Argentina en el caos global

Por Redacción

La escalada bélica en Medio Oriente, que ya tiene efectos en la economía global, pone a la Argentina en una encrucijada histórica, donde enfrenta tanto oportunidades como amenazas. A diferencia de otras épocas, donde el país fue espectador vulnerable de los shocks externos, hoy tiene más herramientas para afrontar la crisis y depende de su capacidad de accionar estratégicamente el manejar en su favor el nuevo escenario internacional.

La gran incógnita hoy, sin respuesta cierta para los analistas internacionales, es la magnitud y la duración del conflicto que se desató el 28 de febrero pasado, cuando Estados Unidos e Israel decidieron atacar a Irán, argumentando el avance de su plan nuclear.

Lo cierto es que luego de perder a su máximo líder, el ayatolá Alí Jamenei, y sufrir severos daños en su infraestructura, el régimen teocrático está lejos de haber capitulado y apuesta a extender el conflicto tanto en la geografía como en el tiempo, procurando el desgaste de sus adversarios y el efecto negativo en la economía global.

El cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo y el gas del mundo, disparó los precios de los combustibles y complica la logística del comercio internacional. El FMI advierte que una extensión de las hostilidades podría terminar con un rebrote de la inflación y una profundización del estancamiento económico global.

El impacto en nuestro país y la región tiene varias aristas.

El primero es de la seguridad: Argentina ha tenido un alineamiento explícito con el eje Washington-Tel Aviv, que si bien puede traerle beneficios políticos conlleva riesgos de ataques. El gobierno parece ser consciente de este problema, al elevar los niveles de alerta de las fuerzas de seguridad e inteligencia. La incógnita es si estos organismos, a diferencia del pasado, estarán a la altura para garantizar la tranquilidad ciudadana. Los desafíos van desde la protección de sedes diplomáticas y la infraestructura crítica hasta la ciberseguridad de redes públicas y privadas.

En la economía, podría producirse un “viento de cola”. Argentina tiene hoy lo que el mundo desesperadamente busca: energía segura lejos de los misiles, ya que es uno de los pocos polos energéticos en zona de paz. Con el petróleo por encima de los 90 dólares, la oportunidad que se abre para Vaca Muerta y las provincias de Neuquén y Río Negro es inmensa. Aquí el reto es saber si el Estado (nacional y provinciales) logrará facilitar mediante incentivos fiscales y desburocratización, la finalización de plantas de GNL y nuevos ductos para consolidar el perfil exportador. La incertidumbre global también alcanza al sector alimentario, con varios commodities del agro argentino, entre ellos la soja, con mejores precios.

Esta promesa de bonanza externa tiene su contraparte interna. La gestión de los precios internos requerirá precisión quirúrgica. Así como el mayor precio internacional del crudo promete aumentar el ingreso de divisas y acelerar inversiones, presionará al alza el precio de los combustibles a nivel interno, ya que a diferencia de gestiones anteriores no existe el “barril criollo” y permitir que los valores locales se acoplen totalmente a los globales puede disparar la inflación y deprimir aún más el consumo.

Lo mismo ocurre con los alimentos. El encarecimiento de los fertilizantes puede amenazar la rentabilidad el agro, a pesar de mejores precios de exportaciones.

El Gobierno debiera estar pensando ya en mecanismos de compensación transitoria y desgravaciones impositivas para que la bendición externa no se transforme en un “castigo a los surtidores” y a la mesa de los argentinos, especialmente los más vulnerables.

A nivel financiero, una mayor suba de precios global, el “vuelo hacia la calidad” de los inversores, el fortalecimiento del dólar y la suba del riesgo país amenazan con encarecer la deuda externa y presionar sobre la brecha cambiaria. Controlar la inflación será más complejo.

Argentina tiene una gran oportunidad de emerger como proveedor seguro en un mundo caótico. Pero ese estatus no se logra sólo con recursos naturales sino con instituciones sólidas, una gestión profesional de la crisis que anticipe los shocks externos y una política exterior que no dependa sólo de la alineación geopolítica automática.

Sobreactuar posiciones puede hacer perder oportunidades, tener costos internos y afectar relaciones exteriores futuras. El éxito de la gestión actual se medirá no sólo por los balances de YPF o en los récords productivos, sino en la capacidad de evitar que los costos de una guerra a miles de kilómetros terminen por quebrar la frágil recuperación del bolsillo de los argentinos de a pie.


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