De aquel San Nicolás de Myra a este Papá Noel

La imaginería de los artistas definió la carnadura del santo navideño más que cualquier narración histórica.



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HORACIO LICERA hlicera@rionegro.com.ar

San Nicolás nació alrededor del año 280 en Patrara, Turquía, hijo de una familia adinerada y de buena educación. Se ordenó sacerdote a los 19 años y falleció siendo arzobispo de Myra, cerca del año 350. Su fama se extendió por toda Europa, al igual que sus milagros. Se lo relaciona con los regalos y los niños por dos hechos milagrosos. Uno de ellos fue la ofrenda de monedas de oro a tres jóvenes hermanas que no se podían casar por falta de dote de su pobre familia. Lo peculiar era que arrojaba las monedas desde la calle y caían milagrosamente dentro de las medias que tenían secando en la estufa. El otro, mucho más trágico, fue el de resucitar a tres pequeños hermanos a punto de ser asesinados por un sádico tabernero. Los vikingos lo adoptaron como santo patrono y de ellos pasó a Rusia, donde se convirtió en santo nacional. Sus restos fueron robados y disputados por italianos y turcos. En oriente lo llaman Nicolás de Myra, por la ciudad donde estuvo de obispo, pero en occidente se le llama Nicolás de Bari, porque cuando los musulmanes conquistaron Turquía, un grupo de católicos romanos sacó de allí en secreto las reliquias del santo y se las llevó a la ciudad de Bari, en Italia. En el siglo XIII, la tradición era que San Nicolás repartiera regalos del 5 al 6 de diciembre, pero a partir de la Contra Reforma católica lo hizo el 25 de diciembre. La tradición corrió por toda Europa, mezclándose con leyendas locales como las de los duendes del bosque y el padre invierno nórdico. Inmigrantes holandeses llevaron la tradición a Estados Unidos donde se hizo necesario otorgarle una carnadura para ilustrar cuentos y leyendas navideñas. En 1823 el escritor Clement Moore escribió “Una visita de San Nicolás” imaginando al santo surcando el cielo con un trineo lleno de regalos y tirado por renos, en vez de un sencillo reparto a pie o a caballo como se conocía hasta el momento. El look del marketing En 1881 el ilustrador Thomas Nast de la popular revista “Harper’s Weekly” no sólo le quitó el hábito religioso sino que dejó de lado el perfil alto y delgado del santo, trocándolo por ese aspecto de gordinflón blanquibarbado con cara de bonachón acarreando juguetes y fumado en pipa. Sus ropas eran humildes, y tenía una boina de piel con muérdagos. Cuando llegó la impresión color Nast le otorgó el color rojo a sus vestimentas y con esta imagen más parecida a un duende, el Sinterklaas o Sinter Klaas holandés representó durante muchos años al Santa Claus norteamericano. A mediados del siglo XIX, el Santa Claus estadounidense pasó a Inglaterra y de allí a Francia, donde se fundió con Bonhomme Noël, el origen de nuestro Papá Noel. En 1930 la empresa Coca Cola decidió sumar a Santa Claus a sus imágenes publicitarias navideñas y le encargó al artista Habdon Sundblom que renovara su aspecto. Habdon mantuvo el generoso diámetro abdominal pero le puso rasgos anglosajones más reconocibles en la cultura norteamericana, le elevó la estatura para alejarlo de la imagen de gnomo y le quitó el feo hábito del tabaco. El color rojo de la vestimenta le vino muy bien ya que era el color de la marca de la bebida cola, pero para cerrar la asociación le sumó bordes de piel blanca en su ropa. La masividad publicitaria instaló el relato de Papá Noel tan profundamente como la inserción comercial de la gaseosa en las culturas más disímiles a lo largo y ancho del planeta.


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