Desfase político
El país se parece a una empresa promisoria heredada por una familia cuyos integrantes se creyeron destinados a una vida desvinculada del mundo de los negocios.
Tiene razón el ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, cuando señala que «la crisis» en la cual el país se debate desde hace varios años tiene más que ver con la política que con la economía propiamente dicha. A su modo, el país se parece a una empresa promisoria heredada por una familia cuyos integrantes se creyeron destinados a una vida desvinculada del mundo de los negocios. Aunque es de suponer que la Argentina cuenta con una proporción adecuada de individuos capaces que podrían brindarle el liderazgo político que claramente necesita, en su estado actual las instituciones políticas no ayudan a la ciudadanía a identificarlos primero para después ubicarlos en los puestos apropiados. Esta realidad puede atribuirse en buena medida al sistema «partidocrático» imperante que, por basarse en listas confeccionadas por las cúpulas, suele servir mejor a los jefes que al resto de la población. Además, al premiar a los «leales» -léase, obsecuentes-, a expensas de los independientes que antepondrían los intereses de la comunidad a aquellos de la corporación política, el sistema vigente ha privilegiado a una cantidad notable de oportunistas y mediocridades que, como es natural, están resueltos a defender sus «conquistas» contra cualquier amenaza.
Por desgracia, modificar un orden de características corporatistas como el que se da en nuestro país es muy difícil. Es por eso que se ha producido un desfase notorio entre las actitudes del grueso de los políticos y las exigencias planteadas por los tiempos que corren. Mientras que el gobierno de turno, sea éste de origen peronista, radical o frepasista, tiene forzosamente que operar en un mundo irremediablemente capitalista y liberal, la mayoría de los políticos no disimula su nostalgia ya por épocas pasadas, ya -lo cual es peor- por proyectos vagos que nunca pudieron concretarse por motivos evidentes. Así las cosas, no extraña que el discurso tanto del gobierno como de las distintas fracciones opositoras haya sido tan confuso, ni que los intercambios resultantes sólo hayan servido para desorientar a la gente.
Según Cavallo, si no fuera por la angustia provocada por una crisis política profunda que parece destinada a eternizarse, la economía estaría en condiciones de crecer a un ritmo del siete por ciento anual. De estar en lo cierto los muchos que han llegado a la conclusión de que hoy en día el problema principal del país consiste en la falta de confianza, tal afirmación no puede considerarse exagerada. Sin embargo, para que el gobierno «clarifique sus ideas y las implemente con un equipo coherente», sería preciso cambiar drásticamente la composición de su base política porque, como es notorio, escasean los radicales y frepasistas que sientan entusiasmo genuino por la estrategia netamente capitalista y liberal que De la Rúa quisiera poder impulsar y que, dadas las circunstancias, es la única viable. He aquí el motivo por el cual tantos comentaristas han estado aludiendo a una eventual alianza del presidente actual con su antecesor, Carlos Menem, pero en vista de los vínculos de éste con personajes corruptos, los costos de un arreglo de aquel tipo serían a todas luces excesivos.
Mucho dependerá de la evolución de la opinión pública. Hasta ahora, el desprestigio de un exponente determinado de la «vieja política» sólo ha supuesto el encumbramiento de otro considerado más eficaz o más honesto, según las presuntas prioridades del momento. Con todo, es factible que el espectáculo deprimente que han estado brindando virtualmente todos los representantes del populismo tradicional desate una suerte de rebelión contra un establishment político que a través de los años se las ha ingeniado para anotarse más fracasos que éxitos, posibilitando de este modo el surgimiento de alternativas auténticas al ya agotado duopolio radical-peronista. Es de esperar que esto ocurra porque, de prolongarse mucho más la hegemonía compartida de movimientos en el fondo anticapitalistas que, si bien se han resignado a manejar el país conforme a las pautas actuales, lo hacen a regañadientes, los próximos años se verán signados por un clima cada vez más bochornoso de estancamiento, frustración y desesperanza que no podría presagiar nada bueno.