Democracia
Estados Unidos fue el primer país del mundo en implantar un sistema democrático moderno. Desde su fundación, nunca ha habido una interrupción del período presidencial de cuatro años y, si bien hubo cuatro asesinatos de presidentes –Lincoln (1865), Garfield (1891), Mac Kinley (1901), Kennedy (1963)–, el proceso constitucional no se interrumpió, porque asumieron el mando sus respectivos vicepresidentes. Perfecto. Ahora bien: ¿qué es, realmente, el sistema democrático? Se trata, fundamentalmente, de que el país no es gobernado arbitrariamente por una casta de privilegiados hereditarios, encabezados por un monarca hereditario, sino por un jefe elegido por la gente por un tiempo determinado, más un grupo de otras personas, elegidas también por la gente, dividido en dos que se deberían controlar mutuamente, cuya función conjunta es fijar las normas por las que ha de regirse la sociedad. Una de esas normas es de qué manera ha de financiarse la sociedad, fijando impuestos y gastos del Estado. Y un grupo de personas con formación jurídica, que teóricamente deben cuidar que los anteriores no sobrepasen líneas establecidas en una ley fundamental y que el primero cumpla con los mandatos del segundo grupo. Se supone que todos estos personajes son sabios y actúan, rodeados por asesores especialistas en los múltiples temas que debe regular una sociedad moderna, en bien del conjunto, al que defienden de crímenes, abusos y peligros varios. Se garantizan los derechos individuales pero no los sociales. En todo caso, EE. UU. ha sido uno de los países del mundo en los que ha existido la mayor libertad de palabra y de prensa, mientras no sea amenazado el sistema. El cual se basó en la esclavitud primero, en el capitalismo industrial después y en el capitalismo financiero, en manos de lo que el presidente Eisenhower (un militar) llamó el “complejo industrial-militar”. En los últimos tiempos, este complejo es financiero-militar, y el Estado gasta medio billón de dólares en armas cada vez más sofisticadas. Y como se sienten dueños de esparcir su doctrina (o sus intereses) por el mundo entero –ya que, según muchos estadounidenses, están directamente inspirados por Dios–, esas armas son unos de sus principales productos, de exportación y también de empleo… Los temas económicos están concentrados en otra parte, fuera del alcance del gobierno del pueblo. En la gran democracia estadounidense, como en la Unión Europea, los temas financieros y económicos son sujetos a una institución que es designada de entre un grupo cerrado de financistas que están fuera del alcance del poder democrático. Los temas de seguridad también están fuera del alcance del pueblo, una vez que el Congreso ha decidido que parte del presupuesto se dedicará a tales temas y, en teoría, por qué. El poder del presidente de los Estados Unidos, de todos modos, es muy relativo. “Puesto irrelevante” –no del todo– pero ciertamente no es el centro del poder. Para agrupar las opiniones acerca de la orientación que, según el deseo popular, deberá tener el gobierno, se contempla la formación de los partidos políticos que representen esas orientaciones. El ideal occidental parece ser el bipartidismo: dos opiniones diferentes, que dan al votante sólo una opción a elegir entre dos alternativas que, en el fondo, no lo son: sólo estilos diferentes. En el sistema estadounidense es prácticamente imposible que alguien que no sea demócrata ni republicano gane alguna elección siquiera a diputado. Casi nadie sabe que se suele presentar una docena de candidatos, casi todos los cuales carecen de toda chance: no hay representación real de la distribución de opiniones, sino que el ganador toma todo: esto, naturalmente, limita la democracia, lo que queda reforzado por el sistema de votación indirecta, donde tampoco se elige una representación proporcional de los electores del presidente, sino que el que gana, gana todo el Estado. Desde ya que este sistema indirecto –que también rigió en nuestro país, ya que la Constitución argentina es una copia muy parecida a la estadounidense– no es muy democrático, ya que un candidato puede obtener más votos y menos electores, según las regiones donde obtiene esos votos. Eso significa que no es cierto que el valor de un voto en Kansas valga lo mismo que uno en Nueva York, y el sistema se presta a fraudes casi evidentes como el que permitió ganar a Bush en el 2000, mediante una manipulación de los votos del Estado de Florida. Tampoco es cierto que cualquier ciudadano pueda aspirar a cualquier puesto, ya que las campañas electorales son costosísimas y prácticamente sólo un multimillonario puede alcanzar un cargo electivo importante. O uno que tenga el apoyo de los multimillonarios. La actual campaña presidencial está costando miles de millones de dólares, en épocas de crisis. Los candidatos hacen cenas para recaudar fondos donde un cubierto cuesta 50.000 dólares, así que queda claro quién financia las campañas y también queda claro cuáles puertas nunca han de abrirse para el pueblo llano. Esto, en otros tiempos, se llamaba “plutocracia”. Las elecciones se definen cada vez más por razones triviales más que por ideas, como el aspecto de triunfador o de cansancio que presente un candidato, ya que todos suponen que demócratas y republicanos son muy parecidos. Pero no es así: la derecha republicana es claramente fascista y racista, mientras que, aquí, la izquierda demócrata sería considerada de centroderecha… pero a la hora del voto las apariencias importan más que el fondo. Por eso gastan tanta plata en relaciones públicas. Esto tiene una consecuencia aún más grave que la trivialización del proceso electoral. En la actual campaña, por ejemplo, temas como el cambio climático y otros científicos no son ni siquiera mencionados. Y la educación científica de la población estadounidense es deplorable: más de un tercio de los habitantes –entre ellos muchos legisladores– no creen en la evolución de las especies, ni en otros conocimientos científicos presuntamente contrarios a la Biblia. Que el país más poderoso del planeta muestre esta tendencia anticientífica es altamente peligroso para el mundo entero. Las injusticias sociales manifiestas en el sistema estadounidense son bastante estridentes: los ricos pagan tasas de impuestos más bajas que los trabajadores y, como el sistema se basa en un desprecio total hacia la solidaridad social –se alimentan el individualismo y la doctrina de que el egoísmo de todos hará el bienestar general–, los pobres se pueden morir en la calle sin que nadie los socorra. Otro de los ingredientes de la sociedad estadounidense es la violencia: el país ha crecido gracias a las conquistas contra los indios, primero; contra los mexicanos, después, y considera que es su derecho velar por su sistema de vida en todo el mundo. Especialmente por sus intereses económicos. Todo el sistema sufrió fuertes remezones por miedo. Uno de ellos fue el macartismo, en los años 1950, en que la vida política estaba gobernada por el temor al comunismo y el derecho de expresión fue severamente limitado. Otro es el que ocurre ante nuestros ojos, a partir de los atentados terroristas del 2001. Se emitió una ley llamada Patriot Act, (Provide Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism), que limita severamente los derechos de expresión y los derechos a un juicio por un delito comprobado y con una defensa adecuada, y ha conducido a aberraciones jurídicas y humanitarias como la reinstauración casi oficial de la tortura como medio para obtener información y la detención indefinida sin acusaciones ni juicio, arquetipos de lo cual son Guantánamo y Abu Graib. Esto, unido a una definición muy laxa de “terrorismo”, tiende a una forma de destrucción de la democracia misma. También puede haber un tipo de fascismo sin un líder carismático, basta con destruir los derechos ciudadanos o lavarles los cerebros. Y meterse en los asuntos internos de otros países. Todo para luchar, ya no contra el comunismo, sino contra el terrorismo o, si no, contra gobiernos poco convenientes a su sistema. ¡Dios salve a América! (*) Físico y químico
TOMÁS BUCH (*)