El amigo iraní

Por Redacción

Por lo de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, los mandatarios de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua –que conforman un bloque a su entender socialista– han optado por pasar por alto las diferencias profundas entre sus propias doctrinas políticas y las de los teócratas islamistas para tratar al presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad como un aliado en su lucha, que es en buena medida retórica, contra “la locura imperialista” de Estados Unidos. La actitud de Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega se asemeja a la de muchos latinoamericanos frente a la Alemania de Adolf Hitler: si bien eran conscientes de que los nazis los despreciaban por motivos racistas, estaban dispuestos a olvidarlo porque compartían su hostilidad hacia las potencias anglohablantes. Sea como fuere, los norteamericanos y europeos creen que la gira que ha emprendido Ahmadinejad con el propósito de fortalecer los lazos de la República Islámica con Venezuela y sus socios latinoamericanos sólo ha servido para llamar la atención sobre su aislamiento, ya que los países “bolivarianos” no están en condiciones de brindarle la ayuda económica que tan claramente necesita. A lo sumo, pueden darle cierto apoyo diplomático, pero no lo suficiente como para impresionar a los decididos a hacer cuanto resulte necesario para obligar a los iraníes a abandonar sus aspiraciones nucleares. En las semanas últimas, la tensión entre Irán por un lado y Estados Unidos, la Unión Europea e Israel por el otro, se ha agravado mucho debido al endurecimiento de sanciones económicas que, se espera, obligarán a los iraníes a cambiar de actitud. En un esfuerzo por intimidar a los occidentales, el régimen iraní ha amenazado con cerrar el estrecho de Ormuz, por el que pasa casi el 40% del crudo que se comercializa en el mundo, a menos que se levanten las sanciones, e incluso ha advertido a los norteamericanos de que no vacilaría en atacar a sus buques de guerra si entran en la zona, pretensión que fue ridiculizada por el secretario de Defensa estadounidense Leon Panetta que la calificó de intolerable. Desde luego, el que los iraníes hayan ido al extremo de amenazar con iniciar una guerra contra países que son mucho más poderosos es síntoma del temor que sienten por el eventual impacto de las sanciones económicas ordenadas por los gobiernos occidentales; según algunos, podrían provocar una crisis lo bastante grave como para poner en peligro la supervivencia de la revolución islámica. A juicio de ciertos historiadores, la situación en la que se encuentran se asemeja a la del Japón imperial luego de optar Estados Unidos por privarlo del petróleo que necesitaba; en un intento desesperado por romper el bloqueo, los japoneses atacaron la flota norteamericana en Hawai, de tal modo dando comienzo a una guerra que culminaría con su propia destrucción. Aunque el gobierno del presidente Barack Obama es claramente reacio a tomar medidas militares a fin de frenar el programa nuclear iraní, parece entender que permitir que un régimen teocrático resuelto a exportar su revolución islámica, uno que, para más señas, no oculta su voluntad de borrar de la faz de la Tierra a Israel, se pertrechara de armas atómicas tendría consecuencias todavía peores. Aun cuando los líderes religiosos iraníes se limitaran a proferir amenazas genocidas contra “el ente sionista” que, desde luego, posee los medios necesarios para defenderse contra una eventual ofensiva islamista, otros países de la región, entre ellos Arabia Saudita y Turquía, se sentirían obligados a emularlos dotándose de arsenales nucleares propios, de tal modo haciendo virtualmente inevitable que tarde o temprano el Oriente Medio sea escenario de una guerra devastadora. El panorama sería distinto si el régimen iraní fuera meramente nacionalista, pero sucede que sus integrantes están tan firmemente comprometidos con una ideología mesiánica que estarían dispuestos a correr riesgos que otros considerarían excesivos, razón por la que, en su caso, no funcionaría la doctrina de la “destrucción mutua asegurada” que sirvió para conservar la paz en tiempos de la Guerra Fría. Por el contrario, para los clérigos más fanatizados, y para personajes como Ahmadinejad, podría tratarse de un incentivo más.


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