Dilemas griegos

Redacción

Por Redacción

Hacia fines del 2001, los gobiernos de los países más ricos llegaron a la conclusión de que, por ser la Argentina a su juicio incorregible, lo mejor sería dejarla caer. Aunque muchos europeos quisieran que Grecia se sometiera a una cura igualmente brutal, saben que el default soberano de un integrante de la Unión Europea tendría un impacto mucho mayor que el asestado por la negativa tajante de nuestro gobierno a pagar sus deudas, de ahí la decisión de los líderes de Alemania y Francia de ayudarla a superar sus gravísimos problemas financieros. Sin embargo, lo mismo que Estados Unidos, el Japón y la Unión Europea cuando deliberaban sobre el caso argentino, los deseosos de impedir que Grecia se hunda se ven ante una serie de dilemas que son sumamente espinosos. Temen que si optan por subsidiar a Grecia sin exigirle nada a cambio, los griegos se resistirán a tomar las medidas draconianas consideradas necesarias para poner sus finanzas en orden, pero si las condiciones son muy duras, correrían el riesgo de provocar una reacción nacionalista que los sindicatos del sobredimensionado sector público no vacilarían un momento en aprovechar. La alternativa favorecida por Alemania consiste en que las autoridades de los países de la zona del euro, cuando no los alemanes mismos, se encarguen de manejar la disfuncional economía griega. Se trata de una variante de la propuesta, para muchos descabellada, que a comienzos del 2002 formuló el fallecido economista alemán Rüdiger Dornbusch cuando opinó que la Argentina debía dejar su economía en manos de una junta internacional. La Argentina “solucionó” el problema causado por un intento de seguir viviendo muy por encima de sus medios merced a una devaluación masiva y meses de alta inflación que le permitieron llevar a cabo un ajuste salvaje sin que las víctimas, traumatizadas por la crisis, entendieran muy bien lo que les sucedía, pero Grecia no podría hacer lo mismo sin abandonar antes el euro. Por razones evidentes, sus socios de la zona del euro se oponen a lo que para ellos sería un golpe demoledor. Además de abrir la posibilidad de que España, Portugal, Irlanda e Italia optaran por emular a Grecia, lo que dividiría la Unión Europea entre un Norte relativamente solvente y un Sur en vías de depauperarse, un default griego, seguido por un canje de deuda parecido al negociado por nuestros gobernantes, significaría que las instituciones financieras de Alemania, Francia y Holanda perderían cantidades gigantescas de dinero. En tal caso, la Unión Europea, que apenas ha comenzado a recuperarse del colapso financiero del 2008, caería nuevamente en una recesión profunda de la que le costaría mucho salir. Por motivos de orgullo, los alemanes y franceses han preferido mantener a raya al Fondo Monetario Internacional, afirmándose resueltos a desempeñar el papel forzosamente antipático de aquel organismo, cuya ventaja principal consiste en que, por su naturaleza multilateral, puede servir de blanco para las críticas de los políticos de países en apuros que quieren hacer creer que no tuvieron nada que ver con los desastres financieros locales. Aunque es comprensible la actitud de los líderes de los países más poderosos de la zona del euro, plantea el peligro de que los griegos primero, y después de ellos los españoles, portugueses e italianos, decidan que los autores de sus penurias no son sus propios dirigentes sino “neoliberales” extranjeros como Nicolas Sarkozy y Angela Merkel. Como sabemos muy bien, escasean los políticos que estén dispuestos a asumir la responsabilidad por los perjuicios que ocasionan, de suerte que sería un auténtico milagro que los líderes de los países del sur europeo aceptaran que, en vista de que sus propias economías distan de ser tan competitivas como la alemana o francesa, sus compatriotas tendrían que conformarse con un nivel de vida decididamente inferior, lo que, entre otras cosas, supondría la eliminación de una multitud de fuentes de trabajo en el sector público y muchas otras reformas dolorosas. Lo más probable es que, lo mismo que sus equivalentes en todos los países del mundo, los dirigentes políticos sureños caigan en la tentación de culpar a otros, en su caso a los alemanes y franceses, por sus desgracias, lo que podría ser todavía más peligroso para la unidad europea de lo que sería un default soberano griego.


Hacia fines del 2001, los gobiernos de los países más ricos llegaron a la conclusión de que, por ser la Argentina a su juicio incorregible, lo mejor sería dejarla caer. Aunque muchos europeos quisieran que Grecia se sometiera a una cura igualmente brutal, saben que el default soberano de un integrante de la Unión Europea tendría un impacto mucho mayor que el asestado por la negativa tajante de nuestro gobierno a pagar sus deudas, de ahí la decisión de los líderes de Alemania y Francia de ayudarla a superar sus gravísimos problemas financieros. Sin embargo, lo mismo que Estados Unidos, el Japón y la Unión Europea cuando deliberaban sobre el caso argentino, los deseosos de impedir que Grecia se hunda se ven ante una serie de dilemas que son sumamente espinosos. Temen que si optan por subsidiar a Grecia sin exigirle nada a cambio, los griegos se resistirán a tomar las medidas draconianas consideradas necesarias para poner sus finanzas en orden, pero si las condiciones son muy duras, correrían el riesgo de provocar una reacción nacionalista que los sindicatos del sobredimensionado sector público no vacilarían un momento en aprovechar. La alternativa favorecida por Alemania consiste en que las autoridades de los países de la zona del euro, cuando no los alemanes mismos, se encarguen de manejar la disfuncional economía griega. Se trata de una variante de la propuesta, para muchos descabellada, que a comienzos del 2002 formuló el fallecido economista alemán Rüdiger Dornbusch cuando opinó que la Argentina debía dejar su economía en manos de una junta internacional. La Argentina “solucionó” el problema causado por un intento de seguir viviendo muy por encima de sus medios merced a una devaluación masiva y meses de alta inflación que le permitieron llevar a cabo un ajuste salvaje sin que las víctimas, traumatizadas por la crisis, entendieran muy bien lo que les sucedía, pero Grecia no podría hacer lo mismo sin abandonar antes el euro. Por razones evidentes, sus socios de la zona del euro se oponen a lo que para ellos sería un golpe demoledor. Además de abrir la posibilidad de que España, Portugal, Irlanda e Italia optaran por emular a Grecia, lo que dividiría la Unión Europea entre un Norte relativamente solvente y un Sur en vías de depauperarse, un default griego, seguido por un canje de deuda parecido al negociado por nuestros gobernantes, significaría que las instituciones financieras de Alemania, Francia y Holanda perderían cantidades gigantescas de dinero. En tal caso, la Unión Europea, que apenas ha comenzado a recuperarse del colapso financiero del 2008, caería nuevamente en una recesión profunda de la que le costaría mucho salir. Por motivos de orgullo, los alemanes y franceses han preferido mantener a raya al Fondo Monetario Internacional, afirmándose resueltos a desempeñar el papel forzosamente antipático de aquel organismo, cuya ventaja principal consiste en que, por su naturaleza multilateral, puede servir de blanco para las críticas de los políticos de países en apuros que quieren hacer creer que no tuvieron nada que ver con los desastres financieros locales. Aunque es comprensible la actitud de los líderes de los países más poderosos de la zona del euro, plantea el peligro de que los griegos primero, y después de ellos los españoles, portugueses e italianos, decidan que los autores de sus penurias no son sus propios dirigentes sino “neoliberales” extranjeros como Nicolas Sarkozy y Angela Merkel. Como sabemos muy bien, escasean los políticos que estén dispuestos a asumir la responsabilidad por los perjuicios que ocasionan, de suerte que sería un auténtico milagro que los líderes de los países del sur europeo aceptaran que, en vista de que sus propias economías distan de ser tan competitivas como la alemana o francesa, sus compatriotas tendrían que conformarse con un nivel de vida decididamente inferior, lo que, entre otras cosas, supondría la eliminación de una multitud de fuentes de trabajo en el sector público y muchas otras reformas dolorosas. Lo más probable es que, lo mismo que sus equivalentes en todos los países del mundo, los dirigentes políticos sureños caigan en la tentación de culpar a otros, en su caso a los alemanes y franceses, por sus desgracias, lo que podría ser todavía más peligroso para la unidad europea de lo que sería un default soberano griego.

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