Desarrollo y mercado 07-01-04

Por Aleardo Fernando Laría

Por Redacción

En 1993 Japón propició y financió una investigación del Banco Mundial sobre los resultados de las economías del sudeste asiático. El gobierno japonés entendía que la experiencia de su país, que había servido como modelo para el resto de Asia, merecía ser reconsiderada frente a las posiciones tradicionales del Banco que ponían excesivo énfasis en la desregulación y la privatización. El informe se hizo público con un sugestivo título: «El milagro de Asia oriental».

En este estudio el Banco Mundial reconoce por primera vez que en la mayor parte de esas economías, de una u otra forma, el gobierno intervino -de forma sistemática y a través de varias vías- para fomentar el desarrollo y, en algunos casos, para potenciar el crecimiento de industrias específicas. Según el Banco, esas intervenciones gubernamentales desembocaron en un crecimiento más elevado y más igualitario que el que se habría registrado de otro modo.

Al distanciarse de anteriores posiciones neoliberales, y reconocer la importancia de la intervención del Estado, el Banco Mundial habría propiciado una suerte de convergencia entre posiciones anteriormente enfrentadas. No se trataba de fomentar nuevamente la estatización de la economía, sino de reconocer los saludables efectos de una colaboración pragmática entre Estado y mercado, es decir de un intervencionismo promotor del mercado. La cuestión no era suprimirlo o sustituirlo, sino complementarlo (en lo que no podía hacer) u orientarlo (en lo podía hacer mal).

Según el estudio del Banco Mundial, los países del sudeste asiático habrían conseguido la estabilidad macroeconómica al controlar el tamaño de los déficit públicos, evitando así una inflación excesiva y manteniendo la deuda en niveles manejables. Recurrieron a la infravaloración de la moneda local para favorecer las exportaciones y mantuvieron unos tipos reales de interés bajos y estables.

El Estado realizó importantes inversiones en infraestructura física y favoreció el desarrollo de la educación, en especial las carreras técnicas. Se creó un marco competitivo favorable a las empresas privadas con una estructura institucional y legal que alentaba la inversión y se consiguió una estrecha colaboración entre el gobierno y las empresas.

Sin embargo, algunos especialistas opinan que la intervención estatal fue más allá de lo que reconoce el Banco. Hubo una actuación deliberada para alterar algunos precios relativos: se mantuvieron los salarios bajos, el tipo de cambio alto favorable a las exportaciones y los tipos de interés se manejaron de modo que determinados sectores industriales disfrutaran de créditos preferentes. También se concedieron subsidios estatales a las empresas privadas, pero condicionados al cumplimiento de determinados objetivos, de manera que sólo los obtenían las empresas que habían cumplido los objetivos de exportación acordados.

En lo que podría entenderse como una adaptación del modelo asiático de desarrollo, el Ministerio de Economía de Argentina ha puesto en marcha un plan de mediano plazo que incluye la creación de los denominados «foros de competitividad industrial» para fomentar el desarrollo de algunos sectores. Los elegidos son la madera y el mueble, la tecnología del gas como combustible de los vehículos, el software y los servicios informáticos, la biotecnología, la maquinaria agrícola, las pieles y sus manufacturas, el sector textil y la indumentaria, los materiales para la construcción civil y las industrias de base cultural como el cine, la televisión y los libros. Los foros pretenden facilitar la adopción de estrategias comunes para favorecer las exportaciones y la formación de cadenas de valor agregado.

El ministro Lavagna, prudentemente, ha declarado que ya no es posible repetir la experiencia que los países asiáticos hicieron hace 50 años porque la economía mundial es ahora mucho más compleja y el Estado no puede emplear recursos fiscales en apoyar sectores estratégicos. Pero ha reconocido que, no obstante, el gobierno puede emitir señales. Hay una especialmente relevante que los ciudadanos esperan recibir. La nueva función que el Estado había asumido en el sudeste asiático exigía un aparato estatal poderoso y autónomo de las presiones de los distintos grupos de interés. Esa autonomía relativa del Estado se consiguió con un vigoroso cuerpo de eficaces funcionarios profesionales, alejados de toda mediatización política. Es la enorme diferencia que ha distinguido al Estado de los «dragones» de las oxidadas y perforadas estructuras estatales de América Latina.