Desastre educativo

El cuadro deprimente sobre la educación presentado por el gobierno explica las razones del atraso económico del país.

Redacción

Por Redacción

Conforme a los libros de consulta que son compilados todos los años por las Naciones Unidas y otras entidades internacionales, en la Argentina la tasa de alfabetización entre los adultos es del 96 por ciento, de suerte que la población ya se encuentra entre las mejor instruidas del mundo entero. Se trata de un dato que desde hace décadas es motivo de orgullo y que en ocasiones ha servido para atraer a inversores extranjeros, los cuales, como sabemos, suelen preferir ubicar las sucursales de sus empresas en países donde la mano de obra es de «buena calidad». Sin embargo, el Ministerio de Educación acaba de difundir los resultados de un informe que refleja una realidad bastante distinta de aquella que forma parte del folklore nacional. Según los técnicos del ministerio, el 54 por ciento de quienes en la actualidad tienen entre 20 y 64 años no llegó jamás a pisar el secundario, de los que lo hicieron, sólo una minoría – el 14,1 por ciento de la población – logró completar el ciclo, mientras que, el ingreso irrestricto no obstante, únicamente el 4,0 por ciento de los adultos se ha graduado en una universidad.

Así las cosas, es lícito preguntarnos si las estadísticas relacionadas con el alfabetismo tienen mucho sentido, porque si bien hay personas que aprenden a leer y escribir sin ir a la escuela, se trata de una pequeña minoría cuya experiencia no nos dice nada. Tales excepciones aparte, es de suponer que aproximadamente la mitad de la población, quizás más, es funcionalmente analfabeta, con graves dificultades para descifrar información escrita, desventaja que claramente incidirá no sólo en sus posibilidades laborales sino también en su capacidad para manejarse en un mundo en que la escritura sigue siendo fundamental.

En efecto, el cuadro deprimente esbozado por el Ministerio de Educación ayuda a explicar las razones del atraso económico del país y de la proporción muy grande de la población que vive de la economía «negra», sin pagar impuestos ni aportar nada a los fondos previsionales. Es que la Argentina siempre ha sido dos países distintos: uno, el preferido por los gobernantes, posee un nivel educativo que es satisfactorio y sus habitantes se comportan conforme a los estereotipos oficiales; el otro, en cambio, está poblado por personas que tienen más en común con quienes viven en las zonas pobres del resto de América Latina que con el «argentino típico» de la imaginación oficial. Es por este motivo que el informe ministerial produjo un impacto que es de por sí sorprendente: al fin y al cabo, los hechos siempre han estado disponibles para los interesados en averiguarlos, pero ocurre que durante muchos años tanto los dirigentes políticos como los demás optaban por pasarlos por alto, aferrándose a una versión ficticia de la Argentina que por desgracia nunca ha existido.

Con cierta frecuencia, en los países más ricos se difunden informes con datos alarmantes sobre la cantidad de jóvenes que, al graduarse en colegios secundarios e incluso algunas universidades de normas flexibles, apenas saben leer y escribir. A menudo, tales datos son reproducidos aquí por quienes quisieran brindar la impresión de que a pesar de todo el estado de la educación en la Argentina no es tan malo porque, claro está, aquí el analfabetismo es un fenómeno en vías de extinción. Quienes piensan así se equivocan. Aunque es probablemente utópico creer que todos los miembros de cualquier sociedad puedan alcanzar un nivel que sea tan elevado como pretenden los igualitarios más optimistas, hay una diferencia muy grande entre los que por lo menos han tenido una oportunidad para familiarizarse con la educación y aquellos para los cuales se trata de un ámbito radicalmente ajeno, actitud que legarán a sus hijos. Además, en los países en los que la educación universal es algo más que una expresión de deseos o una consigna política, los jóvenes que tienen la capacidad necesaria para desarrollar su mente podrán hacerlo, mientras que aquí hay centenares de miles, acaso millones, de adultos que estuvieron en condiciones de alcanzar un nivel educativo muy alto pero que por no pasar al secundario se vieron atrapados para siempre en el limbo de los que a lo sumo son semialfabetos.


Conforme a los libros de consulta que son compilados todos los años por las Naciones Unidas y otras entidades internacionales, en la Argentina la tasa de alfabetización entre los adultos es del 96 por ciento, de suerte que la población ya se encuentra entre las mejor instruidas del mundo entero. Se trata de un dato que desde hace décadas es motivo de orgullo y que en ocasiones ha servido para atraer a inversores extranjeros, los cuales, como sabemos, suelen preferir ubicar las sucursales de sus empresas en países donde la mano de obra es de "buena calidad". Sin embargo, el Ministerio de Educación acaba de difundir los resultados de un informe que refleja una realidad bastante distinta de aquella que forma parte del folklore nacional. Según los técnicos del ministerio, el 54 por ciento de quienes en la actualidad tienen entre 20 y 64 años no llegó jamás a pisar el secundario, de los que lo hicieron, sólo una minoría - el 14,1 por ciento de la población - logró completar el ciclo, mientras que, el ingreso irrestricto no obstante, únicamente el 4,0 por ciento de los adultos se ha graduado en una universidad.

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