Desarmar las palabras

Por Redacción

Las encíclicas papales suelen llegar a los despachos oficiales de la Argentina con algo de lejanía geográfica y un aire de abstracción teológica. Pero aún cuando la letra de “Magnifica Humanitas” -el estreno doctrinal de León XIV- no había sido dada a conocer en Roma, sus postulados sobre la pacificación del lenguaje que propone la Iglesia bajaron a tierra en la Catedral Metropolitana sin necesidad de intérpretes.

Así, la homilía del Tedeum del 25 de Mayo que pronunció monseñor Jorge García Cuerva ante el poder político dejó de ser un rito protocolar para convertirse en la réplica precisa de una línea diplomática y pastoral que llega desde el Vaticano, aunque no es nueva. “Empecemos a desarmar el lenguaje”, señaló el arzobispo y el pedido —que en rigor fue una interpelación— tuvo como destinatario al presidente de la Nación.

Existe una secuencia rigurosa en el mensaje que la Iglesia Católica articula frente a los nuevos tiempos políticos que atraviesa el mundo. La idea de “desarmar las palabras para desarmar las mentes” viene de Francisco, quien la dejó como testamento en 2025 en una carta a un diario italiano. Esa línea se transformó luego en la referencia que usó el nuevo Papa en su primer encuentro con la prensa, lo que hoy se consolida como doctrina global en la Encíclica al advertir sobre las distorsiones de la Inteligencia Artificial.

“Si no desarmamos las palabras, nunca desarmaremos los corazones. El lenguaje puede ser la primera arma de la guerra o el primer gesto de la paz”, señala el documento. Este pasaje, ubicado en el capítulo inicial, traza la continuidad del “desarme” desde el lenguaje hasta la tecnología y lo establece como condición previa. Por eso, antes de hablar de algoritmos, la Iglesia reclama desmembrar primero el modo en que la humanidad se comunica y dirige su crítica a los malos ejemplos de quienes gobiernan.

Al exigir localmente “desarmar el lenguaje”, García Cuerva no solo tradujo el nuevo documento papal sobre los riesgos de liberar una metralla imprudente y divisoria, sino que dejó un guante incómodo en el atril presidencial: la advertencia de que la violencia verbal, lejos de ser un recurso eficaz de la comunicación, actúa hoy como un disolvente de la necesidad de avanzar hacia un pacto que una, en lugar de fracturar a la sociedad.

El señalamiento del arzobispo contra el “terrorismo de las redes” en la mañana del Día Patrio fue punzante. El presidente Javier Milei lo calificó de “exagerado”, pero en realidad no se trata de una disputa por las formas o por la cortesía discursiva, sino que resulta ser la constatación eclesial de que cuando la dirigencia política adopta la lógica de los trolls (“haters cómodamente instalados delante de una pantalla para hacer terrorismo de las redes, descalificando y difamando”) para consolidar su poder, lo que termina lesionado no es el orgullo del adversario, sino la viabilidad misma de la comunidad.

Mientras el oficialismo suele considerar el ruido que se genera en las redes como algo inofensivo o un simple termómetro de época, la Iglesia ha decidido encender las alarmas y el diagnóstico es severo: detrás de la pirotecnia verbal de la dirigencia y del individualismo que se propaga, lo que asoma no es el florecimiento benéfico de una nueva libertad, sino la parálisis de una sociedad que está perdiendo la capacidad de hablarse sin agresión y bajo la mediocridad que desciende desde arriba hacia abajo.

Por eso, la advertencia de la Iglesia no resulta ser un consejo de estilo, sino una condición de convivencia, ya que cuando la palabra se convierte en arma, lo primero que se resiente no es solo la eficacia de la gestión ni la popularidad de un gobierno, sino la posibilidad de que la sociedad conserve un espacio común de diálogo.

La consigna de “desarmar el lenguaje” no es un gesto retórico tampoco, sino parte esencial de una condición republicana porque, sin ella, la democracia se vuelve rehén de la agresión y se pierde la transparencia. El periodismo es hoy el blanco predilecto de tal arma de hostigamiento y con ello, lo que se consigue es oscurecer la democracia, ya que cada diatriba del poder apunta a erosionar la función de control que la prensa ejerce en nombre de los ciudadanos.


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