación antes de entrar al altísimo edificio. Y vuelvo a respirar profundo cuando me dicen que la mujer que me tenía que entrevistar ya se fue. ¡La odio! Me pidió que llegara a las cinco de la tarde. Le dije que iba a hacer todo lo posible. Son apenas las cinco y cuarto, ¡y la mina ya no está!
Mejor me voy a mi departamento a leer. ¡Me duelen los pies! Todas las chicas en algún momento nos pusimos zapatos y tuvimos ampollas. Es un dolor que, aunque crezcas, no lo podés soportar. No puedo creer cómo estoy caminando, ojalá me esté filmando Google Earth: es como si tuviese problemas motrices.
Necesito levantar el ánimo. Veo un negocio que me gusta y pido una cartera negra, grande, para que entre Chesil Beach, el libro que estoy leyendo. Pero no tienen. ¡No me sale ni una! Encima, se me reventaron las ampollas, siento los pies húmedos. Compro curitas y me cuesta ponérmelas. Contengo las lágrimas. Y sigo mi camino.
Cómo puede ser que no tenga un amigo que viva por acá para tocarle el timbre. Además, loco, ¡no llegué tan tarde a la entrevista! Por algo será, supongo, y me consuelo. ¿Soy capaz de seducir a un tipo en la calle para que me lleve a mi departamento?
Por más linda que sea, ningún hombre me va a querer hablar. Al verme, deben pensar: “Esta piba es renga o tiene una pata de palo”. La gente todavía es muy prejuiciosa. ¡Me duele! Quiero matarme. Ojo, si hay tipos que fantasean con minas de otra raza, debe haber alguno que se caliente con una renga. Pienso muchas estupideces. Quiero llorar pero me conecto con otras cosas. Me imagino que soy una mina a la que le pegaron un tiro en la selva y tiene que ir a campo traviesa para salvarse.
Por suerte, en el colectivo me puedo sentar y sigo leyendo Chesil Beach. Me encanta cómo escribe McEwan, me hace olvidar las ampollas. En la historia hay un flaco que adoro, que es de las afueras de Londres, clase media-baja, muy curioso, inteligente y sensible. ¿Podré encontrar alguien así? Encima, pobre, su madre tiene un accidente insólito en un tranvía y queda en coma un tiempo. Menos mal que sobrevive… Uf, es lo mismo que le pasó a mi vieja.
Estaba abstraída de las ampollas mientras leía pero cuando bajo del colectivo vuelve el dolor, las heridas ya no están adormecidas. No entiendo a la gente que camina lento y odio tener que hacerlo. Lo llamo a mi papá para preguntarle por qué me salieron unas ampollas horribles si los zapatos no me aprietan. Me responde que las ampollas son resistencia y que tienen agua para defender la piel, que no me preocupe, que todo está bien.
Una cuadra antes de mi departamento, empieza a llover y me protejo debajo del toldo de un kiosco. Un perro camina solo y se moja. Qué hace, por qué no se refugia. No entiendo nada. No sé qué me pasa. Tampoco entiendo las ampollas. Menos, el accidente de mi vieja, que ni siquiera sé si se cayó o se tiró abajo de un colectivo. Mi vieja siempre está en el medio. Miro al perro y ya no contengo las lágrimas.
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
El disparador
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