Debilidad estructural

Redacción

Por Redacción

Aun cuando el presidente Néstor Kirchner consiguiera dotarse de una base de poder mucho más fuerte que la “construida” hasta ahora, se trataría de un logro meramente personal, porque tal y como están las cosas ni a él ni a ningún otro político le será dado contar con el apoyo institucional necesario para hacer frente a la crisis económica que ya nos ha reducido a la pobreza y que amenaza con perpetuarse. Lo que es peor, pocos son conscientes de esta realidad. Como ha señalado Ricardo López Murphy, las elecciones de este año han subrayado la falta de una “visión crítica” al limitarse los votantes de casi todos los distritos a confirmar los liderazgos populistas tradicionales, como si éstos no hubieran tenido responsabilidad alguna por las calamidades que han llovido sobre el país. Según parece, la ciudadanía ya olvidó que hace apenas un año muchos querían que se fueran todos. Dicha aspiración fue absurda, pero debió haber presagiado una renovación un tanto más drástica que la que efectivamente se produjo. Si bien los políticos que militan en los movimientos tradicionales tienen motivos para sentirse agradecidos por la voluntad popular de perdonarlos, la aprobación así manifestada no puede tomarse por evidencia de que el sistema político disfruta de buena salud. Por el contrario, no es sano en absoluto que después de haber experimentado una caída abrupta del nivel de vida, el país haya elegido conformarse con el orden político cuya incapacidad para manejar la economía tuvo consecuencias tan nefastas.

Con todo, aunque no cabe duda de que la imposibilidad aparente de formar gobiernos que sean capaces de llevar a cabo cambios profundos está en la raíz de un fracaso económico comparable con el experimentado por los países ex comunistas, no es del todo fácil encontrar la forma de remediar el déficit político. No lo es porque sería poco razonable esperar que la mayoría decidiera respaldar a través del voto a dirigentes dispuestos a comprometerse a tomar medidas que serían resistidas por sectores combativos. Puede que muchos comprendan la necesidad de que el gobierno sea “fuerte”, pero los más prefieren que lo sea en defensa del statu quo aun cuando éste sea tan poco satisfactorio como el imperante en la Argentina actual, pasando por alto el hecho patente de que la característica principal de un gobierno auténticamente fuerte será la voluntad de soportar cierta pérdida de popularidad.   

Sería inútil atribuir la debilidad de las instituciones gubernamentales a una persona determinada como Carlos Menem, Eduardo Duhalde, Fernando de la Rúa o Raúl Alfonsín. Es consecuencia de la incoherencia ideológica y la falta de disciplina resultante de todos los movimientos políticos principales que, por ser tan amorfos, suelen aglutinarse en torno del “carismático” de turno que por lo común representa el sentir de una mayoría coyuntural. Huelga decir que un país en el que es habitual que los gobernantes se dejen guiar por las encuestas de opinión, sean éstas serias o meramente fantasiosas, más recientes no podrá aplicar una estrategia a largo plazo que le permitiría superar el atraso. Sin embargo, sucede que aun cuando un presidente se muestre dispuesto a impulsar una medida claramente necesaria pero por desgracia desagradable los legisladores, por lo general miembros de partidos fragmentados, tratarán de frustrarlo por no sentirse comprometidos con nadie. En el pasado, la resistencia al parecer congénita de los integrantes de la clase política a actuar como sus homólogos de otras latitudes conducía a su sustitución temporaria por militares que en teoría serían muy pero muy“fuertes”, pero el país finalmente aprendió que a pesar de ser violentos su supuesta fortaleza era una ilusión y que de todos modos compartían la misma cultura política y económica que sus compatriotas civiles. Sin embargo, aunque la ilusión militar fue consignada a la historia hace más de veinte años, son muchos los políticos, entre ellos Kirchner, que parecen convencidos de que ha conservado su vigencia la vieja división de trabajo según la cual era el deber de los militares llevar a cabo las reformas estructurales que ya se habían concretado en los países más desarrollados y aquel de los civiles protestar con virulencia contra tamaña barbaridad.   


Aun cuando el presidente Néstor Kirchner consiguiera dotarse de una base de poder mucho más fuerte que la “construida” hasta ahora, se trataría de un logro meramente personal, porque tal y como están las cosas ni a él ni a ningún otro político le será dado contar con el apoyo institucional necesario para hacer frente a la crisis económica que ya nos ha reducido a la pobreza y que amenaza con perpetuarse. Lo que es peor, pocos son conscientes de esta realidad. Como ha señalado Ricardo López Murphy, las elecciones de este año han subrayado la falta de una “visión crítica” al limitarse los votantes de casi todos los distritos a confirmar los liderazgos populistas tradicionales, como si éstos no hubieran tenido responsabilidad alguna por las calamidades que han llovido sobre el país. Según parece, la ciudadanía ya olvidó que hace apenas un año muchos querían que se fueran todos. Dicha aspiración fue absurda, pero debió haber presagiado una renovación un tanto más drástica que la que efectivamente se produjo. Si bien los políticos que militan en los movimientos tradicionales tienen motivos para sentirse agradecidos por la voluntad popular de perdonarlos, la aprobación así manifestada no puede tomarse por evidencia de que el sistema político disfruta de buena salud. Por el contrario, no es sano en absoluto que después de haber experimentado una caída abrupta del nivel de vida, el país haya elegido conformarse con el orden político cuya incapacidad para manejar la economía tuvo consecuencias tan nefastas.

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