Discordia enfermiza
El consenso de que el Bicentenario de la Revolución de Mayo fue “de todos” no impidió que hicieran rancho aparte los comprometidos con las distintas facciones políticas. Por el contrario, para asombro de aquellos extranjeros que se interesan por nuestras vicisitudes, se esforzaron por brindar la impresión de que reunirlos en un solo lugar resultaría tan peligroso que sería mejor no intentarlo. Así, pues, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner aprovechó la ocasión para recordarnos que no le gustan para nada Mauricio Macri, Julio Cobos y muchos otros, razón por la que rehusó asistir a funciones cívicas y religiosas en que estarían presentes, mientras que algunos políticos destacados procuraron ahorrarse problemas negándose a participar de cualquier acto público. También se declararon neutrales, por así decirlo, los millones de personas que festejaron el Bicentenario sin preocuparse en absoluto por lo que decían o hacían “los dirigentes”. Con buen sentido, entendieron que sería ridículo subordinar la celebración del aniversario ducentésimo del comienzo de la independencia nacional a pasiones políticas que pronto sólo preocuparán a historiadores especializados, de ahí la concurrencia realmente masiva a los desfiles, conciertos y otras actividades públicas que se organizaron. Parecería, pues, que la ciudadanía se siente harta del drama aburrido que por sus propios motivos insisten en representar los integrantes principales de nuestra clase política. Si bien tal actitud entraña muchos riesgos, ya que en una democracia conviene que “el soberano” haga algo más que votar en elecciones, es por cierto comprensible. Aunque es normal que existan divisiones entre las diversas agrupaciones políticas y que sus líderes traten de hacer tropezar tanto a sus adversarios declarados como a sus rivales internos, no lo es en absoluto que los protagonistas de la vida nacional se resistan a estrechar manos e intercambiar palabras corteses, como es habitual en otras latitudes. ¿Es mayor la distancia ideológica que separa a los Kirchner por un lado y, por el otro, Macri y Cobos de la que hay entre la ex presidenta chilena, la socialista Michelle Bachelet, y su sucesor, el conservador Sebastián Piñera, o el abismo que, en teoría por lo menos, se da entre el mandatario uruguayo José “Pepe” Mujica, un ex tupamaro, y quienes trataron de defender el orden que aspiraba a dinamitar? A juzgar por la conducta de los santacruceños, ellos creen que aquí las brechas son incomparablemente más amplias que en los países vecinos. Exageran, por suerte, pero el que el matrimonio esté resuelto a tomar las diferencias por insuperables hace temer que nos aguarde más de un año de luchas políticas feroces que no beneficien en absoluto al país. Unidad nacional no significa unanimidad. Nadie está pidiendo a los políticos que abandonen las causas que los entusiasman, sólo que reconozcan que en una democracia los adversarios no son enemigos sino hombres y mujeres que a su modo, equivocadamente o no, están contribuyendo lo que pueden a una obra común. ¿Por qué se resisten a entenderlo? Tal vez porque algunos, entre ellos la presidenta y su marido, sean de formación autoritaria y por lo tanto supongan que la política es forzosamente un juego de suma cero, de todo o nada. En ciertas sociedades lo es, pero la Argentina dejó atrás hace casi treinta años la etapa en que la intransigencia pudo considerarse un virtud puesto que no hubo modo de que los partidarios del régimen militar llegaran a un acuerdo mutuamente satisfactorio con los demócratas. Aunque la situación actual es muy distinta de la de los años setenta, los Kirchner y ciertos miembros de su entorno se han habituado a tratar a quienes los critican como si fueran “golpistas” decididos a restaurar el régimen militar, mientras que se atribuyen a sí mismos el papel de defensores firmes de la democracia amenazada. Se trata de una caricatura burda de la realidad, ya que, con la excepción de los kirchneristas más fervorosos, nadie quisiera que el país retrocediera políticamente a los años setenta del siglo pasado, pero mientras el gobierno crea que le es provechoso actuar como si en su opinión la Argentina aún no fuera una democracia, continuarán produciéndose episodios denigrantes como aquellos que empañaron los festejos del Bicentenario.