¿De qué hablamos cuando hablamos del dólar?

Redacción

Por Redacción

COLUMNISTAS

Hay pleno acuerdo entre los economistas sobre que las bases de la actual gestión de la macroeconomía son insostenibles: no se puede seguir con una inflación que está entre las más altas del mundo y tampoco con un déficit fiscal del orden del 4 ó 5% del PBI financiado, en buena medida, con emisión monetaria. No pueden seguir existiendo restricciones a la importación que limitan las posibilidades de abastecimiento de la economía y tampoco un dólar racionado, que impide esas mismas importaciones y el giro de divisas al exterior (y, por lo tanto, las inversiones externas). Mucho menos es sostenible un doble o triple mercado de cambios, donde el oficial se transa a menos de 9 pesos, el blue a más de 12 y el contado con liqui a algo menos que el blue. Este “modelo” está reduciendo las exportaciones y las importaciones, aumentando el turismo emisivo y disminuyendo el receptivo, aminorando el ingreso de inversiones externas y -en definitiva- limitando el crecimiento del empleo y del salario de los argentinos.

Donde los economistas tienen dudas es en la forma de desarmar este entramado, por las consecuencias en la población de cada paso que se dé.

Lo más sencillo es eliminar el segmento del dólar ahorro y el dólar turista. En la situación actual el Banco Central está pagando con sus reservas un subsidio ridículo a un pequeño porcentaje de la población que puede comprar a precio oficial dólares para venderlos en el paralelo. La informalidad del blue obliga a los turistas del exterior a traer divisas en billetes y canjearlas por grandes fajos de papeles sin valor en los cambistas paralelos que pululan en las ciudades. Se alienta un mercado clandestino que es paraíso del narcotráfico y otros ilícitos. Por el otro lado, igual que en el dólar ahorro, se subsidia el turismo emisivo con el dólar tarjeta, cuyo impuesto es devuelto prolijamente por la AFIP. Hay consenso acerca de que se puede terminar con este entramado en el primer día del próximo gobierno formalizando el mercado “paralelo” y convirtiéndolo en formal, en blanco, que funcione en bancos y casas de cambio. Hay experiencia en el país de este tipo de mercado “financiero” que puede funcionar un tiempo mientras se avanza en el resto de los componentes de la oferta y demanda de dólares.

El resto de esos componentes son las importaciones, las exportaciones, los giros de dividendos, los ingresos y egresos por deudas públicas y privadas y otros movimientos financieros.

Todos coinciden en que un mercado “financiero” como el mencionado, diferenciado del resto de las operaciones que seguirían en el “cepo”, es insostenible. Pero hay un debate sobre la secuencia en que se eliminarían esas restricciones con el resto de la política macroeconómica del futuro gobierno.

Si, por ejemplo, se eliminan de un plumazo todas las restricciones, la demanda de dólares para el pago de la deuda acumulada por esta gestión en dividendos e importaciones puede generar un aumento del dólar con impacto en todos los precios de la economía.

Si, por ejemplo, el Estado sigue emitiendo pesos para financiar un déficit insostenible, esos pesos generarían una demanda de dólares “ahorro” adicionales. Para reducir ese déficit es inevitable bajar sustancialmente los subsidios a los servicios públicos a los sectores con ingresos suficientes para pagar tarifas razonables. Pero no es fácil garantizar la selectividad en una sociedad como la nuestra, de fuertes desequilibrios sociales.

Muchas dudas se resolverían si se consiguieran créditos del exterior a tasas razonables que permitieran estabilizar el tipo de cambio. Pero no es tan claro que -frente al conflicto con los holdouts- sea fácil alcanzar en lo inmediato esas tasas razonables.

Por fin, la Argentina productiva no es viable con un dólar para las exportaciones e importaciones que está más atrasado que el uno a uno de la convertibilidad, en particular cuando todos los países devaluaron contra el dólar y compiten con nuestra economía en el mercado mundial. Y es complejo establecer cuánto de una inevitable devaluación sería “comido” por la inflación y cuánto permitiría que nuestra actividad productiva asegurara su proyección internacional.

La cadena de efectos de todos estos dilemas llega a nuevas consecuencias y a “tecnicismos” que requieren estudios sistemáticos. Muchos de esos estudios se están haciendo. Pero todos chocan con la realidad política y social que se impone sobre la racionalidad de los números macroeconómicos. Y en ello se va a jugar la empatía que la nueva dirigencia pueda establecer con la población y la paciencia y sabiduría de esa misma población para enfrentar tiempos turbulentos.

Dos cosas son seguras: la primera es que el error va a ser inevitable; la futura gestión va a estar operando al mismo tiempo que fabrica el bisturí. La segunda es más edificante: una vez reequilibrada la macroeconomía, la Argentina va a liberar su energía creadora y va a crecer con sustentabilidad y se podrán discutir los problemas más serios: los del desarrollo, el trabajo y la inclusión para todos los argentinos.

LUIS RAPPOPORT

Economista. Miembro del Club Político Argentino

LUIS RAPPOPORT


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