De España con amor
Si bien el presidente Néstor Kirchner ha dado a entender que le gustaría que los acusados de cometer crímenes de lesa humanidad en el transcurso de la guerra sucia de la segunda mitad de los años setenta fueran juzgados en el país, es probable que hubiera preferido que el gobierno español demorara algunos meses más la decisión de no tramitar la solicitud de extradición de una cuarentena de ex militares que fue presentada por el juez Baltasar Garzón, dilatando así el estallido de los conflictos que con toda seguridad provocará la repatriación del asunto. De todos modos, aunque la decisión puede haber decepcionado a muchos militantes, puede entenderse la escasa voluntad del gobierno de José María Aznar de encargarse de un problema que le corresponde a otro país intentar solucionar. Asimismo, aunque Garzón no ha querido darse por enterado, hubiera sido un tanto grotesco que la misma Justicia española que no investigó los miles de crímenes horrendos que fueron cometidos por una dictadura aún más feroz que la argentina se diera el lujo de juzgar a los represores de su ex colonia. Aunque la “anulación”, que pronto será promulgada, de las leyes de perdón por el Congreso ha posibilitado la reanudación de una cantidad de causas, son tantos los obstáculos jurídicos en el camino de los fiscales que es de prever que los procesos resultantes duren años. Además, el que los jefes máximos fueran indultados por el presidente Carlos Menem significa que los procesados serán en su mayoría militares que obedecieron las órdenes de sus superiores, detalle que no puede sino intensificar el rencor de quienes suponen que Kirchner ha elegido reabrir los juicios ya por solidaridad para con los grupos armados peronistas que provocaron estragos en la década de los setenta, ya por querer desviar la atención de la ciudadanía del estado catastrófico de la economía nacional. Puede que tales sospechas carezcan de asidero y que la actitud del presidente Kirchner se haya debido a nada más que su voluntad de asegurar que en adelante nadie en el país se crea con derecho a pisotear la ley bajo pretextos políticos, pero no cabe duda de que la forma en la que se ha manejado el tema sirvió para convencer a muchos de que en el fondo se trata de un alarde de revanchismo. Por ahora, esta interpretación de lo que está sucediendo no preocupará demasiado a Kirchner, porque cuenta con la aprobación de una mayoría muy grande, pero más tarde podría ocasionarle un sinfín de problemas. Para que resulte pacificadora una revisión de los crímenes perpetrados en los años setenta es fundamental que la emprendan personas que no sean consideradas partidarias ni de la guerrilla ni del régimen militar, pero por sus palabras y gestos Kirchner se las ha arreglado para definirse a sí mismo como un representante comprometido de una“generación” cuyo aporte al baño de sangre no puede pasarse por alto, uno que, para más señas, apenas ha disimulado su admiración por un dictador, Fidel Castro, cuya trayectoria en esta materia es mucho peor que las de Jorge Rafael Videla y Emilio Massera. He aquí una razón por la que esta iniciativa de Kirchner parece destinada a ser contraproducente. Lejos de obligar a aquellos militares y sus amigos que siguen insistiendo en reivindicar la represión brutal como la única forma posible de reaccionar frente al terrorismo en gran escala, esta ofensiva oficial alentará a los que aún creen que sólo los simpatizantes declarados o tácitos de los Montoneros, del ERP y de otras bandas supuestamente “revolucionarias” que pululaban aquí hace treinta años podrían protestar contra la violación sistemática de los derechos humanos. Para los interesados en que en adelante éstos sean respetados por todos, la prioridad ha de consistir en despolitizarlos, eliminando de una vez y para todas la convicción aún muy difundida de que violarlos es privativo ya de “la derecha”, ya de “la izquierda”. Antes de que Kirchner optara por hacer de la revisión del pasado uno de los ejes de su gestión, el grueso de la ciudadanía parecía haber entendido el principio básico de que los derechos humanos trascienden las ideologías. Es de temer que a causa de la campaña iniciada por Kirchner muchos ya estén comenzando a olvidarlo.
Si bien el presidente Néstor Kirchner ha dado a entender que le gustaría que los acusados de cometer crímenes de lesa humanidad en el transcurso de la guerra sucia de la segunda mitad de los años setenta fueran juzgados en el país, es probable que hubiera preferido que el gobierno español demorara algunos meses más la decisión de no tramitar la solicitud de extradición de una cuarentena de ex militares que fue presentada por el juez Baltasar Garzón, dilatando así el estallido de los conflictos que con toda seguridad provocará la repatriación del asunto. De todos modos, aunque la decisión puede haber decepcionado a muchos militantes, puede entenderse la escasa voluntad del gobierno de José María Aznar de encargarse de un problema que le corresponde a otro país intentar solucionar. Asimismo, aunque Garzón no ha querido darse por enterado, hubiera sido un tanto grotesco que la misma Justicia española que no investigó los miles de crímenes horrendos que fueron cometidos por una dictadura aún más feroz que la argentina se diera el lujo de juzgar a los represores de su ex colonia. Aunque la “anulación”, que pronto será promulgada, de las leyes de perdón por el Congreso ha posibilitado la reanudación de una cantidad de causas, son tantos los obstáculos jurídicos en el camino de los fiscales que es de prever que los procesos resultantes duren años. Además, el que los jefes máximos fueran indultados por el presidente Carlos Menem significa que los procesados serán en su mayoría militares que obedecieron las órdenes de sus superiores, detalle que no puede sino intensificar el rencor de quienes suponen que Kirchner ha elegido reabrir los juicios ya por solidaridad para con los grupos armados peronistas que provocaron estragos en la década de los setenta, ya por querer desviar la atención de la ciudadanía del estado catastrófico de la economía nacional. Puede que tales sospechas carezcan de asidero y que la actitud del presidente Kirchner se haya debido a nada más que su voluntad de asegurar que en adelante nadie en el país se crea con derecho a pisotear la ley bajo pretextos políticos, pero no cabe duda de que la forma en la que se ha manejado el tema sirvió para convencer a muchos de que en el fondo se trata de un alarde de revanchismo. Por ahora, esta interpretación de lo que está sucediendo no preocupará demasiado a Kirchner, porque cuenta con la aprobación de una mayoría muy grande, pero más tarde podría ocasionarle un sinfín de problemas. Para que resulte pacificadora una revisión de los crímenes perpetrados en los años setenta es fundamental que la emprendan personas que no sean consideradas partidarias ni de la guerrilla ni del régimen militar, pero por sus palabras y gestos Kirchner se las ha arreglado para definirse a sí mismo como un representante comprometido de una“generación” cuyo aporte al baño de sangre no puede pasarse por alto, uno que, para más señas, apenas ha disimulado su admiración por un dictador, Fidel Castro, cuya trayectoria en esta materia es mucho peor que las de Jorge Rafael Videla y Emilio Massera. He aquí una razón por la que esta iniciativa de Kirchner parece destinada a ser contraproducente. Lejos de obligar a aquellos militares y sus amigos que siguen insistiendo en reivindicar la represión brutal como la única forma posible de reaccionar frente al terrorismo en gran escala, esta ofensiva oficial alentará a los que aún creen que sólo los simpatizantes declarados o tácitos de los Montoneros, del ERP y de otras bandas supuestamente “revolucionarias” que pululaban aquí hace treinta años podrían protestar contra la violación sistemática de los derechos humanos. Para los interesados en que en adelante éstos sean respetados por todos, la prioridad ha de consistir en despolitizarlos, eliminando de una vez y para todas la convicción aún muy difundida de que violarlos es privativo ya de “la derecha”, ya de “la izquierda”. Antes de que Kirchner optara por hacer de la revisión del pasado uno de los ejes de su gestión, el grueso de la ciudadanía parecía haber entendido el principio básico de que los derechos humanos trascienden las ideologías. Es de temer que a causa de la campaña iniciada por Kirchner muchos ya estén comenzando a olvidarlo.
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