La columna del Mono Navarro Montoya: el legado de la Selección y por qué la derrota en la final no empaña la era dorada de Messi y Scaloni
Se cerró un ciclo histórico para la Selección Argentina, que volvió a competir hasta el último minuto pese a las lesiones y las dificultades. El liderazgo de Lionel Messi, la obra de Lionel Scaloni y el vínculo único con los hinchas consolidan un legado que trasciende cualquier resultado.
La era de Lionel Messi en Copas del Mundo ha llegado a su fin.
La derrota suele ser un territorio incómodo para el fútbol argentino. Durante décadas, perder una final equivalía a una sentencia, a una búsqueda desesperada de culpables. Esta vez ocurrió algo diferente. La caída dejó dolor, pero también una sensación mucho más profunda como la certeza de haber sido testigos de una de las etapas más extraordinarias en la historia de la Selección.
El final del recorrido terminó sin la Copa del Mundo en las manos, pero con un capital simbólico que trasciende cualquier resultado. Argentina llegó al último partido con un plantel golpeado físicamente, que influyó significativamente en la parte futbolística.
Lesiones, jugadores al límite desde el comienzo del torneo y un funcionamiento que nunca alcanzó el brillo de otras épocas, obligaron al equipo a reinventarse partido tras partido. Salvo contadas excepciones, la Selección ganó desde el carácter antes que desde el juego, desde la resiliencia antes que desde la estética.

La final fue el reflejo de ese Mundial. Enfrente hubo un rival superior en el manejo de la pelota, con una identidad consolidada y una estructura colectiva aceitada durante años. Sin embargo, Argentina encontró la manera de mantenerse en pie, de extender la definición hasta donde las fuerzas se lo permitieron. Fue la consecuencia de un grupo que convirtió el sacrificio en una marca registrada.
Allí aparece uno de los grandes legados del ciclo de Lionel Scaloni. Más allá de los títulos, un Mundial, dos Copas América y una Finalissima, el entrenador logró construir una cultura. El mensaje siempre fue que nadie está por encima del equipo, ni siquiera Lionel Messi. El mejor futbolista de todos los tiempos aceptó ese liderazgo colectivo y terminó potenciándolo. Esa fue, quizás, la mayor enseñanza de una generación que volvió a reconciliar al seleccionado con la gente.

Esta Selección no solo ganó títulos, recuperó además un vínculo emocional que parecía perdido. La imagen de los hinchas argentinos presentes en el estadio alentando a su Selección mientras el rival levantaba la Copa del Mundo, resume mejor que cualquier discurso lo que representa este equipo. En lugar del reproche apareció el reconocimiento, en lugar del enojo, el agradecimiento. Fue un gesto inédito que habla tanto de los futbolistas como de una sociedad que sintió que esos jugadores la representaban.
También fue el Mundial de las despedidas. Aunque todavía no exista un anuncio definitivo, todo indica que el tiempo de Messi con la camiseta argentina entra en su recta final. Durante dos décadas su nombre fue sinónimo de Selección. Fue campeón del mundo, disputó tres finales mundialistas y construyó una carrera imposible de resumir en estadísticas. Pero su legado va mucho más allá porque el capitán argentino estableció una manera de competir, de liderar y de entender el éxito desde la humildad.

En ese escenario de transición también asoma el futuro. Figuras como el Dibu Martínez representan la continuidad de un equipo que todavía tiene bases sólidas. Su actuación volvió a confirmar que sigue siendo de los mejores arqueros del planeta y uno de los pilares sobre los cuales deberá edificarse la próxima etapa.
Queda una incógnita inevitable: la continuidad de Scaloni. Después de un proceso que cambió para siempre la historia reciente del fútbol argentino, cualquier decisión estará atravesada por la emoción y el desgaste de haberlo alcanzado casi todo. Si sigue, tendrá el enorme desafío de renovar una generación irrepetible. Si decide dar un paso al costado, dejará una herencia mucho más importante que los títulos.

Los ciclos verdaderamente grandes no se miden únicamente por las vueltas olímpicas, se recuerdan por las emociones que provocan, por la identidad que construyen y por la forma en que logran representar a un país. En ese sentido, la era de Scaloni y Messi ya ocupa un lugar reservado entre las páginas más luminosas del deporte argentino.

La derrota suele ser un territorio incómodo para el fútbol argentino. Durante décadas, perder una final equivalía a una sentencia, a una búsqueda desesperada de culpables. Esta vez ocurrió algo diferente. La caída dejó dolor, pero también una sensación mucho más profunda como la certeza de haber sido testigos de una de las etapas más extraordinarias en la historia de la Selección.
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