El antes y el después de Quiroga


En su último discurso, junto a Macri en Neuquén, se mostró confiado y desafiante, tal como lo hizo siempre en su carrera política en la ciudad y la provincia. Entre las deudas que deja se puede anotar la construcción de un legado político que lo suceda por fuera del personalismo que supo cultivar.


Ayer la noticia corrió sin frenos: Horacio “Pechi” Quiroga falleció. El emblemático intendente neuquino padecía una enfermedad que lo tenía al límite de sus capacidades físicas. Hizo política hasta el último minuto e incluso en la semana fue el anfitrión de Mauricio Macri en la ciudad. Pero su salud no le permitió terminar su cuarto mandato.

Apenas hace un par de semanas fue a elecciones municipales acompañando a su candidato Marcelo Bermúdez. Perdió. No lo tomó como su última derrota, y de inmediato planteó una transición ordenada del Municipio. Más allá del resultado, que ahora es anecdótico, lo que se discutía en esa pulseada era cómo iba a ser la capital neuquina después de Quiroga.

Incluso la campaña fue muy chata en cuanto a propuestas porque nadie quería cambiar el rumbo que el intendente, en sus cuatro gestiones, le estaba dando a la ciudad más importante de la Patagonia. Los libros de la capital neuquina pueden escribirse, sin lugar a dudas, con un antes y un después de la gestión de Pechi.

Fue pragmático, caudillo, verborrágico y personalista. De raíz radical, navegó la política, como lo hacen los líderes, no sin contradicciones.

Pero en realidad, lo que subyacía a aquella elección era algo más profundo y que ahora ya no tiene grises: cómo será la política neuquina sin Quiroga.

Pechi marcó un estilo y lo hizo frente a un verdadero “animal” de la política como es el MPN, que en cada etapa del país se reinventa y sigue en el poder. Él tomó fragmentos de esa manera de hacer política y le dio su forma. Fue pragmático, caudillo, verborrágico y personalista. De raíz radical, navegó la política, como lo hacen los líderes, no sin contradicciones. Quizá esa misma línea de acción nunca le permitió crear un espacio que lo suceda sin su presencia.

Tal vez nunca quiso crear un movimiento y, posiblemente, prefirió llevar a cabo él mismo los proyectos, antes que someterlos al escrutinio permanente de la vida política y de Estado, que se empantana en el lento reloj de arena del mundo de la burocracia. De nuevo, pragmatismo.

Sin Quiroga, un sector de la política y de la ciudadanía neuquina perderá una referencia ideológica, pero fundamentalmente un espacio de referencia para valores e ideas sobre la ciudad y la provincia, que difícilmente se puedan juntar sin amontonarlas un poco. Eso fue el intendente también: un generador de espacios amplios donde el orden, la disciplina y la gestión son vectores de referencia.

Su estilo le permitió ser un gran catalizador para ese amplio sector de voluntades que no se sienten contenidas en la trayectoria del partido dominante en la provincia y que confían que las transformaciones se hacen desde el gobierno.

El vacío político que deja Quiroga es enorme. Dejó de existir el principal adversario que tuvo en las urnas el MPN durante la última década. Fue quien, con un guiño del sapagismo, desbancó a los emepenistas de la ciudad tras 38 años de gobierno y la blindó, con un nuevo sello, por otros 20 años.

Siempre fue en la ciudad. Su capital de representación, si bien era reconocida en la provincia y el país, nunca alcanzó para ir más allá de la calle Río Colorado, donde termina, y sin embargo eso le bastó para dejar una huella indeleble en la identidad política de la región.

Quienes lo conocieron de cerca destacan, como su condición sobresaliente, la pasión por la política y la vida. Así se lo vio junto a Macri en el que fue su último discurso público. Ya no podía ocultar su deterioro físico pero tampoco su pasión. Con el micrófono en la mano arengó, discurseó y se mostró vencedor, una vez más, aun en la adversidad política y de su salud.

En la política suele repetirse que la muerte embellece al personaje. Y es cierto. La estela que deja Quiroga seguirá teniendo detractores. Pero el intendente se ocupó de hacerla un poco más difícil. Siempre solía repetir que los nombres pasan y las obras quedan para la gente. Sin dudas que, desde ese umbral de evaluación, deja una vara muy alta para pensar sus gestiones y su paso por la política y la vida de los neuquinos.


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