Dominación borrosa

Son ingenuas las ideas de Duhalde en torno del "neoliberalismo". No hay ninguna conspiración en tal sentido.

Por Redacción

Era de prever que el 17 de octubre de este año algunos peronistas recordarían aquella profecía célebre de Juan Domingo Perón según la cual «el año 2000 nos encontrará unidos o dominados», planteo que se basa en el presupuesto de que, de por sí, la unidad serviría para mantener a raya las influencias foráneas. También lo era que muchos compartirían la opinión del ex gobernador bonaerense Eduardo Duhalde de que los países latinoamericanos se ven «absolutamente dominados» por Estados Unidos, potencia que, a su juicio, los ha obligado a optar por «sumisión o muerte, la nueva consigna del neoliberalismo». Se trata de una visión tétrica de la situación actual de los países de la región que, por suerte, no se corresponde con la realidad. Si bien no cabe duda alguna de que Estados Unidos es el país más poderoso del mundo, económica, militar y hasta culturalmente, su «hegemonía» dista de ser tan completa como cree Duhalde. Después de todo, ni siquiera ha sido capaz de impedir que el líder venezolano, Hugo Chávez, haya desatado una nueva crisis del petróleo reactivando la OPEP, proeza que, huelga decirlo, no ha contribuido en absoluto a fortalecer a los demás países latinoamericanos. Asimismo, por tratarse de una nación pluralista en la que distintos grupos internos compiten vigorosamente, la política exterior de la «república imperial» es todo menos maquiavélica. Por cierto, es absurdo afirmar que «nosotros queremos unirnos en el Mercosur como único eje de estrategia que nos permitiría tener esa fuerza y Estados Unidos, haciendo lo posible por evitarlo». Puede que por distintos motivos algunos norteamericanos se hayan opuesto al Mercosur y que otros lo hayan considerado un proyecto positivo, pero los problemas de la agrupación tienen mucho más que ver con problemas internos que con las eventuales maniobras de políticos estadounidenses. De todos modos, aunque los pueblos latinoamericanos se hallaran «unidos», su poder relativo seguiría siendo limitado, comparable con aquél de la India, porque el producto bruto de todas sus economías en su conjunto apenas superaría el de Francia o el del Reino Unido.

Igualmente ingenuas son las ideas de Duhalde en torno del «neoliberalismo», fenómeno que, como tantos otros populistas, parece tomar por un movimiento férreamente disciplinado capitaneado por individuos, por lo común norteamericanos, que estén resueltos a conquistar el mundo. Mal que bien, no existe ninguna conspiración «neoliberal», mientras que las bases ideológicas del presunto credo así denominado son decididamente borrosas. En verdad, sólo se trata de un conjunto de principios bastante sencillos que parecen apropiados para una época en la que virtualmente todos se sienten constreñidos a privilegiar lo económico por encima de valores antes dominantes que, huelga decirlo, pocos políticos se atreverían a reivindicar. Hasta hace poco, abundaban los dispuestos a subordinar lo económico a lo militar, a lo religioso o a lo cultural, pero en la actualidad escasean los reacios a interpretar casi todo en términos netamente económicos.

Incluso Duhalde entenderá que los sistemas «neoliberales» o, cuando menos, «liberales y capitalistas», son mucho más productivos que los socialistas o los corporativos. He aquí el único motivo por el cual los «mercados» -los que, claro está, se conforman de personas que quieren ganar más dinero- suelen premiar a aquellos gobiernos que favorecen la libre empresa y castigar a los deseosos de trabar su funcionamiento por entender que los resultados no podrán ser sino lamentables. No es una cuestión de dogma sino de sentido común. Y, como es natural, a menos que ya gocen de una fortuna, si una persona o una comunidad quieren liberarse, aunque sólo fuera parcialmente, de la tiranía de lo económico, pueden hacerlo prescindiendo de los beneficios materiales. ¿Es lo que se propone Duhalde? Desde luego que no. Quiere que la Argentina sea tan rica que sus habitantes más pobres, sobre todo si votan a peronistas, puedan disfrutar de un estándar de vida casi tan envidiable como aquél de muchos políticos profesionales, pero se opone con vehemencia a los únicos «modelos», los capitalistas liberales, que se han mostrado capaces de producir los bienes necesarios para que tal utopía sea factible.