El amor horas antes de la muerte

Ya no es extraño que mujeres europeas se casen con condenados a muerte.

Por Redacción

Hester Patrick ha estado casada por cinco años, pero nunca lo ha abrazado o besado, ni siquiera lo ha tocado. Quizá nunca lo haga porque Jesse Patrick fue condenado a muerte en el estado norteamericano de Texas y el 17 de septiembre es la fecha fijada para su ejecución. Pareciera que la diseñadora británica de 47 años tiene un matrimonio inusual, pero no es la única persona casada bajo esas condiciones. Aunque no hay estadísticas oficiales al respecto, las autoridades en varios estados norteamericanos dicen que no es extraño que los hombres condenados a muerte se casen, y frecuentemente lo hacen con mujeres europeas.

De acuerdo a Death Penalty News, un boletín publicado por personas sentenciadas a muerte, 10 mujeres se casaron con reclusos que esperan la pena capital en el estado de Florida desde 1997. Hester Patrick conoce otras tres mujeres que se casaron con reclusos del mismo tipo en Texas, todas europeas. Los matrimonios entre hombres condenados en Estados Unidos y mujeres de Alemania y los países escandinavos, donde hay una gran oposición a la pena de muerte, parece ser algo muy común. Como muchas de esas mujeres, Patrick conoció a su esposo por medio de un club de parejas por correspondencia que relaciona a sus socios con algunos de los 3.650 hombres condenados a muerte en Estados Unidos.

«Voy a Texas cada dos meses. Me permiten realizar una visita sin contacto. Una va al lugar de las visitas y conversamos por medio de un teléfono, separados por un vidrio a prueba de balas», explicó. «Ni siquiera nos permitieron estar juntos para nuestra boda. Un amigo ocupo el lugar de Jesse», agregó Hester Patrick.

«Tengo pesadillas con su ejecución, pero si llega a eso yo voy a estar a su lado. No soportaría que sufra eso solo, sin una persona que lo ame», reconoció. Jesse Patrick, de 44 años, fue condenado por el asesinato de Nina Rutherford Reddan, una anciana de 80 años, ocurrido en la ciudad texana de Dallas, en 1980. La policía encontró en la casa de Patrick una media y papel higiénico con sangre de la víctima. El cuchillo utilizado en el asesinato fue encontrado en el lugar de los hechos y pertenecía a Patrick. En el cuerpo de la víctima se encontró esperma y un agente de policía testificó que la anciana había sido violada sexualmente, pero la esperma no fue analizada. Ahora Hester Patrick está luchando para que esa esperma sea analizada.

Hasta los opositores a la pena de muerte dicen que no pueden comprender del todo las razones por las cuales las mujeres quieren casarse con condenados a morir. «Conozco varios casos, pero no se si puedo explicar bien eso», dijo Abraham Bonowitz, director de la organización Floridanos por Alternativas a la Pena de Muerte. «Si bien muchas mujeres buscan algo de notoriedad, la mayoría tiene sentimientos genuinos. Empiezan brindándole apoyo a alguien que está atravesando por una situación terrible. (Reuters)

El no era un asesino, lo vi en sus ojos

Un abogado defensor, que pidió no ser identificado, dijo que algunas mujeres, aburridas de su vida cotidiana, parecen atraídas por el peligro y el glamour de estar relacionadas con un asesino convicto. Hannah Floyd, una danesa con tres hijos, comenzó a escribirle en 1997 a un recluso que esperaba la pena de muerte en Florida. Luego de un año intercambiando correspondencia, decidió visitarlo. «Luego de esa primera visita, fui a casa, empaqué y regresé a Florida con mis dos niños más pequeños. Yo sabía que estaba actuando correctamente. Esa era la voluntad de Dios», dijo Floyd, una devota cristiana que convirtió a su esposo del islamismo.

El contrario de Texas, en Florida está permitido que los reclusos que esperan la pena capital se encuentren con sus esposas cada fin de semana por seis horas, durante las cuales pueden tomarse de la mano, comer juntos y caminar por una sala. Aunque nunca pueden estar juntos a solas. Floyd, quien dijo que no podía hablar del caso de su esposo sin el permiso de éste y que además pidió que el nombre de él no fuera publicado, ahora administra un hospedaje para turistas en la localidad de Stark, cerca de la prisión en la cual está su esposo en la Florida. «Estoy aquí por un millón de distintas razones. Soy una persona muy activa en el movimiento contra la pena de muerte. No soy una loca por estar aquí. Tengo la certeza de que algún día viviremos una vida normal casados», aseguró.

Dagmar Polzin, una mesera alemana con poco más de 30 años, vio en una parada de autobús de Hamburgo la foto de un recluso que espera la pena de muerte en una cárcel de Carolina del Norte, llamado Bobby Lee Harris. Harris fue uno de los reclusos que salieron en una campaña de Benetton. «Yo sabía que él no era un asesino. Podía ver eso en sus ojos», dijo Polzin, quien rápidamente hizo planes para visitar a Harris y se mudó a Carolina del Norte para estar junto a él. (Reuters)


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