Desde la ciencia a la literatura

Redacción

Por Redacción

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

El título sugiere el recuerdo de un caso famoso, el de Ernesto Sabato quien, visto como prometedor físico-matemático, ilusión de un Bernardo Houssay que le auspició una beca en el Instituto Curie de Francia y discípulo de grandes como Guido Beck y Enrique Gaviola, renunció en 1943 a la ciencia para volcarse en forma definitiva a la literatura. En “Uno y el Universo”, el primer fruto de su decisión, describió en 1945 sus emociones –en la misma casa de Santos Lugares que hoy, a 102 años de su nacimiento, se busca convertir en museo– con palabras que vale reproducir. “La ciencia ha sido un compañero de viaje, pero se ha quedado atrás. Todavía, cuando nostálgicamente vuelvo la cabeza, puedo ver algunas de las altas torres que divisé en mi adolescencia y me atrajeron con su belleza ajena a los vicios terrenales. Pronto desaparecerán de mi horizonte y sólo quedará el recuerdo. Muchos pensarán que ésta es una traición a la amistad, pero es fidelidad a mi condición humana”. La parábola del creador de “Sobre héroes y tumbas” no es el objeto de esta nota sino sólo una portada para ocuparnos de algo actual. Puede recordársela porque espejea en la memoria con dos casos de científicos argentinos entregados al trabajo literario, aunque a través de hechos incomparables con los del dramático giro intelectual de Sabato. En estos casos no se trata de renuncias al trabajo científico pero sí de experiencias representativas de personas que, aunque prometen futuros literarios, en modo alguno han renunciado a la ciencia. El tema tiene relación también con un fenómeno que llama la atención en el mundo: el de físicos jóvenes que se convierten en escritores importantes. Un ejemplo es el de Paolo Giordano, un físico teórico de Turín (Italia) que, con “La solitudini dei numeri primi” logró el Premio Strega, éxito de best seller y la traducción de su novela a cuarenta idiomas. Otro ejemplo es el de Alan Lightman, profesor de Física en el MIT que con dos novelas, “Sueños de Einstein” y “El Universo y un joven científico”, logró fama de escritor brillante. En los últimos años se han producido cambios interesantes en el catálogo de libros de argentinos, especialmente en lo que se refiere a la novela y el ensayo. Por un lado, autores que provienen de las ciencias; por otro, varios universitarios distinguidos que se ocupan de temas predominantemente intelectuales. Aquí nos referiremos en particular a dos casos que tienen otros rasgos comunes: ambos escritores son egresados de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA y reconocen la influencia de ensayos de Jorge Luis Borges que tienen relación con materias propias de sus especialidades científicas. Uno de esos escritores es el matemático Guillermo Martínez, quien muy temprano alcanzó fama internacional con su “Crímenes imperceptibles” (2003), novela inspirada en “La muerte y la brújula”, un ajedrez de lógicas detectivescas. El trabajo de Martínez obtuvo el Premio Planeta y fue traducido a más de treinta idiomas y llevado al cine en España con el título “Los crímenes de Oxford”. Publicó luego un ensayo titulado “Borges y la matemática”, que muestra la relación estética entre la literatura y la matemática, y dio conferencias sobre asuntos mitológicos, también borgeanos y metafísicos, como el “Golem”, que tiene relación con la robótica. A través de varios trabajos más (por ejemplo, la novela “La muerte lenta de Luciana B”, del 2007, y el ensayo “Godel para todos”, del 2009) este bahiense doctorado en la UBA se ha instalado en el pelotón de vanguardia de nuestra vida literaria. El fenómeno de un novelista tan exitoso que reconoce motivación en una facultad de ciencias puede verse como culturalmente significativo (recordar la vieja cuestión de “La dos culturas”, el problema de la incomunicación entre la humanística y la científica) y resulta de particular orgullo para sus amigos de las “ciencias duras”. El segundo caso es el de Rodrigo Quian Quiroga, quien estudió física en la Universidad de Buenos Aires, se doctoró en matemática aplicada en Alemania, se especializó luego en neurofisiología y es actualmente profesor de Bioingeniería en la Universidad de Leicester, Inglaterra. Es un investigador, más que un escritor, lo que no obsta para que se muestre en el libro como autor de amplia cultura. Ha publicado aquí un único libro, titulado “Borges y la memoria” (Sudamericana 2011), con un prólogo –nada brillante– de María Kodama, quien le facilitó el acceso a la biblioteca del autor de “Ficciones” e hizo de presentante en charlas de Quiroga. Desde el comienzo, éste justifica su interés por la excelencia y el rigor del inspirador. Sobre su propio caso personal dice que no es raro que alguien formado en exactas se interese en un gran escritor compatriota que se expresó tan brillantemente sobre temas científicos. Menos raro es aún que el tema del libro –la memoria en “Funes el memorioso”– tenga tan estrecha relación con su especialidad, el funcionamiento del cerebro. Avisa que no es que crea que Borges se anticipó a las neurociencias ni quiere sobrevalorarlo o juzgarlo más allá de su prosa perfecta y su extraordinaria intuición para reflexionar, con el caso de Funes, sobre “los vastos laberintos de la memoria y las consecuencias de una capacidad de recuerdo ilimitada”. El libro no es una novela, sino un ensayo escrito por un investigador científico que, como tal, trae referencias concretas como la de que las memorias extraordinarias se basan en una fuerte sinestesia, la mezcla de percepciones de distintos sentidos; por ejemplo, el asociar números con colores. Informa sobre famosos de la historia desde Simónides, el griego del siglo V que lo percibió empíricamente e inventó la mnemotecnia con el método de los “lugares”, la fijación mental de un orden de cosas físicas que habilita el recuerdo de una escena compleja o posibilita al orador un largo discurso erudito. Nos cuenta de personajes con memorias prodigiosas, tales como el ruso Shereshevskii y el americano Kim Peck (éste inspiró el personaje de Dustin Hoffman en “Rain Man”, un autista con síndrome de idiot-savant –idiota erudito–). Analiza otros casos que fueron estudiados durante años por psicólogos para llegar a conclusiones científicas como la de la incapacidad para razonamientos generales o abstractos. Son todas confirmaciones de lo que Borges personalizó en Funes, el memorioso de Fray Bentos. Él tuvo la agudeza de comprender la importancia de la abstracción y del olvido. Al final Quiroga arriesga una comparación con un problema de nuestro siglo XXI: el fenómeno de que sufrimos un bombardeo constante de información (e-mails, noticieros, Facebook, etcétera). Este mundo cibernético “en donde ya es inconcebible escribir una carta de puño y letra (…) en donde no hay tiempo para pensar (…) y en donde es más fácil conocer a alguien en un chat que en el mundo real” es el mundo de Funes. Su historia, concluye, tiene una actualidad asombrosa. (*) Doctor en Filosofía


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