De la Sota se planta

Por Redacción

Fue de prever que sería negativa la reacción inicial de los demás gobernadores provinciales frente a la propuesta del cordobés Juan Manuel de la Sota de pedirle a la Nación que le devuelva el dinero supuesto por el pacto fiscal de “coparticipación”, pero de agravarse mucho la situación en sus respectivas jurisdicciones, algunos se sentirán tentados a cambiar de opinión. Como a esta altura todos los políticos profesionales del país entienden muy bien, el poder de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner depende en parte del manejo impúdicamente politizado de los fondos de origen provincial que está en condiciones de manipular. Para recibir lo que, en principio, ya debería ser suyo, los mandatarios del interior tienen forzosamente que someterse sin chistar a la voluntad a veces caprichosa de la jefa máxima, a sabiendas de que cualquier manifestación de independencia podría costarles los recursos que necesitan para pagar los salarios y aguinaldos de una multitud de empleados públicos que, para más señas, a menudo son afiliados de sindicatos dominados por militantes kirchneristas. Si no quieren compartir el destino del líder porteño Mauricio Macri o el bonaerense Daniel Scioli, pues, los gobernadores creen no tener otra alternativa que la de llamar la atención de la presidenta a su presunta lealtad fervorosa hacia su persona, lo que suelen hacer hablando maravillas del “modelo” y ensalzando las capacidades administrativas de los responsables de pilotearlo, obligación ésta que muchos cumplen con sinceridad aparente. Harto del hostigamiento constante tanto de la Casa Rosada como de los operadores kirchneristas locales, De la Sota ha optado por rebelarse contra un sistema según el cual los gobernadores provinciales se ven constreñidos a mendigar fondos que, si la Argentina fuera un país auténticamente federal, conseguirían de forma automática. Con la esperanza de congraciarse con la presidenta, otros gobernadores se han puesto a defender el pacto fiscal de 1992, pero en el caso de que se profundice la recesión que, según muchos economistas, ya ha comenzado, los más perjudicados por el esquema vigente no podrán sino cerrar filas con el cordobés. Por motivos comprensibles, a ninguno le gusta demasiado la idea de que les corresponda a los mandatarios del interior hacerse cargo del “trabajo sucio” del ajuste que está en marcha, dejando que Cristina atribuya el estado por lo común desastroso de las finanzas provinciales a las deficiencias hipotéticas de gestión de quienes juran ser sus partidarios. Mientras hubo dinero suficiente en la caja como para permitirle a Cristina premiar a los gobernadores debidamente obsecuentes, el mecanismo que instaló su marido funcionaba muy bien, pero parecería que desde hace algunos meses ni siquiera la presidenta cuenta con recursos adecuados. Sin embargo, a menos que logre rellenar la caja en los meses próximos, aun cuando sólo sea a través del expediente tradicional, y a la larga sumamente peligroso, de la emisión monetaria, todos los gobernadores tendrán que optar entre sus propios intereses y los de un “proyecto” personal en que su propio papel es el de un subalterno sumiso, cuando no de un chivo expiatorio responsable de todas las penurias habidas y por haber. De la Sota, es evidente, apuesta a que no resulte sostenible por mucho tiempo más la postura de aquellos homólogos que, a pesar de entender muy bien que en cualquier momento ellos mismos podrían verse incluidos en la lista negra de “enemigos” del kirchnerismo, siguen anteponiendo su “lealtad” para con Cristina a su presunto compromiso con los habitantes del distrito que están procurando gobernar. Con todo, el que el cordobés haya sido el primer mandatario peronista en rebelarse explícitamente contra la omnipotencia unitaria del gobierno nacional, ya que Scioli se ha limitado a desafiarlo de manera solapada, ha brindado a otros gobernadores un pretexto adicional para oponérsele, puesto que desde su punto de vista no sólo está intentando asestar un golpe a favor del federalismo y en contra de la humillante estrategia kirchnerista, sino también erigirse en el líder natural de una liga de gobernadores capaz de ofrecerle al país una alternativa por si el “proyecto” de Cristina termina hundiéndose de resultas de la ineptitud económica del gobierno que encabeza.


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