Economistas en la neblina

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

Hace un par de siglos, la idea del progreso, de la marcha irresistible del género humano hacia un futuro mejor, se instaló en la mente occidental con tanta firmeza que incluso los literatos lograron convencerse de que, merced a la valentía de una sucesión de vanguardistas imaginativos resueltos a romper con lo viejo, su propia actividad evolucionaría como lo hacían las ciencias duras. Puesto que a pesar del transcurso de siglos, cuando no milenios, las obras cumbres de casi todas las literaturas occidentales y orientales –las epopeyas de Homero y Virgilio, las odas de Horacio, la Comedia Divina de Dante, los dramas y sonetos de Shakespeare, el Don Quijote de Cervantes, el Genji Monogatari de Murasaki Shikibu–, obras escritas en sociedades que, según las pautas actuales, eran paupérrimas en que los capaces de leer constituían una minoría reducida, aún no se han visto superadas, dicha pretensión fue, y sigue siendo, un tanto ridícula. Lo mismo podría decirse de la “ciencia económica”. No cabe duda de que sabemos más, mucho más, que en el pasado en torno a asuntos como el funcionamiento de las finanzas, la eficiencia de los medios de producción, los beneficios y desventajas del dirigismo o de dejar que el mercado opere en libertad sin depender de las decisiones de líderes políticos, y así largamente por el estilo. Con todo, si bien a través de los años centenares de miles de personas inteligentes, respaldadas últimamente por computadoras que analizan en “tiempo real” una cantidad fenomenal de datos, se han dedicado a estudiar las consecuencias de una gran variedad de estrategias y medidas determinadas, a nadie se le ocurriría suponer que ya disponemos de soluciones para casi todos los problemas económicos concebibles. Aunque es posible que en alguna parte haya economistas profesionales que entienden muy bien lo que está sucediendo en la Eurozona y por lo tanto lo que los gobernantes tendrían que hacer para poner fin al embrollo inmenso que se ha creado, por desgracia no hay ninguna forma de identificarlos. En Estados Unidos, Europa y el resto del mundo, los economistas son tan propensos como cualquier militante político a poner sus conocimientos al servicio de sus prejuicios. Tal actitud puede considerarse natural, pero no es propia de científicos que, al menos en su labor profesional, deberían procurar ser objetivos, aunque con cierta frecuencia se producen casos de individuos que inventan datos con el propósito de hacer más persuasiva una hipótesis aventurada que podría permitirles erigirse en celebridades mediáticas o, si tienen mucha suerte, reportarles un premio Nobel. Sea como fuere, toda vez que surge otra crisis económica que da en tierra con el “nuevo paradigma” más reciente, miembros de la pequeña minoría que tuvo la buena suerte de advertirnos a tiempo de que algo andaba mal, se ven transformados enseguida en estrellas del firmamento académico, lo que nos dice mucho acerca de lo equivocado que suele ser el consenso imperante. En la actualidad, el debate económico se ve dominado por el conflicto entre los puritanos que se sienten comprometidos con el máximo rigor fiscal y son contrarios por instinto al endeudamiento por un lado y, por el otro, los partidarios de lo que llaman “keynesianismo” que se afirman convencidos de que la austeridad es contraproducente y que la mejor manera de salir de una recesión consiste en imprimir más dinero y emprender programas ambiciosos de obras públicas. En el fondo, sendos planteos tienen más que ver con posturas morales que hubieran entendido muy bien pensadores del pasado ya remoto que con cuestiones económicas. Así y todo, a diferencia de sus antecesores, los participantes de estas polémicas a menudo furibundas disponen de la información aportada por más de un siglo de experiencia en que los encargados de docenas de economías capitalistas han probado suerte con una variedad enorme de políticas distintas, pero a juzgar por lo que dicen, lo aprendido de lo ya ocurrido les ha enseñado muy poco. Por cierto, no ha servido para que modifiquen sus puntos de vista quienes aún se inspiran en gurús dieciochescos como Adam Smith o decimonónicos como Karl Marx. Los puritanos, encabezados coyunturalmente por los asesores de la canciller alemana Angela Merkel, insisten en que todos deberían trabajar con más ahínco, producir más cosas, ahorrar dinero y abstenerse de intentar vivir por encima de los medios ya existentes. Sus contrincantes, cuyo líder, en Europa por lo menos, es el nuevo presidente francés François Hollande, el que para horror de los teutones acaba de bajar a 60 años la edad de jubilarse de aquellos compatriotas que hayan aportado durante 42 años a los fondos previsionales, se oponen por principio a la austeridad por creerla una superstición reaccionaria, tesis que, por razones comprensibles, seduce a los reacios a resignarse a un futuro signado por la estrechez. En opinión de los que comparten la actitud de Merkel, los países actualmente ricos no tardarán en depauperarse a menos que emulen a Alemania; otros parecen creer que en última instancia el problema es psicológico, que lo que necesitan hacer los occidentales es gastar más y consumir más sin preocuparse tanto por los mezquinos detalles fiscales. ¿Quiénes tienen razón? Puede que tanto los unos como los otros se hayan equivocado, que ya sea demasiado tarde para que los europeos encuentren una forma a un tiempo realista y políticamente viable de la crisis provocada por el intento de apurar la creación de un superestado adoptando una moneda común. Cuando de las ciencias “duras” se trata, el progreso no es un mito. Tampoco lo es en lo concerniente a la producción de bienes materiales y servicios; parecería que los únicos límites insuperables son los fijados por las leyes de la física y por la naturaleza. En cambio, en otros ámbitos, como los supuestos no sólo por la creación artística sino también por la política y el manejo de la economía con el que la política está tan íntimamente vinculada, los retrocesos –la caída de Alemania en la barbarie nazi, los horrores perpetrados por el comunismo, la irrupción brutal del medievalismo islamista– son tan frecuentes como los avances. Asimismo, el desconcierto que se ha apoderado de tantos economistas frente a la crisis, que está provocando estragos muy graves en virtualmente todos los países desarrollados, nos recuerda que el saber es una cosa y la sabiduría, otra muy diferente.

JAMES NEILSON