Desnudo

La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra

Por Redacción

EL DISPARADOR

Atardece frente a un hotel cinco estrellas, cuyas ventanas dan a la playa. De la arena nace una pared adornada con esculturas de estilo griego. Son hombres y mujeres desnudos. Isidoro Reyes las mira y no lo duda: trepa unos metros hasta la ventana más cercana, ayudándose con los miembros de los hombres y las curvas de las mujeres.

Al atravesar la ventana cae en un pasillo alfombrado y desierto. Camina hasta que se encuentra con la puerta de un bar, y se mete. Hay murmullo. Un grupo de amigos charla frente a la barra. Está medio oscuro y, recién entonces, Reyes se da cuenta de que está sin ropa. Su acto reflejo es disimular, tapando sus partes bajas con unas bermudas que inexplicablemente lleva en la mano: “¿¡Por qué no las tengo puestas!?”, se recrimina. Cree que si se las pone ahora todos advertirán su desnudez.

Para no armar un escándalo, que a su vez busca evitar, piensa una estrategia: mirar a la gente a los ojos y sonreír, en un intento por distraer la atención. Se cruza con una pareja, hace la prueba y funciona. Aunque por momentos le divierte, no puede entender que nadie lo note. Se siente en una película de Woody Allen.

Lo invaden sensaciones encontradas. Cierta liviandad, como si flotara. Sigue latente la amenaza, el miedo a ser descubierto. Da una vuelta por el bar y se acerca a la barra, alta y de madera. Duda en pedir un trago: “¿Estará incluido en el precio del hotel, que fue carísimo, o habrá que pagar?”. Está a punto de sacudirse el pudor y consultar al barman, hasta que en medio del gentío foráneo escucha voces familiares. Son argentinos. Se sorprende al distinguir a tres compañeros de colegio que discuten en voz alta: pagaron cinco veces más que él por una habitación y no les dan tragos gratis. Reyes pasa por detrás de ellos, le toca la cabeza a uno y, sin detenerse, le dice con una sonrisa altanera: “¿Cómo andás, che?”.

Vuelve al pasillo y, en busca de su habitación, se cruza con más gente. Se ríe, como un borracho. Parece que una señora lo descubre, está a punto de gritar. Reyes hunde su mirada en ella y se le anticipa, con intención de adoctrinarla: “¿Usted sabía que en la aspiración a una vida cinco estrellas muchos increíblemente se complican con cosas absurdas y pierden de vista la simpleza y los detalles? No debemos quedarnos en las apariencias ni en nuestras miradas cargadas de prejuicios. Desnudemos nuestro interior. Honestidad y transparencia”.

Tras soltar la intrincada frase, se le nubla la vista. Y, de pronto, aparece Woody Allen, que les dice a todos que con el paso del tiempo se dio cuenta de lo difícil que es la vida para la mayoría y de lo sencillo que resulta juzgar y criticar desde afuera de una situación: “Me he vuelto más tolerante de los defectos y errores. Todos los comenten en abundancia. Hay mucho misterio, sufrimiento y complicación. Todos tratan de hacer las cosas lo mejor que pueden. Y no es un asunto tan fácil”. El cineasta desaparece, y el día se aclara. Una mano sacude a Reyes, que abre los ojos y ve a su mujer acostada a su lado, que le pregunta: “¿Y a vos qué te pasa?”.

Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)


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