Democracia en serio
HÉCTOR CIAPUSCIO (*)
Uno de los temas más interesantes de la televisión en este mes ha sido el primer debate entre el candidato presidencial demócrata y el republicano en Estados Unidos, algo que se pudo ver por la CNN y reavivó nuestra inquietud por las carencias de la política en nuestro país. Es clara, por ejemplo, la conveniencia de que esos debates preelectorales se transformen aquí también en una obligación de los candidatos con la sociedad, mucho más porque entre nosotros el voto es obligatorio y no optativo como en Estados Unidos. Creemos que esto sería un progreso en los ritos democráticos, pero dudamos de que lo podamos alcanzar en futuro previsible teniendo la confusión de partidos y de políticos que tenemos. Falta, además de esto y de la inexistencia de obligación en la ley electoral, una tradición de encuentros estructurados para discusión cara a cara entre candidatos que compiten por un mandato presidencial. Hay otros limitantes, algunos que tienen que ver con experiencias vivas y un nivel cultural deficiente. Hubo en 1989, se recordará, un debate programado con bombos y platillos por Bernardo Neustadt que resultó frustrado porque estuvo frente a la cámara un candidato pero no apareció el otro. La televisión mostró durante minutos eternos a un parturiento Eduardo Angeloz sentado como deudo en un velorio al lado de una silla vacía, la asignada a Carlos Menem. El pícaro riojano (a quien Marcelo Sánchez Sorondo, cuando le pidieron opinión sobre él lo definió: “Un gato”) tenía segura su elección, de manera que para qué arriesgarse. Quien una vez dijo haber leído a Sócrates y citado en televisión “la espada de Penélope” refiriéndose a la de Damocles, prefirió no arriesgarse a nuevos furcios. Seguro que recordaba también el desastre del cajón “UCR” quemado públicamente por su compañero peronista Herminio Iglesias (el de “conmigo o sinmigo”) en octubre de 1983. O quizá temió que le ocurriera lo que le había pasado, en un nivel distinto, a su paisano Vicente Saadi cuando anduvo perdido en “las nubes de Úbeda” debatiendo con Dante Caputo sobre el Beagle. Éstas son viejas anécdotas, pero si nos ubicamos en la Argentina de aquí y ahora, tampoco parece posible imaginar a nuestra presidenta confrontando, para ser reelecta, a un candidato opositor (aunque muchos puedan regodearse pensando en un hipotético debate sobre materias de ética, constituciones y leyes entre ella y la doctora Carrió). El 3 de octubre tuvo lugar el primer round entre los candidatos presidenciales estadounidenses Barack Obama y Mitt Romney. Pudimos apreciar, a través de palabras y gestos, dos personalidades distintas. Anotando diferencias de actitudes y convicción dialéctica, la prensa de su país y en general la del mundo, dictaminó un resultado muy favorable al republicano y una mala actuación del actual presidente. Los diarios prodigaron titulares alusivos. Al día siguiente publicó “La Nación”: “Un Romney a la ofensiva sorprendió a Obama. El exgobernador republicano se mostró más enérgico”. En España tituló “El País”: “Obama devuelve la vida a Romney. Aprovecha la apatía del presidente para derribarle en el debate”. En Italia, Sergio Romano, director del “Corriere della Sera”, escribió: “A juzgar por los sondajes, oráculos de la sociedad moderna, Mitt Romney ha sido mucho más convincente que Barack Obama quien, sin embargo, es un extraordinario orador”. Y el propio editorial de “Río Negro” del domingo 7 tituló su comentario del debate “Gol de Romney” calificando el suyo como “un triunfo muy amplio”. En “The New Yorker”, publicación favorita de intelectuales norteamericanos, una extensa nota comentó el acontecimiento a través de opiniones de antiguos amigos de Obama, deseosos de explicar su actitud a través de su trayectoria académica y su modo de ser. Resaltaron que ya como estudiante en la Harvard Law School prefería razonar antes que debatir. Ésta no era su vocación. Laurence H. Tribe, un constitucionalista líder y mentor de Obama en Harvard, expresó: “A pesar de que yo me hubiera sentido más feliz con una actuación más agresiva del presidente, me he recordado a mí mismo que los instintos y talentos de Barack Obama no han incluido nunca írsele a la yugular a su oponente. Esto es justamente un hombre de persuasión, lo que él es y ha sido”. Christopher Edley, decano de la Facultad de Derecho de Berkeley, manifestó que, con la experiencia de haber asesorado para debates a otros candidatos presidenciales como Dukakis, Gore y Dean, opinaba que lo que le ocurrió al presidente fue que pensó más en la sustancia que en la táctica, que fue intelectualmente auténtico y algo inocente con el intercambio. Will Burns opinó: “Barack ha sido siempre alguien que toma seriamente la verdad y tiene una gran fe en el pueblo americano y su habilidad para manejar grandes ideas. Él no quiere patronizarlo. Usa la campaña como un proceso educativo. Desea ganar pero también ser claro en cuanto a las ideas que expone”. Y John Owen, finalmente, dijo que vio a Obama como no queriendo discutir afirmaciones sesgadas o falsas de Romney. No lo miraba casi. Hubiera quedado mejor levantando el rostro y clavando la mirada en sus ojos. Señaló: “El trabajo de ser presidente –pudo leérsele en la cara–, el nivel de seriedad teniendo que hacer lo que hace, no es bueno para debatir. ¡Su cabello se ha hecho tan gris en tan poco tiempo! El mío también, pero a él de la noche a la mañana; se podía sentir realmente el estrés sobre su espalda”. Faltan todavía dos debates entre los candidatos. Serán galas de una democracia en serio, la ganadora mayor en última instancia. (*) Doctor en Filosofía
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